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Paz 11 Mayo 2013 - 12:54 pm

Proceso de paz

Colombia regresa al pasado en La Habana

La intransigencia y la torpeza fueron compañeros de viaje de todos los procesos de paz de Colombia y, por tanto, la memoria nacional habrá obligado a los negociadores del gobierno de Juan Manuel Santos y de las Farc a revisar en la Habana las causas del fracaso del proceso acometido a mediados de los ochenta.

Por: Juan Jesús Aznarez / Especial El País de España
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El sangriento descalabro de aquel intento en la década del ochenta tuvo efectos devastadores. No cabe duda de que las consecuencias del fallido acuerdo de La Uribe, que incluyó la creación de un nuevo partido, la Unión Patriótica (UP) para cobijar política y electoralmente a los insurgentes desmovilizados y a sus simpatizantes, fueron recordadas en las negociaciones desarrolladas en la capital cubana durante cinco meses, y que se reanudan el próximo día 23.

Nadie desea la reedición de lo ocurrido hace casi tres decenios, cuando la desconfianza y belicosidad de los sectores más reaccionarios de Colombia, civiles y militares, y las dobles intenciones de la guerrilla en la aplicación del acuerdo de paz suscrito bajo la presidencia de Belisario Betancourt (1982-1986), acabaron con el asesinato de la dirección de UP y miles de sus seguidores. Los negociadores de Santos no habrán olvidado que, en 1985, las FARC prometieron su desarme para integrarse en la Unión Patriótica, pero no entregaron las armas, que mantuvieron siempre en prevengan, a la espera de que el nuevo partido extendiera el ideario insurgente entre la sociedad colombiana y una Asamblea Constituyente les garantizara un montón de escaños parlamentarios sin acudir a las urnas. Al igual que entonces, ahora también exigen el atajo: otra Asamblea Constituyente.

Pero ocurrió que en los ochenta que dentro de la UP surgieron figuras sin dobles intenciones, ajenas al maquiavelismo guerrillero, comprometidas con la política como herramienta del cambio social. El cisma con el jefe de las Farc Manuel Marulanda, alias Tirofijo, y su guardia pretoriana fue inevitable. El nuevo partido participó en las elecciones de 1986, obtuvo cinco senadores, catorce diputados, 351 concejales y 23 alcaldes, y se distanció políticamente de una guerrilla que 27 años después negocia en La Habana debilitada por las ofensivas militares del ex presidente Álvaro Uribe (2002-2010), y del gobierno de Santos, pero todavía con miles de hombres en armas y fondos suficientes para mantenerse activa durante años.

Los negociadores habrán recordado en La Habana que la mudanza de la selva al Congreso no es fácil y que las desgracias de la malograda Unión Patriótica no acabaron con su divorcio del terrorismo miliciano, sino que llegaron desde la otra trinchera a tiros. La salvaje cacería de sus dirigentes fue obra de grupos paramilitares asociados a ganaderos, terratenientes, narcotraficantes y fuerzas armadas durante y después de la presidencia de Julio César Turbay (1978-1982). El nacimiento de ejércitos privados para defender tierras y patrimonios, el indisimulado apoyo de oficiales y jefes del Ejército a los matones de Puerto Boyacá, y el auge del narcotráfico al sol que más convino, tuvieron efectos catastróficos. Entre los años 1988 y 1991 murieron cerca de 15.000 colombianos, principalmente cargos electos, militantes y simpatizantes de la UP, muchos de ellos guerrilleros desmovilizados y sus familiares. Dos candidatos presidenciales figuran entre las víctimas.

Pero como no hay mal que cien años dure, aunque en Colombia lleven camino de invalidar el refrán, tras la ofensiva guerrillera de los noventa, la situación en el país latinoamericano evolucionó positivamente, hacia una situación favorable al acuerdo y al finiquito de una conflicto de más de medio siglo y 300.000 tumbas. La correlación de fuerzas cambió en beneficio del Estado ya que las FARC perdieron a sus jefes históricos, los grupos paramilitares organizados como tales desaparecieron, y la guerrilla fue vapuleada militarmente al sufrir deserciones, derrotas y pérdida de territorio durante las administraciones de Uribe y Santos. El grueso de la sociedad colombiana permanece como siempre: anhelando una paz que tampoco fue posible con el ex presidente César Gaviria (1990 a 1994), ni durante el proceso promovido entre 1998 y 2002 por el ex presidente Andrés Pastrana, que otorgó a las FARC una zona desmilitarizada en la región de El Caguán para desarrollar las conversaciones. Lejos de facilitarlas, la guerrilla se rearmó y volvió a la carga.

Colombia regreso al pasado en La Habana pero para aprender de los errores, y sin que el gobierno pretenda la imposible aniquilación del enemigo, sino conseguir su derrota negociando una agenda parecida, en esencia, a la de otros procesos: reforma agraria, desigualdades sociales y narcotráfico, amnistía, víctimas, derechos humanos, participación política y mecanismos de verificación de lo pactado. Santos y las FARC necesitan haber aprendido del cruento pasado nacional porque un nuevo fracaso reforzaría las tesis del ex presidente Uribe, convencido de que no debe negociarse con terroristas y dispuesto a recuperar la presidencia de Colombia, por persona interpuesta, para demostrar que la victoria es posible a sangre y fuego. A juzgar por la encuestas, la mayoría de los colombianos prefiere retrasar sin die el comienzo de esa ‘demostración’.

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