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Paz 8 Dic 2012 - 9:00 pm

Personajes del año

El estratega

Sergio Jaramillo, el alto consejero para Seguridad Nacional del gobierno de Juan Manuel Santos, fue el máximo responsable de concretar la reanudación de diálogos de paz con las Farc.

Por: María Elvira Samper*
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Sergio Jaramillo, el consejero nacional de seguridad, es prácticamente un desconocido para la opinión y el integrante de más bajo perfil del equipo del gobierno que adelanta conversaciones con las Farc en La Habana. Y lo es por decisión propia, por esa aversión a figurar que lo mantiene a distancia de los medios y les ha ganado la malquerencia de los periodistas, que juzgan como arrogancia lo que es un marcado rasgo de su personalidad: el hermetismo, una mezcla de timidez, introversión y reserva, más unas goticas amargas de neurosis y, como cereza del coctel, un desinterés por las minucias de la política.

Sólo en muy pocas ocasiones ha ocupado primeras planas. La más sonada, en diciembre de 2009, cuando publicó una columna en El Tiempo bajo el título “Las reglas del juego”, en la que exponía las razones de su renuncia al Viceministerio de Defensa luego de tres años en el cargo: el desacuerdo con modificar la Constitución para abrirle camino a la segunda reelección del presidente Uribe: “No se puede jugar con la Constitución que se está defendiendo cambiando los términos de los períodos presidenciales”, escribió Jaramillo. Entró entonces a ocupar un lugar destacado en la lista de los ‘enemigos’ del mandatario y de su círculo cercano de amigos y escribidores, tan destacado como el que ya ocupaba en la del sector más radical de los generales —activos y en retiro— por su dura posición frente a los mal llamados falsos positivos.

La columna fue una declaración de principios sobre la democracia, sobre la necesidad de cumplir y hacer cumplir la ley, el deber de respetar las reglas del juego de la alternancia en el poder y la legitimidad que confiere al Estado el uso legítimo de la fuerza y el respeto por los derechos humanos. Y su dimisión, motivo de un informe del entonces embajador de Estados Unidos, William Brownfield, al Departamento de Estado —filtrado luego por Wikileaks—, quien lo describe como “el pensador más estratégico” de la política de seguridad.

Estratega es un término que aparece siempre en la descripción que hacen de Jaramillo quienes lo conocen y han trabajado con él. Estratega —con otros— de la política de seguridad democrática diseñada durante la gestión de Martha Lucía Ramírez y estratega de la Ley de Inteligencia, del Plan Consolidación, de las campañas masivas de desmovilización y de la política de derechos humanos en las Fuerzas Armadas durante el ministerio de Juan Manuel Santos. Estratega de la Ley de Víctimas en su recta final y del Marco Jurídico para la Paz. Estratega del proceso con las Farc.

Cuando nadie creía en la paz, él creía: una Fuerza Pública fortalecida, las Farc debilitadas y un presidente legitimado por nueve millones de votos eran condiciones propicias. No pensaban lo mismo algunos ministros que se oponían a que el presidente sacara del bolsillo la llave de la paz. Jaramillo ganó el pulso y Santos le delegó la delicada tarea de llevar a cabo conversaciones secretas con las Farc para explorar la posibilidad de un acuerdo para poner fin al conflicto armado. En esas estamos y Jaramillo es el estratega.

‘Raro’ es otro de los calificativos que se repiten cuando lo describen —incluso su familia—, porque trabaja prácticamente a oscuras —a la luz de las velas o de una lámpara— y usa zapatos con carramplones. Tiene actitudes y costumbres de viejo, vive en un apartamento que parece del siglo XVIII, tapizado de libros y papeles, y él mismo cocina cuando tiene invitado. Su apariencia de profesor despistado, de ser más urbano que el Transmilenio, oculta a un gran jinete y su vocación por el silencio esconde a quien puede pasar horas en un café de pueblo hablando con campesinos. Un ‘bicho raro’, es cierto, porque es analítico, metódico y riguroso, pero al mismo tiempo tiene sentido práctico; porque es de convicciones profundas —terco dirán algunos—, pero capaz de ceder ante argumentos sólidos; porque sabe cómo funciona el poder, pero carece de ambiciones políticas. Raro, porque siendo filósofo y filólogo, un intelectual cuyo destino natural era la vida sin sobresaltos de la academia, terminó de cabeza, por esos giros extraños de la vida, en el campo minado de la seguridad, la guerra y la paz. “Todo es parte de la misma película”, asegura Jaramillo, el estratega de la paz, el ‘bicho raro’ del gobierno Santos.

* Columnista de ‘El Espectador’
 

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