Paz 16 Sep 2013 - 10:40 am

Romper muros desde la convocatoria

El poder de los ídolos

Muhammad Alí, Carlos Caszely, Drogba, Sócrates y Víctor Jara, cinco ejemplos de una denodada lucha por la concordia.

Por: Fernando Araújo Vélez
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Muhammad Alí, uno de los más grandes transgresores de la historia. / EFE

Por estos días, 40 años atrás, Chile se debatía entre la sangre y la vida, entre el instinto de sobrevivir y la convicción de luchar. En el Estadio Nacional habían asesinado a Víctor Jara, aquel hombre al que un muchacho desconocido de nombre Héctor y una mujer, su esposa, dejaron en un nicho cualquiera del Cementerio General de Santiago pues lo habían acribillado menos de 24 horas antes. Dos de sus asesinos, los tenientes Hugo Sánchez Marmonti y Pablo Barrientos Núñez, fueron señalados por la justicia pocos días atrás como los asesinos directos. Su viuda, Joan Turner, afirmó que faltaban más nombres en la lista.

Fueron cuarenta y tantos balazos y muchos palos, patadas y puños los que acabaron con su vida. Había sido actor de teatro, director y escritor. Había luchado por decirle algo al pueblo, a la gente como él, gente pobre, sin futuro, sin ilusiones. Algo que los sacara de la miseria y el hastío. Sus obras habían sido sociales y éticas, invitaciones a la esperanza, pero no alcanzaba. Entonces se dedicó a la música. Letras, poemas, la guitarra que le había regalado una amiga en Casa Amarilla cuando lo llamaban Tito, y su voz. Le cantó a la vida: “Por eso quiero gritar, no creo en nada sino en el calor de tu mano en mi mano”, y a la muerte: “Qué saco con rogar al cielo si en tierra me han de enterrar”, al amor desolado y a la realidad.
Lo mataron para callarlo. Lo masacraron los agentes del ejército nacional que secundaban el golpe militar de Augusto Pinochet y al mismo Pinochet porque aquel hombre, Víctor Jara, era un peligro para el Estado que pretendían instaurar. Orden, decían. Tradición, promulgaban. Religión, repetían. Dios, patria y tradición y todo eso. Jara, además, y sobre todo lo anterior, era una de las fichas claves del Partido Comunista. Murió, pero su muerte no pasó desapercibida. Su nombre y su recuerdo y sus canciones taladraron a cientos de miles de chilenos que lo siguieron casi hasta la muerte, en medio de amenazas y desafíos.

Dos meses después de su muerte, Chile jugó la última fase de las eliminatorias al Mundial de Alemania-74 ante la Unión Soviética. Luego de un sospechoso 0-0 en Moscú, los soviéticos se negaron a jugar en Santiago, pues haber jugado en Santiago habría sido avalar el golpe de Pinochet. Chile, de todas formas, salió al Estadio Nacional a jugar ante fantasmas, los fantasmas soviéticos y los fantasmas de los muertos y desaparecidos del golpe, y el fantasma de Salvador Allende. La parodia terminó con el boleto al Mundial y con un comunicado de felicitación de Augusto Pinochet y una invitación al Palacio de La Moneda.

“Todo era pompa, ceremonia, solemnidad —recordaría Carlos Caszely, el ídolo del conjunto chileno—. De repente, se abrió una gran puerta y apareció Augusto Pinochet, de gafas oscuras y su uniforme, impecable”. Caszely echó sus brazos hacia atrás y entrelazó sus manos, pensando en las víctimas, recordando a quienes le suplicaban que intercediera por éste o aquél. “Cuando me llegó el turno de saludar, yo apreté mis manos atrás. Pinochet no tuvo más remedio que seguir de largo”, recordó. Meses más tarde, el dictador se vengaría. Por aquellos años, a Carlos Caszely todo se le permitía en Chile. Todo se le aplaudía.

Jugaba en España. Cuando se marchó, después de las pantomimas, Pinochet y los suyos detuvieron a su madre. “Fueron tantas las vejaciones y las torturas que tuve que sufrir, que yo no he querido ni contarlas por respeto a mis hijos y a mi esposo”, diría ella años más tarde ante unas cámaras, para promover el no en un plebiscito de 1990 que terminó con la dictadura. Caszely formó parte de aquella campaña. Más allá de sus rencores, de sus dolores pasados, se enfrentó con ese pasado, a sabiendas de que su voto sería el voto de cientos de miles. Con una pelota en los pies, con sus goles, con su actitud, se había convertido en un ejemplo para muchos. Lo que él dijera era la verdad. Ese fue su gran poder.

Él lo comprendió y decidió utilizarlo para una causa: volver a la democracia, que era apostarle a la paz. Así lo hizo Drogba tiempo después, quien con dos gestos colaboró con la pacificación de Costa de Marfil, y lo hizo también Sócrates, que comenzó a instaurar la democracia en Brasil empezando por su club, el Corinthians. Su rebeldía, su idolatría, le permitieron hacer de ese club el más demócrata de Brasil, o el único. Hasta los lugares de concentración se sometían al voto. Y las contrataciones, y el presidente, y el capitán del equipo, y las comidas. “Los futbolistas somos artistas y, por tanto, somos los únicos que tenemos más poder que sus jefes”, solía decir. Lo creía.

Trabajaba en ello, con ello, en tratar de lograr que desde abajo se solucionara la vida, en intentar volver al voto, el voto sagrado del pueblo. Por aquellos tiempos, los primeros 80, Brasil llevaba casi dos décadas de dictadura. Sócrates empezó a combatirla desde el fútbol, desde sus declaraciones, desde su imagen. Se jugó la vida por sus creencias y llevó a sus partidarios a corear un revolucionario “ganar o perder, pero siempre con democracia”. Él ganó y también perdió y murió convencido de sus ideales. Para él, el fútbol era mucho más que un juego, y desde allí, desde sus entrañas, gracias a su convocatoria, se podría trabajar en una sociedad un poco más justa, un poco más noble y más humana.

Sócrates y Drogba y Caszely fueron una especie de extensión de Muhammad Alí, quien irrumpió en la escena como Cassius Clay, un muchacho que acababa de ganar una medalla de oro en el boxeo de la Olimpíada de Roma, 1960. A su manera quería copiar a Jackie Robinson, quien en 1947 se había convertido en el primer beisbolista negro en jugar en las Grandes Ligas, pese a todo y a casi todos. El primer gesto del Clay rebelde fue botar su presea al río Hudson. Después no pararía de hablar, pero, como escribió Norman Mailer, “Cassius Clay es el mayor ego de Norteamérica. Y también es la más veloz personificación de la inteligencia humana hasta el momento habida entre nosotros: es el mismísimo espíritu del siglo XX, es el príncipe del hombre masa y los masivos medios de comunicación”.

Esos medios, y las altas esferas del poder blanco, se reunieron a mediados de los 60 para tratar el tema Clay, quien estaba a punto de comenzar a llamarse Muhammad Alí, en parte por religión, en parte porque su nombre original había sido una imposición del dueño de su abuelo. Intentaron silenciarlo. Fue imposible. Clay, como solía repetir, era “el más grande”, y aunque lo obligaran a hablar sólo de boxeo, él decía lo que se le venía en gana. Por ejemplo, “que ningún vietnamita lo había llamado nigger”, que “con los impuestos que pago por cada pelea, un soldado norteamericano vive un mes matando gente en Vietnam. Con lo que pago en un año es posible construir bombas como para quemar una aldea. Con todo esto, ya soy culpable. ¿Tengo además que matar con mi propia mano?”.
Se declaró objetor de conciencia, confesó que era miembro de los Black Muslims (nación del Islam), que parte de su fuerza la había sacado de sus asiduas conversaciones con el líder Malcolm X, asesinado de siete balazos por esos días en Nueva York. Y de alguna manera, por sus victorias en un ring, por sus palabras fuera de él, por sus convicciones, rompió muros de segregación y de odio. 

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jamquef

Lun, 09/16/2013 - 17:27
Hubieran sido Colombianos los uribestias los hubiesen llamado MAMERTOS
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ccdc

Mar, 09/17/2013 - 12:51
Ese epíteto es para los comentaristas de prensa, que están lejos de su alcance. Después de la motosierra no es necesario ponerles etiquetas.
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nelson ronderos

Lun, 09/16/2013 - 13:38
Es una lástima que aquí en Colombia cualquier personaje popular de los de abajo y que se destaque en las artes, el deporte, y la cultura en general, tenga que rendir pleitesía y someterse a la indignidad de los poderes de una clase política oligárquica, culpable de sus pasadas y antepasadas desdichas, pareciera que les diera orgullo otrora haberse sometidos a tantas injusticias y sufrimientos: falta de trabajo, salud, educación, alimentación digna; y claro, con esa actitud legitiman la humillación, el vejamen, la indignidad, ante la lisonja y el embeleco de los falsos reconocimientos que hace el poder de gobierno...
Opinión por:

swhelpley

Lun, 09/16/2013 - 12:38
Muy interesante su nota, muy pertinente. Pero que lo que hizo Drogba?
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