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Paz 23 Mar 2013 - 10:40 am

Otro punto de vista

¿Incubadoras de miseria?

La iniciativa de las Farc de crear 59 zonas de reserva campesina tiene implicaciones políticas y económicas que pueden llegar a ser negativas para el país y los campesinos. Análisis.

Por: Mauricio Botero Caicedo
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El Gobierno se opuso a que las zonas de reserva campesina se organicen en los mismos términos que las comunidades indígenas y afros. / Archivo - El Espectador

La iniciativa de las Farc de crear a lo largo y ancho del país 59 zonas de reserva campesina (ZRC) con una extensión de 9,5 millones de hectáreas tiene implicaciones políticas y económicas que pueden llegar a ser negativas tanto para el país como para los campesinos. Para empezar, es pertinente señalar que 9,5 millones de hectáreas no es una área despreciable: prácticamente el doble de la totalidad del área agrícola del país, las nuevas ZRC, cubrirían un área 38 veces mayor, léase bien, 38 veces mayor que el área agrícola cultivada en el Valle del Cauca (250.000 hectáreas).

De acuerdo con un reciente informe de la revista Semana, (marzo 18/13), las Farc exigen para las ZRC la misma autonomía política, económica, administrativa y cultural de los resguardos indígenas o los territorios de los afrodescendientes. Concretamente plantean: “Constitucionalización de la figura del territorio campesino, en cabeza de las comunidades campesinas y de sus organizaciones, la cual representará una de las formas de organización territorial del Estado colombiano en los mismos términos que para las comunidades indígenas y afrodescendientes. En tal sentido, los territorios campesinos serán inembargables e imprescriptibles”.

En el punto tercero los subversivos advierten que los “los territorios campesinos gozarán de autonomía política, administrativa, económica, social, ambiental y cultural, y en la administración de justicia a través de los mecanismos de la justicia comunitaria. La autonomía se comprende en términos de la capacidad de autogobierno, autogestión y autodeterminación, enmarcada dentro del ordenamiento constitucional que resulte del nuevo contrato social pactado en la Asamblea Nacional Constituyente”.

De las exigencias de las Farc respecto a las ZRC se deducen varias conclusiones: la primera es que a la subversión le importa bastante más la autonomía política, administrativa y económica, que el desarrollo agrario. No hay una sola palabra en las exigencias de la guerrilla que haga referencia a los aspectos verdaderamente determinantes en la producción de alimentos: infraestructura, riego, tecnología, crédito. Segundo, estas ‘autonomías’ pueden ser el primer paso en la ‘balcanización’ del país.

En una nación que no alberga notables e irreconciliables diferencias, esto sería una calamidad. Tercero, los subversivos son plenamente conscientes de que sus exigencias violan la Constitución y por ende hacen referencia al “ordenamiento constitucional que resulte del nuevo contrato social pactado en la Asamblea Nacional Constituyente”.

El Gobierno, con sobrada razón, se opone tanto a las nuevas ‘autonomías’ como a modificar la Constitución. Para el ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, “crear zonas de reserva campesinas en todo el país y con una autonomía que no tienen ni siquiera hoy los departamentos, es un disparate”, y advierte que “las Farc quieren dividir y convertir el país en un mosaico de republiquetas independientes, y eso es algo que va contra la ley, y este gobierno no lo va a hacer”.

Pero si en el campo político la estructura planteada por las Farc para las ZRC deja mucho que desear, en el campo económico el panorama es aún más oscuro. En primer lugar, es contraproducente que las ZRC se conviertan en “territorios campesinos inembargables e imprescriptibles”, ya que dicho exabrupto acarrea la semilla de su propia destrucción. El que un activo sea ‘inembargable o imprescriptible’ pone a este bien como ‘no sujeto de crédito’ y lo saca del comercio.

Y al no poder el empresario agrícola, por pequeño que sea, establecer una historial crediticio, toda transacción por parte de un proveedor, llámese de semillas o de fertilizantes, tendrá que ser en estricto contado. Pero para entender la gravedad de otorgarles a ciertos grupos el privilegio de ‘territorio inembargable e imprescriptible’ basta repasar el mapa de la pobreza en Colombia, en donde la miseria extrema se concentra en los dos departamentos en que los resguardos indígenas y los afrodescendientes tienen la mayor cantidad de territorio: el Chocó y el Cauca.

En el primero el nivel de pobreza extrema, según el DANE, llega al 64 por ciento; y en el Cauca, al 62. Mirado desde otro ángulo, en Bogotá, donde los citadinos como mucho tienen unos pocos metros de tierra, la pobreza extrema es sólo del 13 por ciento; y los ingresos de los bogotanos son cinco veces más altos que el de los chocoanos o los caucanos.

Del mapa de la pobreza del DANE se concluye que el tener tierra no es sinónimo de riqueza; y que el sustraer las tierras de los mercados comerciales y crediticios (como ocurre con aquellas de los indígenas y las negritudes) es el camino más seguro a la pobreza. Por último, las decisiones en las ZRC sobre qué, cómo, cuándo y para quién producir, las van a tomar son los dirigentes y no los campesinos. Como ocurre con el café, al desconocer que en una economía de mercado las decisiones deben venir de abajo hacia arriba, es decir, del consumidor al productor. Este es igualmente el camino más expedito al fracaso.

 

Adicionalmente, es pertinente anotar que el expresidente Ernesto Samper se equivoca cuando afirma que “no se pueden comparar las ZRC con las repúblicas independientes, que eran concentraciones de guerrilleros liberales por fuera del gobierno y con ínfulas de repúblicas”. Los dos fundadores de la ‘República Independiente de Marquetalia’ en el sur del Tolima, Jacobo Arenas y Tirofijo, de guerrilleros liberales no tenían nada.

En realidad eran los cabecillas de un apiñamiento de curtidos comunistas. Las repúblicas independientes, de tiempo atrás han sido el sueño de la subversión, y disfrazar a las ZRC como el escenario ideal para promover las políticas de desarrollo rural y bienestar para los campesinos, es una cortina de humo.

Las ZRC poco tienen que ver con el desarrollo rural y mucho tienen que ver con el proyecto político a largo plazo de las Farc. Al ser cooptadas por la subversión, las ZRC se van a convertir en la ‘pica en Flandes’ para adelantar un proyecto político basado en la balcanización (¿caguanización?) del país; y al no ser sujetos de crédito, los campesinos de las ZRC van a tener muy pocas posibilidades de ser productores eficientes y competitivos de alimentos. Las ZRC inexorablemente se van a convertir en incubadoras de miseria en las que se les va a solicitar a los contribuyentes que por medio de sus impuestos las subsidien indefinidamente.

Finalmente, la migración del campesino a las urbes, como ocurre en buena parte de los países del mundo, no parece tener reversa, ya que la ciudad suele brindar bastante mayores posibilidades. Y a medida que los campesinos abandonen la ZRC, ¿se van a reducir en tamaño?

Por ser un ‘mandato constitucional’ no es muy probable que las ZRC se reduzcan y la realidad es que unos pocos van a terminar adueñándose de la totalidad de las tierras. Las ZRC van a terminar convirtiéndose en latifundios constitucionales en manos de la izquierda radical. Con razón el Príncipe de Lampedusa observaba que “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”.

* Columnista de El Espectador

 

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