Paz 15 Sep 2013 - 8:21 pm

En Timbiquí, Cauca

Kitek Kiwe significa Tierra Florecida

Los sobrevivientes de la masacre del Naya (2001) sanaron las heridas del conflicto, construyeron una nueva estructura política y social, hicieron vida en otro territorio y tienen un presente en calma.

Por: Mariana Escobar Roldán / Catalina González Navarro
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Foto: Mateo Jaramillo - Ganador del concurso “Imágenes para Resistir al Olvido”
Licinia Collazos, exgobernadora del resguardo. Mural símbolo de memoria pintado por los niños, es su proyecto de vida.

La infancia de Johan transcurrió junto a los dos ríos y montañas de la región del Naya, bosque adentro, entre los municipios de Buenaventura y López de Micay. Padre, madre, siete hermanos y él vivían en una casa de techo de palma, paredes forradas en cañabrava y jardín de naranjos.

Nadie usaba zapatos —no hacían falta para trepar árboles, cazar pájaros, nadar y sembrar yuca y plátano—. Si entre la espesura alguien se perdía, los rayos mostraban el camino, y en general la vida era tranquila, a excepción, según cuenta Johan, de las noches en que escuchaban los lamentos de la Patasola.

Para 2001, cuando tenía 12 años, corría el rumor de que los paramilitares estaban cerca. Meses antes el Eln realizó el secuestro de La María en Cali y se decía que las autodefensas entrarían a la zona como represalia.

Así fue, el 11 de abril, a plena luz de un Miércoles Santo, Johan vio llegar a hombres extraños: calzados, vestidos de uniforme y con fusiles al hombro. Recuerda que el sonido de las motos lo aturdía, que tomó a su hermano menor y ambos se escondieron en un árbol, que los foráneos entraban a la fuerza a las casas, que asesinaban, que él apenas tuvo tiempo de empacar una muda de ropa y que su mamá olvidó tomar la caja en la que habían escondido a Felipe, el mono cariblanco que tenían por mascota.

Los sobrevivientes de la masacre recuerdan que los paramilitares, futuros miembros del bloque Pacífico, sacrificaban, sin escrúpulos, a hombres, ancianos, mujeres y niños. La lista con nombres y apellidos de supuestos guerrilleros dejó de importar.

La gente se desplazó al Valle, Jamundí, Cali y Buenaventura. Los que se quedaron, como Licinia Collazos, quien presenció durante la matanza el asesinato de sus vecinos y de su esposo, se fueron a Santander de Quilichao, Caloto y Simba, caminando.

Al llegar, vio cómo niños y mujeres embarazadas tenían que dormir en el piso de un coliseo. Para ella y Johan, vivir en Santander de Quilichao era una tortura. Este último nunca había salido del Naya y se preguntaba qué tipo de animal eran los carros, por qué había tantas personas y cuándo volverían a casa.

Por eso, con 15 días de duelo, Licinia no tuvo otra opción que iniciar su nueva vida: la de líder. Buscó un plástico, luego donaciones de comida en la plaza de mercado y tres años después, por medio de una tutela, un hogar en Timbiquí, a veinte minutos de Popayán, para quienes temían volver al Naya.

Llamaron a esta nueva tierra Kitek Kiwe, que en el lenguaje nasa significa Tierra Florecida. Ahora viven de la caña y del trapiche que construyeron. Treinta niños estudian en una escuela de 100 metros cuadrados, donde confluyen los cinco grados de primaria y aprenden con educación propia, porque, según sus creencias, es preferible conocer su historia, la de sus líderes y sus luchas que la de Cristóbal Colón o Bolívar.

Allí tuvieron que replantear su estructura, armar un nuevo cabildo, nombrar gobernador, hacer un plan de vida basado en las necesidades de las familias y acostumbrarse a un clima más frío, a una tierra menos fértil y a un paisaje distinto, que aunque lejos de parecerse al Naya macondiano, tiene todo para vivir en paz.

Los jóvenes aprendieron a elaborar artesanías con caña flecha y sobre una pared enorme dibujaron su proyecto de vida: pintaron el pasado del Naya, con todos los animales, las tierras fértiles y la alegría. Después, como símbolo de memoria, ilustraron la masacre y el desplazamiento masivo, y al final sorprendieron a los mayores con sus sueños: sinergia entre jóvenes y mayores y voz en su comunidad y en la sociedad para resolver problemáticas.

Johan recuerda el primer día en Kitek Kiwe hace cuatro años. Desde hacía mucho no veía un paisaje como el de su infancia, y aunque sentía frío, no dudó en meterse bosque adentro: “Me volví como loco, no sabía para dónde coger. No conocía nada. Salía del territorio y no me daba cuenta. Ni siquiera dormía en la casa. Tomaba mi cobija y me iba lejos en las noches. Quería escuchar la naturaleza, imaginaba que estaba otra vez en el Naya”.

Según cuentan los habitantes, como en defensa propia, esta tierra reconoce a propios y visitantes. Por eso, al mediodía, si llega un extraño, luego de pasar por extensos campos de caña, comienza a soplar un viento fuerte que desacomoda las tejas de zinc, levanta polvo por doquier y sólo se calma cuando la Madre Tierra los reconoce.

Al caer la tarde, en el cielo de Kitek Kiwe no cabe una estrella más. Cesa la algarabía de niños, balones y pájaros y el aire frío esconde a todos en sus casas. De vez en cuando, antes de dormir, los abuelos cuentan las historias del Naya. Nada les turba. Es noche de paz en la Tierra Florecida.

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amaliapilar

Lun, 09/16/2013 - 12:12
El artículo es interesante, pero hay varios errores que dejan entrever que las periodistas no se tomaron el trabajo de revisa sus fuentes. 1.) La comunidad vive en Timbío, municipio caucano ubicado al sur de Popayán, no en Timbiquí, municipio caucano en el litoral Pacífico. Timbiquí no queda a 20 minutos de Popayán. ¡De hecho queda al otro lado de la Cordillera Occidental! 2.) "Simba" no es un poblado, el nombre correcto es Timba. 3.) El grupo paramilitar que cometió la masacre fue el Bloque Calima. Acá el link del texto de memoria que la Universidad Nacional elaboró junto con la comunidad como resultado de un proyecto de reconstrucción de memoria historica: http://www.humanas.unal.edu.co/colantropos/documentos/Cartilla%20Kitek%20Kiwe%20FINAL%20version%20digital.pdf
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