Sobre la primera ronda de conversaciones entre Gobierno y ELN

¿Cuál es el balance del primer ciclo de conversaciones en Quito y cuáles son los retos inmediatos que tendrá que enfrentar la Mesa? Análisis de Víctor de Currea-Lugo.

En enero de 2017, palabras más o menos, algunos le dijeron al  oído a Santos: “presidente, usted ya tiene la paz con las FARC y el premio Nobel, déjele el ELN al próximo gobierno”; pero predominaron las voces que insistían en el diálogo con los elenos. Luego vino un primer ciclo de casi dos meses, al final del cual un comunicado conjunto dejó más preguntas que respuestas.

El ELN no pretende hacer la revolución en la Mesa, y el gobierno reconoce que sí hay la necesidad de hacer transformaciones para la paz, pero esto no significa para nada que las agendas de las delegaciones estén cerca. (Lea: Conversaciones entre gobierno y ELN se reanudan el 16 de mayo)

Cinco puntos

Un balance del primer ciclo debe empezar por reconocer el peso de una obviedad: la Mesa se mantiene. Luego de años de rupturas en la fase preliminar, ambas delegaciones insisten en no levantarse. Eso es, de suyo, una muy buena noticia. Al hablar con personas de las dos delegaciones queda la impresión de que honestamente buscan un acuerdo. 

Segundo, se ratifica la agenda pactada. La Mesa empezó definiendo sus normas de funcionamiento, además de crear dos sub-Mesas: una es la que da cuenta del reto de la participación de la sociedad (punto 1-A) y la otra de las acciones y dinámicas humanitarias (5-F).

Tercero, el respeto mutuo. Tanto voceros del gobierno como del ELN han recalcado el clima de respeto mutuo y las buenas maneras en el proceso de diálogo. Esto no es poca cosa, el reconocimiento a la parte contraria es vital para que una mesa avance.

Cuarto, entre la celeridad y la rigurosidad. La agenda explícitamente incluye estos dos términos y las dos delegaciones lo repiten. Pero el país, por el desgaste que deja el proceso de La Habana, puja por un proceso que dé respuesta en pocos días a lo que a las FARC y al gobierno les costó años, lo cual es injusto. En todo caso, para ser razonables, una primera ronda es una evaluación mutua del otro, lo que hace previsible pocos resultados. 

Quinto. Hubo dos incorporaciones a la delegación del ELN: uno del Frente de Guerra Suroccidental (Alejandro Montoya) y otro del Frente de Guerra Oriental (Alirio Sepúlveda), a este último pertenece el Frente Domingo Laín. Esto ratifica la unidad interna de esa organización y su voluntad de paz. El ELN está hablando en serio de paz.

Retos inmediatos

Las principales dificultades se observan en la asimetría de las partes y de las exigencias. Al ELN se le pide que dé cuenta de las acciones de todas las unidades, pero la delegación del Gobierno no asume la totalidad de responsabilidades del Estado, especialmente en lo relacionado con la protección a los líderes sociales asesinados. 

Con relación al punto 1-A (participación), el reto de este modelo de negociación no es solo ganarle al contrario en la Mesa sino, sobre todo, ganarse a la sociedad; y para eso es necesario romper con la lógica amigo-enemigo de una mesa bilateral y tener la audacia política de generar una nueva coyuntura política.

La sociedad hoy está pendiente de otras cosas diferentes a la paz con el ELN, como el debate sobre la corrupción. Esto, más la ausencia de una estrategia de comunicación de la Mesa, contribuye a matar la paz desde dentro, al no ganar un puesto en la agenda política y social. Crece la percepción (errada o no) de que ni la sociedad ni las regiones están listas para la participación en la Mesa Gobierno-ELN. Por ahora hay consenso sobre unas consultas para elaborar el modelo de participación.

Con relación al punto 5-F (lo humanitario) no bastaría con la formulación de una agenda humanitaria, si, a  la vez, no se cuenta con una estrategia de comunicación (para informar) y una de pedagogía (para formar) sobre lo que se acuerde. Como este sería el primer acuerdo concreto, con resultados a mostrar y con impacto en las zonas de guerra, la difusión de sus logros no es una tarea menor.

El Estado presiona sobre el tema del secuestro, pero no está claro cuál sería la acción del gobierno en ese sentido. No parece que haya una propuesta sobre la Mesa de qué pone el Gobierno, bien podría dar “algo a cambio” no para el ELN sino para el país: por ejemplo, mejorar la situación de salud y la crisis humanitaria de las cárceles.

El debate sobre el DIH es resbaloso. Si bien es cierto, este se aceptó como marco de referencia para el punto humanitario, el problema es que el ELN lo relativiza (como en el caso de secuestro) y el gobierno lo reduce al secuestro. Esa postura obstaculiza el avance de la Mesa y, lo peor, crea unas víctimas prioritarias, lo que va en contra precisamente de los principios humanitarios.

No es el pacifismo

La Mesa no se va a levantar, pero eso no significa necesariamente que vaya a avanzar. Urge coordinar esta Mesa con el proceso de La Habana, para lo cual es necesaria una reunión entre el secretariado de las FARC y la dirección del ELN.

Urge también, que la Mesa como tal le hable al país, para garantizar la legitimidad, para invitar al país a participar en los diálogos y para explorar otras posibilidades en el tema humanitario. Es cierto que las delegaciones han hablado en público, pero parece que es más la virulencia en las redes sociales que en la misma Mesa.

Avanzar con el ELN no se logra sobre la base de los discursos pacifistas sino sobre la base de transformaciones (punto 3 de la agenda), y que no son la totalidad de la agenda nacional de asuntos pendientes, sino lo que Pablo Beltrán llamó “cambios básicos urgentes”. La pregunta al Estado es si entienden que bastaría cumplir la Constitución de 1991 para asegurar una negociación exitosa. El 3 de mayo se sientan de nuevo y ojalá que, al levantarse, nos den buenas noticias.

 

 

*Profesor Universidad Nacional de Colombia

@DeCurreaLugo