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Paz 4 Feb 2013 - 8:51 pm

El cardenal Salazar pidió confiar en proceso

Sotanas pendientes de la paz

La iglesia se reúne esta semana con el presidente Juan Manuel Santos. Razones históricas para considerar porqué siguen siendo claves en el tema.

Por: Natalia Herrera Durán
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El cardenal Rubén Salazar. / Archivo

A las afueras de la Conferencia Episcopal, donde esta semana se realiza la Asamblea Plenaria de Obispos del país, el cardenal Rubén Salazar pidió confiar en el proceso de paz que se adelanta en Cuba entre el Gobierno y las Farc.

Salazar, rechazó los recientes actos de violencia de las Farc en el país pero dejó claro que son inconvenientes normales en unos diálogos que avanzan en medio de la confrontación armada. El próximo jueves durante todo el día se reunirán en la Conferencia Episcopal los obispos del país para hablar sobre el proceso de paz. Las conclusiones a las que lleguen se las darán a conocer al presidente Juan Manuel Santos ese mismo día en horas de la tarde.

De lo que no hay duda es que el cardenal Salazar sigue siendo una voz autorizada para hablar del tema como el máximo representante de la iglesia católica en Colombia. Ya que en la historia del país, en busca de caminos que conduzcan a la resolución de la guerra, la iglesia ha estado en todos los intentos de acuerdo para acabar la violencia.

En los primeros momentos el Frente Nacional, cuando el Gobierno Lleras Camargo intentó un proceso de normalización política, fue el sacerdote Germán Guzmán, quien junto a otros sociólogos produjo el primer análisis de los orígenes del conflicto armado en los años 50: La violencia en Colombia.

Más adelante, en los años 80, cuando el conflicto armado cobró nuevas víctimas y asumieron otros protagonistas, la Iglesia fue protagonista esencial de los nuevos procesos de acercamiento con el fin de lograr una solución política del conflicto. En la comisión de paz que intentó consolidar el gobierno de Julio César Turbay Ayala al final de su mandato hubo un alto jerarca de la Iglesia: monseñor Mario Revollo Bravo.

En 1982, quien animó la esperanza colectiva de una nueva posibilidad de paz con la insurgencia en la administración de Belisario Betancur fue monseñor José Luis Serna. En los acuerdos de cese al fuego de 1984 y 1986 al menos un vocero de la Iglesia suscribió los pactos, que terminaron en frustración.

La paz fue esquiva y en cambio vino una época de terror con el fortalecimiento de los carteles del narcotráfico. Y en ese momento fue también un religioso, que a pesar de no ser alto jerarca, quien convenció al capo de capo que se entregara. El padre Rafael García Herreros fue quien logró que Pablo Escobar se entregara a la justicia, un alivio parcial que terminó con la fuga de Escobar de la prisión La Catedral.

Más adelante, fue monseñor Nel Beltrán, entonces obispo de Sincelejo, quien intentó estos nuevos acercamientos con la insurgencia para terminar la guerra pero por eso fue acusado de participar en una cumbre guerrillera. Asimismo, entre 1992 y 1994, la Fiscalía intentó promover un expediente contra monseñor Leonardo Gómez y en el 2003 contra monseñor José Luis Serna.

Aun así, con bastante obstinación, la iglesia siguió buscando nuevos escenarios para buscar banderas de paz. En 1995, en la administración Ernesto Samper, cuando se extraviaron las iniciativas de negociación política por el escándalo del 8000, la Iglesia creó la Comisión de Conciliación para buscar la paz. Y fue fundamental para para liberar a los soldados secuestrados por las Farc en la base de las Delicias, en agosto de 1996, que fueron liberados el 15 de junio de 1997.

Otro sacerdote que dedicó su vida con esos propósitos, fue el sacerdote Jorge Martínez. Él y Luis Augusto Castro, entonces obispo de San Vicente del Caguán, volvieron a insistir en la necesidad de los diálogos. Desde sus diócesis, Jaime Prieto Amaya, Flavio Calle o monseñor Isaías Duarte (asesinado en Cali en el 2002) siguieron ese mismo camino de negociación.

En los años de la administración de Andrés Pastrana, la Conferencia Episcopal en pleno, especialmente con el impulso de monseñor Alberto Giraldo, fueron determinantes para lograr espacios de reflexión en medio de la frustración del proceso del Caguán, entre el Gobierno y las Farc.

En el 2005, monseñor Luis Augusto Castro tomó la iniciativa y le propuso al expresidente Álvaro Uribe que lo dejara realizar ‘prediálogos’ con la guerrilla en el extranjero para destrabar una posible salida política. Al final, todo terminó siendo un contentillo para la iglesia porque los puntos que separaron a Uribe y la guerrilla fueron inmodificables. También se recuerda en el proceso de negociación con las AUC el papel que desempeñó monseñor Julio César Vidal para evitar que los jefes paramilitares se levantaran de la mesa en los momentos críticos. O el papel que asumieron el sacerdote jesuita Francisco de Roux, y el padre Darío Echeverry como facilitadores de la liberación de secuestrados.

La apuesta de la Iglesia siempre ha sido la salida política al conflicto armado. Hoy, cuando el Gobierno de Santos emprendió un nuevo proceso, que está pasando por su primera y posiblemente no última crisis, la Iglesia piensa lo mismo, y sigue siendo esencial para plantear el debate y llevar el mensaje a los colombianos de que la paz, tras 50 años, sí es posible.

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