Tiempo de reformar nuestro sentido común

El exalcalde de Bogotá dice que donde más se quiere la paz es en las ciudades, pero también es donde más fácilmente se olvida la guerra. Una autoridad en cultura ciudadana reflexiona sobre el posconflicto en el plano urbano.

Conmemoración  a las víctimas del atentado en el club El Nogal, ocurrido el siete de febrero  de  2003. / Archivo
Conmemoración a las víctimas del atentado en el club El Nogal, ocurrido el siete de febrero de 2003. / Archivo

Quienes tenemos la suerte de vivir en las ciudades vemos la guerra colombiana de modo muy distinto a como la viven quienes viven en el campo junto al campesino, al juez, al maestro, al comerciante. Preferiríamos que no hubiera guerra, que nunca la hubiera habido. Ciertamente, de esa Colombia nos llegan imágenes y noticias, y nos gustaría que nos despertaran con la buena nueva “la guerra ha terminado”. Hasta haríamos un modesto esfuerzo tributario y tal vez concederíamos a regañadientes unas cuantas curules en el Congreso.

Sin embargo, mientras la guerra física —la que deja muertos en el campo de batalla— es cada vez más tarea de soldados profesionales, la ciudad se refugia en la guerra de las opiniones. Aquí todos nos sentimos fuertes. Las ciudades albergan las élites y buena parte de las capas medias, y lo que llamamos “opinión pública” es, muchas veces, la opinión de esas clases, filtrada y condimentada con frivolidad. (Amo a las presentadoras que al contar que hubo una masacre o un asalto a un pueblo reducen su reacción a un chasquido con la lengua, como diciendo “lástima que pasen estas cosas”).

Todavía por algunos años el narcotráfico y el crimen organizado harán fiesta porque la sociedad no logra convertir la adicción a las drogas y su prevención en un problema estrictamente médico y pedagógico que debe ser manejado y ojalá resuelto en el marco de una conversación entre el galeno y el paciente, y entre padres, profesores y alumnos. Los latinoamericanos ya no queremos seguir jugando a la ruleta rusa (a eso se reduce el probar droga) ni queremos exportarla, pues por más buen negocio que sea, hoy sabemos por contundente experiencia que cuesta demasiadas vidas propias y ajenas. Y vida sagrada no es sólo la de uno.

Es hora de aclararnos lo que más nos duele y lo que más gozamos y, previa discusión, adentrarnos en la experiencia de gozar con el goce del otro (a eso reduce sabiamente Leibniz el amor). Es tiempo de reformar nuestro sentido común: la vida es sagrada, cada víctima es hermana, las armas son del Estado y se usan bajo su cuidado. Y no hay perdón garantizado. Sin embargo, dirigida a todos flota, en el aire, la invitación a abandonar el uso de la violencia y el terror.

La cuestión es que si no le ponemos raciocinio y voluntad a la paz, la guerra seguirá alargándose. En cambio, con razones y compromiso podríamos ponerle fin en pocas semanas. ¡Lancémonos al agua de la paz, patos urbanos! ¡Desminemos los caminos y desactivemos nuestros odios y andemos por Colombia como Pedro por su casa!

Confieso que me muero de las ganas de gozarme el paisaje del campo, como pude hacerlo en la primera parte de mi vida. Pero aún más deseo ver a la gente comprendiendo y perdonando, o confesando confiadamente que todavía no ha podido perdonar, pero que aún así respetará el acuerdo.

Aquí, en Bogotá, también hemos sufrido el conflicto, pero con un fruto inesperado: cuando las Farc intentaron llevar la guerra a Bogotá —en el atentado contra El Nogal— descubrimos que la onda explosiva no distinguió, no podía distinguir, ni entre los miembros del club y sus empleados, ni entre ricos y pobres, ni entre humildes y poderosos. La onda explosiva despertó entre las víctimas una hermandad insospechada.