Todo está acordado con las Farc

Después de cuatro años de negociación, Gobierno y Farc quedaron listos para firmar la paz. Esta vez la persistencia pudo más que los inamovibles. Las próximas tareas: Décima Conferencia de la guerrilla y plebiscito

Justo cuatro años después de que los delegados del Gobierno y las Farc finalizaran la fase secreta de los diálogos, que dio como resultado el Acuerdo General para la Terminación del Conflicto, la mesa de La Habana alcanzó un acuerdo final de paz. Aunque los textos completos los firmaron este miércoles protocolariamente los plenipotenciarios de las partes, la ceremonia del fin del conflicto se realizará en unas semanas, cuando las Farc hayan refrendado los acuerdos en su Décima Conferencia y la ciudadanía haya hecho lo propio en el plebiscito. (Lea aquí: "Hoy espero darle una noticia histórica y muy importante al país": Santos)

Las fechas no están claras, pero la visita del presidente Juan Manuel Santos a la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 21 de septiembre, pone en evidencia un componente básico del proceso de paz que este miércoles llegó al cierre de las negociaciones: la participación de la comunidad internacional, clave para su éxito. Inicialmente, gracias al rol cumplido por Venezuela y su fallecido presidente Hugo Chávez, como país impulsor de los encuentros que dieron paso a la llamada fase exploratoria cumplida entre febrero y agosto de 2012. (Gobernadores le dan el Sí al plebiscito por la paz)

Si Chávez sembró las bases de la confianza y ayudó a convencer a las Farc de sentarse a la mesa de diálogos, su sucesor, Nicolás Maduro, refrendó el compromiso del líder de la Revolución bolivariana: ver a Colombia en paz. En esta labor de acompañamiento permanente también ha sido fundamental la gestión desarrollada por el excanciller y exembajador de Venezuela en Colombia Roy Chaderton, actual delegado del gobierno del vecino país en la mesa de negociaciones de La Habana.

Un propósito continental que pronto compartió el gobierno de Cuba, presidido por Raúl Castro, que no sólo facilitó su territorio como sede de los diálogos de paz, sino que ha sido determinante para rescatar el proceso en momentos de crisis. El secuestro del general Rubén Darío Alzate, la escalada de la guerra en julio de 2015, los desencuentros por las labores de pedagogía para la paz o la búsqueda de caminos de justicia: en estos y otros momentos de tensión interna a lo largo de cuatro años de negociaciones, Cuba ha sido un aliado determinante sin mucho protagonismo. (Lea aquí: Todo está listo para que este miércoles se cierren las negociaciones de paz con las Farc)

Lo mismo que el gobierno de Noruega, otro de los garantes del proceso y proveedor de importante apoyo logístico. No sólo para el traslado de jefes guerrilleros entre Colombia y Cuba, sino para gestionar el acompañamiento de diversos países de la Unión Europea, o a través del asesoramiento técnico para acuerdos como el de justicia. En estas tareas, Dag Nylander, relacionado con Colombia desde los tiempos del proceso de paz del Caguán en los años 90, ha sido el enviado de su gobierno a la mesa de La Habana, y sus aportes han sido cruciales.

A este componente internacional es preciso añadir el papel cumplido por el gobierno de Estados Unidos, a través de su enviado especial, Bernard Aronson. Sus aportes en el ámbito de la mediación o los anuncios de apoyo económico para un posconflicto que costará miles de millones de dólares, tienen un importante significado a la hora del primer balance general. Lo mismo que la Organización de Naciones Unidas, que además de la asistencia permanente será el componente clave de la verificación de la implementación de los acuerdos.

El Comité Internacional de la Cruz Roja, el gobierno de Chile, el expresidente de Uruguay José Mujica y hasta el papa Francisco merecen ser mencionados en estas horas de dar parte de misión cumplida, porque ayudaron a persistir en instantes coyunturales. Al fin y al cabo, se trata de ponerle fin al último conflicto armado interno del hemisferio occidental y también al último capítulo de la Guerra Fría que desde los años 40 hizo proliferar en el mundo movimientos alzados en armas empecinados en la toma del poder y ejércitos dispuestos a impedirlo.

Hoy se avizora el final de la guerra colombiana y también el comienzo de un componente de la paz continental. Un proceso avalado por el mundo, con un ingrediente esencial para garantizar su estabilidad: se construye enmarcado en la preservación de los derechos de quienes han sido las víctimas de graves violaciones a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario. Las víctimas que no fueron actores pasivos del debate sino protagonistas y que hacia el futuro serán parte determinante para la construcción de paz.

El mismo rol que están llamadas a cumplir las Fuerzas Armadas. En anteriores procesos de paz, su intervención fue mínima. En esta ocasión, de manera creativa, sin afectar la institucionalidad, retirados o activos, sus miembros entraron a la mesa de negociación con voz propia. Ahora tendrán compromisos claros en la construcción de paz. No sólo como garantes de la protección en zonas de desmovilización o labores de desminado, sino como protagonistas del cambio en el escenario estratégico de la seguridad y sus distintos desafíos.

En síntesis, al cierre de las negociaciones de La Habana entre el gobierno Santos y las Farc es preciso hacer muchos reconocimientos. Antes que nada a la sociedad colombiana, esperanzada en una salida definitiva al destino de la guerra, a las instituciones vinculadas al trabajo de allanar ese camino y, por supuesto, también a las Farc, que no tiraron la toalla a pesar de que también tuvieron razones de peso para hacerlo. Como la muerte de su máximo comandante, Alfonso Cano, cuando apenas se construían las bases de la confianza.

En los años 80 no fue posible porque a la tregua le faltó verificación y la Unión Patriótica fue arrasada. En los 90 se atravesó el secuestro como pretexto para no negociar. En el Caguán pudieron más la soberbia de las Farc o el Plan Colombia del Gobierno. En los tiempos de Uribe prevaleció la confrontación. Ahora pudo más el clamor de todos. Por eso, la búsqueda de la paz superó la crisis de once soldados muertos en Suárez (Cauca) o la muerte del delegado de paz de las Farc  Jairo Martínez, cuando realizaba tareas de pedagogía en Colombia.

No ha sido un proceso exento de críticas. El expresidente Álvaro Uribe y sus seguidores, o el exmandatario Andrés Pastrana en solitario, han sido permanentes opositores. Lo mismo que el procurador, Alejandro Ordóñez. Pero, a pesar de los vaivenes políticos, algunas veces con amagos de dar al traste con lo andado, por fin se ha cerrado una negociación que deja una serie de acuerdos básicos y medidas de confianza por implementar. Ahora el proceso de paz se traslada a Colombia, donde se iniciará una etapa crucial del proceso: la refrendación de todo lo pactado.

Una fase que por ahora tendrá dos componente fundamentales: la Décima Conferencia de las Farc, la última como movimiento alzado en armas para que la guerrilla les dé la bendición a los acuerdos y trace sus principios de movimiento político. Y el plebiscito por la paz, a través del cual los colombianos tomarán la decisión de respaldar o negar en las urnas lo que ha sido acordado en La Habana. Si el sí se impone, empezará entonces la tarea del posconflicto y, de paso, el reto para las próximas generaciones de Colombia: convertir lo pactado en la ruta de navegación de una sociedad reconciliada.