Paz 21 Feb 2012 - 9:50 pm

Diez años después de la zona de distensión

La trocha de la guerra y la paz

Los pobladores de La Macarena, zona que fue despejada, aún esperan a que el Estado les garantice sus derechos.

Por: Alfredo Molano Jimeno-Fotos / Enviado especial
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Sobre Caño Yarumales el ‘Mono Jojoy’ mandó a construir un puente que, una vez acabada la zona de despeje, fue bombardeado por la Fuerza Aérea. / David Campuzano

La trocha que conduce del municipio de La Macarena a Vista Hermosa, en el departamento del Meta, es testigo mudo de la guerra y los intentos de paz en distintos episodios de la historia. En esta carretera sin pavimento, que atraviesa el Parque Nacional de La Macarena y por momentos toma la forma de una cicatriz de tierra roja, se advierten los vestigios del antes, durante y después de lo que fue la zona de distensión. A pesar de ser un antiguo camino, fue durante “el despeje” que la carretera se desarrolló. “A los pobladores de esta tierra nos tocó vivir la otra cara de la moneda”, afirma con indignación Felipe, uno de sus habitantes.

“Mientras en los medios de comunicación sólo se hablaba de las atrocidades cometidas por la Farc, nosotros veíamos que ellos hacían lo que el Estado nunca hizo: construir la carretera, por ejemplo”, explica David*, uno de los líderes comunitarios de La Macarena. Hoy, diez años después de que fracasara el proceso de paz en el gobierno de Andrés Pastrana, sobre las ruinas que dejó la retoma, los habitantes siguen soñando con una vía pavimentada. Sin embargo, la ley prohíbe que exista este trazado por tratarse de una zona de protección ambiental.

Son 139 kilómetros entre La Macarena, antes llamada El Refugio, y Vista Hermosa. A lo largo del siglo XVI los jesuitas fundaron allí poderosas haciendas ganaderas y, para llevar sus vacas hasta San Martín y luego a Bogotá, abrieron lo que a partir de ese momento se llamó “La trocha ganadera”. Un camino que iba desde las sabanas de El Refugio hasta San Juan de Arama. La mayoría de los poblados, situados al margen de la carretera, fueron fundados como puntos de descanso de ganado. Pero la colonización sólo se dio hasta el siglo XX.

Finalizada la Guerra de los Mil Días, los ganaderos cayeron en desgracia y en la década de los 20 vendieron sus derechos a la Texas Oil Company. Entonces se inició una incipiente colonización para asegurar la mano de obra. Luego, en las décadas de los 40 y 50, la carretera atrajo una oleada de colonización. Una migración fustigada por la guerra bipartidista que cobraba fuerza. Allí vinieron a dar gentes de Boyacá, Huila, Tolima y Santander.

“Aquí empezaron a llegar personas en 1943. Venían por el lado de San Vicente del Caguán. Era gente de los llanos del Yarí, que para huir de la guerra se metieron por el río Guayabero. En esa época vino un señor Heriberto Palma, quien vino con 26 hombres armados. Esos fueron los primeros colonos que llegaron aquí”, cuenta don Delio, un macareno de 46 años que tiene en su cabeza toda la historia de sus padres.

Entonces apareció una segunda oleada de colonos. La mayoría eran hombres de las guerrillas del Llano. En 1953, con la llegada al poder del general Gustavo Rojas Pinilla, en un golpe de Estado, se dio un proceso de amnistía de dichas guerrillas, dirigidas por Guadalupe Salcedo, Dúmar Aljure y Berardo Giraldo.

“Mi padre formaba parte de los hombres de Aljure y en esos tiempos de la amnistía quedaron sin nada que hacer. Entonces decidió ir a buscar a Tirofijo, que ya sonaba en todo el Llano. Se hablaba del Guayabero y Marquetalia. Hizo cálculos y atravesó la cordillera por la trocha. En esa época duró 36 días en ese cruce y reventó aquí. Luego bajó al Pato y fundó una finca. En esos llanos del Yarí nací hace 46 años”, cuenta don Alfonso*, otro habitante de la región. Esa colonización, conocida como “Columnas en marcha”, llegó al Guayabero siguiendo la trocha ganadera. Desde esa época la guerrilla la trasegó.

La época del despeje

“A nosotros lo que nos duele es que una noche nos acostamos siendo parte de Colombia y al otro día amanecimos en la zona de despeje. Nadie vino a preguntarnos si queríamos eso, y después quedamos estigmatizados de ser familias guerrilleras”, señala con indignación doña Marta, una santandereana que lleva 20 años en la zona.

El 14 de octubre de 1998, siendo presidente Pastrana, se despejaron cuatro municipios del Meta y uno del Caquetá con el fin de que allí se adelantara un proceso de paz con las Farc. Un área de 42 mil kilómetros cuadrados que incluía los municipios de La Uribe, Mesetas, La Macarena, Vista Hermosa y San Vicente del Caguán. Durante cuatro años, hasta el 21 de febrero de 2002, la guerrilla fue dueña y señora de estas tierras. Al final la paz no llegó, pero las Farc no perdieron el tiempo y lo aprovecharon para convertir la zona de despeje en un centro de fortalecimiento militar y financiero. La coca se convirtió en moneda corriente y los mandamientos guerrilleros en ley.

Durante esos años la vieja trocha ganadera se convirtió en una carretera. El Mono Jojoy abanderó el trillo del camino, mandó a ensanchar sus márgenes y construir puentes. “Jojoy metió maquinaria, se trabajaba las 24 horas, se hicieron puentes y se arreglaron los pasos para que se pudiera transitar en invierno. Se dice que la trocha la arregló la guerrilla, pero quienes trabajamos fuimos los pobladores. Es verdad que nos pagaron los sueldos, pero el sudor lo pusimos nosotros”, señala Hernando*.

A la gente, desde el Caguán hasta Vista Hermosa, le tocó someterse a lo que el secretariado mandaba. En ese momento ellos eran autoridad. Por ese tiempo don Delio había salido concejal. Un día los comandantes dijeron que todos los que fueran políticos tenían que renunciar. Entonces Delio pasó su carta de retiro. “Fue un tiempo muy loco. Tocaba andar con la renuncia para la guerrilla y la cédula para el Ejército. La gente quedó entre dos mundos. Dos leyes. El Ejército decía que nosotros éramos guerrilleros, pero nadie sabe lo que nos tocó vivir. Yo fui secuestrado, me amarraron, me taparon los ojos y me llevaron río abajo. Me decían que me iban a matar. La gente se dio cuenta y empezó a buscarme. Entonces el comandante me decía: ¿cómo hace para que lo quieran tanto? Ellos me salvaron la vida”, recuerda.

La Macarena hoy

Una vez se acabó el proceso de paz, el 21 de febrero de 2002, la guerra volvió a sentirse. Al siguiente día empezaron los sobrevuelos, los bombardeos y el desembarco de tropa. Entonces vino una época dura para las comunidades. La Fuerza Pública las consideraba auxiliadoras de la guerrilla, según cuentan.

“Una madrugada, pocos días después de que se levantara la zona de distensión, oí que los perros estaban inquietos. Salí a ver qué era y estaba todo militarizado. Yo fui el primero en ser detenido. Decían que era del anillo de seguridad de Jojoy. Me llevaron a la cárcel de Granada y me interrogaron”, afirma Hugo*. ¿Está dispuesto a colaborar con información?, me preguntaron. —Sí, les respondí. —¿Nos podría dar los nombres de los principales colaboradores de las Farc? —Sí, son Víctor G. Ricardo y Andrés Pastrana Arango. Ellos son los principales colaboradores. Se la pasaban tomando tinto y montando a caballo con ellos—, dije.

“Pasé un mes completo en la cárcel, pero no tenía miedo porque sabía que no debía nada. Me soltaron por falta de pruebas. Tenían videos en reuniones con comandantes. Me preguntaron por qué estaba allí y les dije que si no iba me mataban”, afirma con una sonrisa.

Son muchas las historias que la gente cuenta de la retoma. Ahí vinieron incursiones paramilitares también. “Primero entró el Ejército y al otro día los ‘paracos’, que ya venían con lista en mano. Cuando se acabó la zona de despeje, a los tres días mataron a una mona. Tenía tres hijos. Le tumbaron la puerta delante de los niños. Pidieron prestado un cuchillo de partir pescado y la ‘tasajiaron’. Le quitaron las orejas, la violaron, le chuzaron las uñas con agujas y cuando llegó la Defensoría del Pueblo la encontraron despedazada. Hasta los senos le cortaron. La dejaron tajada, como si fueran a hacer un sudado con ella”, recuerda con gestos de dolor Luz Dary*, una cucuteña que lleva 13 años en la región.

Desde ese momento la carretera se vino al suelo. El puente sobre Yarumales fue bombardeado por la Fuerza Aérea y quedó destruido. Hoy sólo se puede pasar por la trocha en verano. Pero el tema no es de inversión, existe también un decreto-ley que prohíbe la existencia de esta carretera en el Parque Nacional.

Para César Zárate, director del Parque, hay un decreto-ley que declara el área de manejo especial, por lo que allí no se pueden realizar obras. “Por Constitución, esas zonas son imprescriptibles, inembargables e inalienables. No permiten la ocupación. Además, hay unas áreas de recuperación para la preservación. Por esas zonas, que deben entenderse como una extensión del Parque, pasa la carretera. Pero más allá del impacto ambiental, que no es mucho, lo realmente grave es el impacto social, ya que a partir de la carretera empieza la colonización”, argumenta Zárate.

La comunidad insiste en la necesidad de que se les permita hacer la carretera. Incluso, advierten que se declaran en desobediencia civil y asisten a jornadas de trabajo comunitario para arreglarla. El padre Guillermo, párroco de Santo Domingo, dice que el conflicto se agudiza día a día porque “al campesino le queda cada vez más difícil vivir de lo que produce, porque las vías de comunicación son un fracaso. En verano se puede entrar, pero en invierno, que es la época de las cosechas, es imposible sacar el producido. Además, cómo se va a competir con los plátanos de Fuente de Oro o la yuca de Granada. La Macarena está aislada. Por eso es que ha funcionado la coca, aunque ya se ha ido entendiendo la desgracia de eso y la gente no quiere sembrarla más. Por eso se necesita esa carretera”, expresa.

Según Jazmín, otra pobladora de la zona, la carretera es un tema de interés nacional. “Si el Estado pensara en el medio ambiente no hubiera fumigado dentro del Parque. La carretera es una vaina de intereses políticos. Nos sirve a los pobladores para reducir el transporte de La Macarena a Bogotá, que hoy es una vuelta de dos días vía terrestre, porque toca ir hasta San Vicente, o por vía aérea, que es extremadamente caro”, sostiene.

“La carretera está hecha, lo que la gente quiere es sacarla de Caño Cristales, que es sólo una parte del Parque. La pensamos desviar para que no pase por allí. La solución es que nos sentemos con el Gobierno a buscar una solución a nuestra necesidad”, agrega Natalia.

Sin embargo, para Zárate, los campesinos se han dejado azuzar por otros intereses que han desviado la atención del problema. “Si se hace esa vía, inmediatamente se abre la posibilidad de que se haga lo mismo en todos los parques nacionales. Lo que hay detrás es un asunto de áreas protegidas. Si uno mira, el desarrollo de la zona necesitaría un poderoso entramado de vías. Las dimensiones de éstas serían acordes a los impulsos económicos, agroindustriales, mineros y de hidrocarburos”, sostiene con firmeza.

Hoy, diez años después de que se acabara la zona de despeje, las comunidades que habitan desde Vista Hermosa hasta La Macarena están empeñadas en abrir su vía. Le piden al Gobierno que busque alternativas y, entre otras, que les den claridad sobre cuáles son los límites de la reserva. Parques Nacionales también quiere buscar opciones para la gente, pero tiene claro que la zona de conservación es intocable. La presencia de la guerrilla no ha desaparecido de la zona, la gente sabe de sus pasos, advierten los lugares que han sido minados y encuentran propaganda alusiva a las Farc por todas partes.

En las noches se siguen oyendo sobrevuelos y tiroteos, la coca se ha reducido, pero aún queda. El llamado Plan de Consolidación aún no ha llevado la presencia del Estado en su integridad.

* Los nombres han sido cambiados.

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