Un No para hacerse escuchar

El deseo de castigar la “arrogancia” del Gobierno y las Farc, así como el sentimiento de abandono estatal, motivaron a la mayoría a marcar el No en Ciudad Bolívar, localidad con más víctimas del conflicto que, a su vez, es bastión del uribismo.

La abstención en Ciudad Bolívar fue del 60 %. / Archivo

Doce personas, en una panadería del barrio Monterrey, en Ciudad Bolívar, se pelean el turno para dar sus razones. La reunión es para que cuenten por qué en el plebiscito votaron por el No, que ganó en esa localidad con 82.000 votos, 13.000 más que los que obtuvo el Sí. Una voz sube el tono y se sobrepone a otra; a medida de que terminan de hablar se van. Esa es la dinámica de la charla. Se les nota el afán de hacerse oír, y ese fue precisamente su mayor argumento en las urnas: “Votaron No porque sienten que nadie los escucha. Que el Gobierno y las Farc pactaron un acuerdo para el fin del conflicto sin preguntarle al pueblo humilde”, como ellos mismos se definen.

En Ciudad Bolívar, junto a Usme y Bosa, se impuso electoralmente el rechazo a los acuerdos de paz. El caso es particular por lo que representa la localidad: la más pobre, la de los índices de desarrollo social más adversos y la que históricamente ha recibido a las víctimas (hay alrededor de 40.000 registradas). Entonces, en el sustento del No en el plebiscito hay un discurso cargado de concepciones erradas sobre el contenido de las 297 páginas del acuerdo, pero también un sentimiento profundo de abandono estatal y hasta un deseo de castigo a la arrogancia que, creen, demostraron tanto el gobierno del presidente Santos como las Farc durante las negociaciones. “El No ganó porque el pueblo castigó la arrogancia y las imposiciones del Gobierno y la guerrilla”, dice Adolfo Ramírez, uno de los vecinos reunidos.

En el parque frente a la panadería, justo antes de la reunión, Miguel Soto, líder del Centro Democrático en esa localidad, discutía con algunos vecinos sobre un lío que los ocupa por estos días. El Acueducto de Bogotá planea hacer nuevas conexiones a un tubo madre del barrio y temen que el agua, al perder presión, deje de llegar a algunas casas. Del asunto, dice, le molesta que el Acueducto no los haya tenido en cuenta para tomar esa determinación. “No pueden decidir sin socializar -dice al entrar a la panadería-, sin escuchar cómo opina la gente. Eso fue lo mismo que pasó con el plebiscito. Por eso ganó el No”.

En Monterrey aseguran que nadie fue a explicarles el contenido de los acuerdos y que lo que saben lo conocieron a través de la radio, la televisión y la internet. Sin embargo, la desconfianza hacia los medios de comunicación es notable: los asocian con una campaña parcializada por el Sí. “El pueblo dijo No a la manipulación de periodistas y medios. Mientras manipulaban, nosotros analizábamos callados”, dice Soto. Aseguran que no hubo discusiones amplias dentro de la comunidad, sino que se concentraron en hablar del tema con sus familias. Los argumentos de la campaña por el No en Ciudad Bolívar circularon, sobre todo, de voz a voz.

Entre esos argumentos, sin embargo, hay varios errados sobre el texto firmado por Santos y Timochenko: que los guerrilleros no van a ser sometidos a la justicia o que les van a pagar $2 millones mensuales. “Cuántas personas de Ciudad Bolívar luchan todo el mes por un mínimo y por qué a esos terroristas les van a dar plata de nuestros impuestos”, dice uno de los asistentes a la reunión.

Asimismo, es evidente que las concepciones religiosas calaron en esa comunidad a la hora de votar. “No estoy de acuerdo con la ideología de género. Antes de votar fuimos a misa, a conectarnos con Dios”, cuenta Yolanda Vento, líder de Acapulco, barrio vecino de Monterrey.

También caló la fuerza de la imagen del senador Álvaro Uribe, principal promotor del No, en una localidad donde el uribismo, representado por Óscar Iván Zuluaga, ganó las dos vueltas de las pasadas elecciones presidenciales. Al expresidente “lo sentimos más cercano al pueblo que a Santos”. También tuvo influencia un audio de una pastora evangélica, que se divulgó por redes sociales, en el que se hablaba sobre supuestos rituales de santería que el Gobierno habría promovido para impulsar la firma del acuerdo. “Trajeron a los santeros cubanos a Cartagena, a hacer brujería, a atarnos. Si buscan la paz, por qué lo hacen con brujería”, sostuvo María Belén Pirabán. Su comentario fue reiterado entre esa comunidad.

Pese a la oposición a los acuerdos firmados en Cartagena, la comunidad no quiere ver que los guerrilleros vuelvan a sus campamentos. Eso asegura Margarita Carrillo, desplazada de Pauna, Boyacá. “Quiero paz, que no se divida el país, porque yo sufrí la violencia bipartidista y no quiero que se repita el Frente Nacional. Y quiero saber de mi hermano y mi sobrino, desaparecidos por las Farc. He tenido todo eso guardado, pero no podría ver que este país quede como Cuba o Venezuela”.

El No de Ciudad Bolívar se sustentó en la suma del descontento de la comunidad con la clase política, en la circulación de mensajes engañosos y la resistencia frente a la forma como se concibieron los acuerdos: lejos del “pueblo humilde”. Pero allí quieren paz, una en la que la localidad con más víctimas y pobres de Bogotá sea tenida en cuenta.