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Paz 18 Mayo 2013 - 9:00 pm

Segunda conversación

'Uribe nos despejó en el Valle'

De nuevo en el Hotel Sevilla, me encontré –cita previa– con los negociadores de las Farc en La Habana: Pablo Catatumbo, Iván Márquez, Jesús Santrich y Marco León Calarcá.

Por: Alfredo Molano Bravo
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‘Iván Márquez’, ‘Marcos Calarcá’ y Jesús Sántrich’, miembros de la delegación de paz de las Farc, el lunes 29 de abril de 2013, en el Palacio de Convenciones de La Habana. / EFE

En un rincón de la gran sala comenzó la conversación. La delegación del Gobierno había llegado en la tarde y Sergio Jaramillo había dictado una polémica conferencia en la Universidad Externado la noche anterior. Creo que buena parte de los temas que los comandantes desarrollaron tiene que ver con esa conferencia, que, confieso, no había leído, encantado con la arquitectura y la afabilidad de la gente de Santiago de Cuba, en donde fui, casi como un peregrino, a conocer el cuartel Moncada, donde comenzó la historia movimiento del 26 de julio y la revolución cubana.

Alfredo Molano Bravo: Hablemos de la pequeña historia del acercamiento secreto con el gobierno de Santos.

Pablo Catatumbo: Los primeros pasos de la negociación que hoy se desarrolla en La Habana están arropados por un pacto de confidencialidad que no podemos divulgar. Sin embargo, hay unos antecedentes que deben ser conocidos o recordados.

AMB: ¿Como cuáles?

PC: Hay hechos que el país no conoció en su momento y que hoy se deben contar para ir abriéndole campo a la verdad histórica.

Al comienzo de los años 90, en el gobierno de Gaviria, estuvimos muy cerca de un arreglo de verdad, un “acuerdo en lo fundamental”, como dijo Álvaro Gómez. Convocada por medios irregulares una asamblea constituyente, las Farc se mostraron interesadas en participar, entre otras cosas porque Jacobo Arenas había lanzado la iniciativa desde los acuerdos de La Uribe con Belisario. Más aún, para darle espacio a la Unión Patriótica, propusimos la elección popular de alcaldes y gobernadores.

Nosotros estábamos preparados para la constituyente, y el gobierno de Gavira, sin oponerse públicamente a nuestra participación, barajaba sus cartas. Con una de ellas en el bolsillo llegaron altos funcionarios del Gobierno a conversar con Marulanda un mes antes de la elección de constituyentes; buscaban definir el número de constituyentes de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar (CGSB), compuesta por ELN, EPL, FARC y M-19 en la asamblea constituyente. Conversaron con Marulanda y con Alfonso en muy buenos términos hasta que se trató el número de constituyentes de la Coordinadora. Días antes se habían reunido sus jefes Francisco Caraballo, el cura Manuel Pérez, Carlos Pizarro con Marulanda para definir nuestra participación. Las cifras eran muy distintas y la diferencia muy grande. Gaviria ofrecía cinco cupos y la Coordinadora pedía 20. Una vez puestos los números sobre la mesa, los delegados dijeron: “Los toman o los dejan”. 

Marulanda no contestó ni sí ni no, dijo solamente: “Necesitamos un tiempo para consultar con todos los miembros de la CGSB”. No hay tiempo, respondieron en forma perentoria los funcionarios, el helicóptero no puede volar después de las 5 de la tarde. Ustedes deben tomar la decisión ya. Marulanda no podía tomarla y les dijo: “Quédense esta noche aquí y mañana encontramos una solución”. Respondieron: No, no tenemos tiempo. Marulanda les ripostó: si no tienen una noche para conversar, ¿qué tiempo le van a dedicar a la paz? Así que el helicóptero salió aquella tarde sin una respuesta. Un mes después, el día de la elección de constituyentes, el Ejército bombardeó los campamentos del río Duda. Fue la llamada Toma de Casa Verde, que ni fue en Casa Verde ni fue toma; el coronel Alfonso Velázquez reconoció después en un escrito que el alto mando militar admitió que el operativo había sido un gran error militar. La realidad es simple y llana: No nos liquidaron, allá seguimos. Lo digo ahora: Los ultimátum no sirven con las Farc.

Fue el momento en que más cerca hemos estado de un acuerdo de  paz. Es obvio que si nosotros participamos en una constituyente y compartimos su redacción, de hecho, nos acogemos a ella sin reservas y queda sin fundamento el alzamiento armado. La insurgencia no puede seguir alzada en armas contra una Constitución que ha suscrito. 

El error de Gaviria y del M-19 fue pretender que se podía hacer una paz parcial, una paz oportunista sin que estuviéramos todos. La arrogancia de dirigentes alejados del pueblo y desconocedores de la realidad histórica, como César Gaviria, impidió un acuerdo que era muy posible y que habría sido muy sólido.

Jesús Santrich: Se bombardeó una posibilidad de paz. En lugar de cerrar el terrible capítulo de la guerra, Gaviria y su comisionado, Rafael Pardo, prefirieron negociar con Carlos Pizarro –un hombre a quien respetamos porque dio su vida por los ideales–, pero al que, cabe recordarlo, le facilitamos los medios económicos  de los que carecía el M-19 para que pudieran poner en libertad a Álvaro Gómez cuando lo retuvieron. La historia de esa verdad no está escrita. Como dice Pablo: Con nosotros no valen ultimátum. Esas bravuconadas definitivamente no sirven, y se lo decimos sin arrogancias. En cambio se perdió la oportunidad de ahorrarle al país miles de muertos, de dolor y de sufrimiento.

AMB: ¿Por qué las FARC no negociaron con Samper? 

Iván Márquez: El gobierno de Samper no tenía legitimidad suficiente para adelantar una negociación de paz. Los militares lo tenían bloqueado. Bedoya blandía el sable cada vez que el presidente hablaba de paz. Cuando se comenzó a hablar de un despeje de la Uribe, una zona despejada de hecho porque el Gobierno no sabía ni dónde quedaba ese municipio, Bedoya se insubordinó y le pidió a Samper dar la orden por escrito con el objeto de legitimar un golpe militar. Samper no tenía con qué hacer frente al poder de los militares. Carlos Holmes, ahora precandidato de Uribe, era un simple lagarto. Le propuso al Secretariado, en su desesperación y su impotencia, unir los ríos del suroriente para desarrollar el país. Una goyenechada pura y simple. Samper  propuso negociar en medio del conflicto, lo que para nosotros ha sido siempre un error que mucho cuesta. Algún día se conocerá la correspondencia lambona que sostuvo en esa época Carlos Holmes Trujillo con Jacobo y Alfonso.

AMB: ¿Pero acaso la tregua bilateral no les da una ventaja militar a ustedes?

JS: No nos da ventajas, nosotros dimos una tregua unilateral y el Gobierno no la interpretó como un gesto de buena voluntad sino como un síntoma de debilidad. Quisimos mostrar que suspendiendo las acciones militares ofensivas no se fortalecía el Ejército. No lo entendieron. Quizás el país y la comunidad internacional sí lo comprendieron.

AMB: ¿Y cómo fue el rollo con Pastrana? 

Marco León Calarcá: Pastrana confiesa en su mamotreto de 800 páginas que el Caguán fue una estrategia para poder armar al Ejército, que jamás tuvo una real voluntad de paz. Lo reconoció Víctor G. Ricardo: las FF.AA. no tenían ni pertrechos, ni botas, ni gasolina para los aviones. Si las Farc hubieran advertido este hecho, no se habrían sentado a conversar con el Gobierno. Además, Pastrana se había comprometido, como recordó hace poco Felipe López en el reportaje, excelente por lo demás, que le hace Juan Carlos Iragorri, a combatir al paramilitarismo, lo que nunca hizo. Ese fue el fracaso del Caguán.

Hoy debería leer el libro el presidente Santos, quien debido a sus múltiples ocupaciones, seguramente no ha tenido oportunidad de mirarlo. Marulanda, que era un experto en emboscadas, sabía lo que el gobierno de Pastrana buscaba y por eso dejó la silla vacía. Pero era un guerrero noble y le hizo saber a Pastrana que no asistiría a la apertura formal de las negociaciones en San Vicente. Pastrana se presentó para hacer quedar mal a Marulanda. Si bien la silla quedó vacía, no cayó en el vacío su discurso, un discurso que se debe volver a leer con cuidado. No se trataba de que se le pagaran unas gallinas y unas mulas. Cuando Eastman, el pequeño, le preguntó: “Comandante, ¿usted no quisiera volver a Marquetalia y tener una finca cafetera grande con ganado y mulas?” Marulanda le dijo, sin ofenderse: “Sí, quiero, mijo, una finca grande llamada Colombia, no con mulas sino con tractomulas para mover todo lo que se produce”.

AMB: Y con Uribe ¿hubo acercamientos?

PC: Y muy serios, a pesar de su gritadera bélica. Uribe no es un guerrero, es un bravucón. Antes de terminar el segundo gobierno, cuando su candidatura estaba haciendo aguas, un empresario al que las dos partes teníamos confianza –un verdadero facilitador– hizo un puente con Luis Carlos Restrepo y por ahí con Uribe. La embajada americana y la Iglesia estuvieron informadas del paso, según nos enteramos por wikileaks. Pasaron unos días hasta cuando recibimos una carta muy amable y bien escrita firmada por Frank Pearl, en ese momento consejero de Uribe, que planteaba un diálogo secreto en Brasil con Alfonso Cano o conmigo.

Nosotros analizamos con seriedad la iniciativa y concluimos que estando por finalizar el gobierno, no tenía sentido abrir un proceso sin saber quién podría ser el nuevo mandatario. Así que se contestó con un “No, gracias; por ahora no”.

De todas maneras quedó en el ambiente el ánimo de la iniciativa para encontrarnos en la zona donde yo operaba –Barragán, Santa Lucía, La Mesa–. El Ejército despejó en efecto el área, a pesar de lo que el ministro de defensa declaraba en público. Nos mandaron decir que esa era una prueba de la voluntad de conversar, pero el Gobierno estaba ya de salida y nosotros leímos lo que era cierto: Uribe necesitaba nuestro apoyo.

AMB: ¿O sea que durante el gobierno de Uribe si hubo un despeje?

PC: Sí señor, así fue. Se puede verificar por las fechas. 

IM: Más aún, hubo otro antecedente por allá a mitad del gobierno de Uribe. El presidente nos hizo saber que estaría dispuesto a despejar los municipios de Florida y Pradera si Marulanda estaba dispuesto a conversar, pero que el único problema era que ese despeje incluía los ingenios azucareros de Ardila Lulle. Álvaro Leiva les hizo caer en la cuenta del error. Se trataba de un encuentro con el Bloque Occidental de las Farc y ya estábamos listos a viajar al sitio con Caliche, Pacho Chino, Leonel Páez, Reinel, mejor dicho, el alto mando.

AMB: ¿Y por qué razón no se llevó a cabo el encuentro?

JS: Porque cuando las cosas estaban listas, estalló una bomba en la plaza de la Universidad Militar. Puro ruido. No hubo heridos ni muertos, pero el Gobierno concluyó que nosotros la habíamos puesto y se canceló el encuentro. Como no fuimos nosotros, sabíamos qué buscaba el que la puso. Los medios le dieron un gran despliegue al hecho y algunos –los de siempre– dijeron que el acto mostraba la hipocresía de las Farc, su doble juego. Después enredaron todo con una mujer que sacaron de la manga y que dizque nos hacía inteligencia. Una falsa Mata Hari criolla. 

AMB: Ahora hablemos de las relaciones con Santos

IM: Después del desencuentro con Uribe vino el “ruido de llaves” que hizo Santos en el discurso de posesión. Lo interpretamos como un buen mensaje y no nos equivocamos, porque un día nos llegó un texto autorizado por él, pero sin su firma, diciendo que el Gobierno podría estar interesado en explorar una solución política al conflicto armado. Ya el Gobierno hablaba de conflicto armado y no de amenaza terrorista, lo que era un paso significativo.

Alfonso Cano respondió, en medio de un intenso acoso militar, con una conferencia grabada que dio a lo que él llamaba la “guerrillerada” y que difundimos ampliamente. Alfonso decía más o menos: “Sí, exploremos”. Después envió otro mensaje más claro: “Conversemos”. 

Hay que decir –añade Iván Márquez– que el papel del presidente Chávez en las aproximaciones fue definitivo. Después de ocho años de guerra sin cuartel, de guerra a muerte, nosotros desconfiábamos de todo. Chávez aclimató con paciencia y sabiduría la necesaria confianza en una salida negociada. Todos los primeros pasos se dieron en  Colombia con su ayuda.

AMB: ¿Hubo alguna condición previa?

PC: Por parte nuestra, la única condición fue que la clase dirigente, representada en los dos partidos tradicionales, estuviera  dispuesta a reconocer su responsabilidad histórica en la violencia desde sus orígenes hasta el presente; ese solo hecho abriría una perspectiva, una avenida de paz, porque se restablecería la verdad histórica. Santos, hay que subrayarlo, estuvo de acuerdo. Las únicas condiciones que pusimos nosotros fueron las de tener esa disposición de ánimo para conversar y que las Farc nunca aceptarían un acuerdo que no incluyera la reforma agraria y la justicia social.

AMB: ¿Y de las armas, qué?

JS: Nosotros tenemos una disposición sincera y serena para participar en los cambios que el país requiere si hay democracia. Nunca hemos dicho que sólo con las armas se llega al poder. Marulanda dijo: “Si los cambios se hacen por la vía democrática, las armas serán innecesarias”. Nosotros no estamos apegados a ellas. Pero no aceptamos la pax romana que quieren imponernos. A la hora de la verdad, si hay buena voluntad de las partes, las armas son un asunto secundario. El IRA no ha entregado una sola pistola y hoy hay gobierno y democracia en Irlanda del norte. El pacto, convertido en texto constitucional, las haría inútiles. Inclusive podríamos dar cumplimiento a un precepto constitucional lógico: En Colombia hay un solo Ejército. Pero hay muchos casos que están vivos, como la muerte de Guadalupe Salcedo. Desmitifiquemos la entrega de armas. Las armas no se disparan solas, se tornan inútiles. Si los compromisos se cumplen, son innecesarias; si hay una voluntad de paz verdadera, todo se arregla. ¿Acaso no es bueno para ellos reducir el PIB “de armas” de casi el 6 % al, digamos, 4 %? ¿Cuántos kilómetros de carretera se podrían hacer con ese 2%? ¿Cuántos subsidios de vivienda se podría dar? ¿Cuánta salud no se podría dar? No se le puede sacar el cuerpo al problema de la salud. Es, hoy por hoy, el asunto que más le preocupa al pueblo. El Gobierno le pone pañitos de agua tibia a un enfermo moribundo como es la Ley 100.

AMB: Ustedes han adelantado, según parece, un buen trecho en el tema agrario con las zonas de reserva campesina. ¿En qué van?

IM: Hablemos claramente. Nosotros no estamos pidiendo que sean soberanas sino que sean autónomas, como lo son los municipios que tienen un consejo, una administración elegida, que hacen sus planes de desarrollo y cuidan su medio ambiente; que pueden planificar el uso de regalías y manejar las transferencias, que pueden llegar a votar una decisión que consideren pone en peligro su estabilidad ambiental. Ese cuento de las “republiquetas independientes” es una falacia inventada por los militares para desconocer un programa originado en el campesinado y reglamentado por una ley de la república. Quisiéramos decir que sobre el primer punto de la agenda llevamos redactadas en limpio como acuerdo diez cuartillas. Avanzamos. Venimos a meter el acelerador a fondo. Ya entramos hoy miércoles 15 de mayo en el tema de la laborización del trabajo rural para que los campesinos tengan derecho a vacaciones, prima, cesantía, salud, pensión. 

MLC: Es paradójico, lo que el campesinado y las Farc están pidiendo en materia agraria es que se cumplan dos leyes fundamentales, la Ley 200 del 36, que da derecho de propiedad a los poseedores de mejoras –que es lo que se pide cuando se habla de los nueve millones de hectáreas–, y la Ley 160 de 1994, que crea las zonas de reserva campesina. O sea, que se atiendan las solicitudes hechas por los campesinos de reconocer sus mejoras y convertirlas en zonas de reserva campesina. Es simple: que se cumplan las leyes que ellos mismos han redactado en la Constitución. 

JS: Si el Gobierno no cumple sus propias leyes, ¿cómo podremos confiar en que cumpla los acuerdos que se firmarían?

AMB: Ustedes piden cambios sociales, pero ¿dónde está la línea entre lo posible y lo que no se puede pedir sin caer en lo irrealizable? 

MLC: Nosotros estamos dispuestos a un acuerdo de paz con justicia social. No estamos pidiendo la “revolución por contrato”, sino una reestructuración política sólida que nos permita participar en la construcción de una verdadera democracia; podríamos pactar una larga tregua, una tregua de varios años para compartir la responsabilidad de sacar el país de la pobreza y de la injusticia. 

AMB: El Gobierno ha dicho que ni la política económica ni la doctrina militar son negociables, y ustedes firmaron el acuerdo que excluye esos temas.

IM: El gobierno de Santos nos cierra esta puerta al impedirnos negociar la política económica. ¿Cómo vamos a hablar de justicia social con los TLC que están arruinando a los cafeteros, a los arroceros, a los agricultores de papa y de maíz, a los productores de lácteos, que, como hemos visto, están hoy protestando y organizándose? ¿Cómo vamos a pasar por alto la política económica que permite el robo del oro y del carbón que están haciendo las grandes mineras? ¿Cómo vamos a hablar de justicia social viendo cómo arrasan con la altillanura, acaban con su gente y con sus recursos hídricos? Es necesario recordar que el Acuerdo firmado con Santos dice muy claramente que “el desarrollo económico con justicia social y en armonía con el medio ambiente es garantía de paz y progreso”. ¿Cómo entonces hablar de construcción de la paz sin hablar del desarrollo económico con justicia social? El Gobierno alega que el preámbulo del acuerdo firmado no hace parte del acuerdo. ¡Es como decir que el preámbulo de una constitución, su marco general, su espíritu, no son vinculantes! ¡Absurdo! ¡Un preámbulo no es una nota decorativa!

JS: La discusión del modelo de desarrollo se está dando en la calle, el cuestionamiento a los TLC es tema de discusión en toda reunión.  Los editoriales de prensa lo traen a cuento. ¿Acaso la crisis de Grecia, de Italia, de España no están impugnando el llamado Consenso de Washington? Pero aquí está prohibido discutir un modelo que ha demostrado ser el motor de la injusticia social y de la exclusión económica. 

PC: Más aún, si vamos a hablar de paz y vamos a hablar de armas, ¿cómo podemos pasar de agache ante una doctrina militar que ha tolerado al paramilitarismo? Ahora nos quieren vender el cuento de que los militares –algunos, muchos, no importa– nada han tenido que ver con la formación de un ejército que llegó a tener –y tiene– varios miles de hombres armados. ¿Cómo podemos aceptar que semejante fuerza que cometió los crímenes más atroces que el país haya conocido se formó, creció y se fortaleció a espaldas de los generales, sin que en más de 20 años se hubiera producido un solo combate con la Policía y el Ejército? ¿Qué clase de generales tenemos entonces? La doctrina militar vigente debe ser discutida por el país porque sus efectos están a la vista de todo el mundo. Baste con leer los periódicos, baste con contar los muertos y las desapariciones registrados por las ong. ¿Cómo sabe el Ejército cuantos hombres y mujeres en armas tenemos, sus edades, su lugar de nacimiento, y no dice cuántos hombres, mujeres y niños han muerto en el país durante los 60 años de confrontación armada? La sola cifra es un argumento para que se discuta una doctrina militar que ha favorecido tal cantidad de muertos y desaparecidos, de falsos positivos, de masacres, de torturas. Saquemos los trapos al sol, todos los trapos, y que esto sea, en vez de un tendedero de muertos, un tendedero de confesiones francas y valientes. No le temamos a la verdad de la guerra, una guerra en que están comprometidas dos partes y no una sola.

AM: ¿Cómo destrabar el embrollo en que estamos metidos? 

PC: El país está maduro para escuchar con serenidad una declaración de responsabilidad histórica en el desastre que hemos vivido durante 60 años. Esa sola señal sincera por parte del Gobierno permitirá avanzar en transformar el acuerdo firmado en un tratado de paz. Que se reconozcan las víctimas del conflicto, las víctimas de las dos partes. Que se pongan sobre la mesa todos los componentes del rompecabezas, que se traigan a la mesa todas las víctimas y todos los victimarios, siempre y cuando se reconozca que nosotros nos armamos en legítima defensa y que en legítima defensa hemos sostenido una larga guerra sin ser derrotados. 

Quiero decir una cosa en voz alta: Este Secretariado está dispuesto a buscarle de una vez por todas la comba al palo. Propendemos por una participación activa de todo el pueblo, y la fórmula histórica es una asamblea constituyente.

AMB: ¿Están ustedes tan seguros de tener en ella mayoría, o mejor, de no ser una minoría que pueda ser aplastada? 

PC: Creemos que el pueblo nos oye. Pero si el pueblo decide por mayoría hacernos a un lado, aceptamos su veredicto. Son las reglas del juego. Nosotros le apostamos a una asamblea constituyente con carácter legislativo para que no vuelva a pasar lo que pasó con la del 91, en la que, por ejemplo, el principio de ordenamiento territorial no ha podido salir del limbo. Ahora, con la propuesta de Zonas de Reserva Campesina, puede tomar vida.

Por último, lo digo para que se oiga: A Santos le falta gobernabilidad. No se puede negar. Necesita una mayoría fuerte para poder firmar la paz y nosotros estamos dispuestos a ayudar a construirla siempre y cuando tenga ese único objetivo: la paz, la reconciliación política definitiva entre colombianos.

 

 

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