Así fue el último día de Francisco en Colombia, el papa de la reconciliación

Desde el puerto de Cartagena, el máximo jerarca del catolicismo les insistió a los colombianos en dar el primer paso hacia el reencuentro. Sobre las siete de la noche tomó un vuelo a Roma.

Francisco recorrió San Francisco en el papamóvil, uno de los barrios más pobres de Cartagena. AFP

Los 30 grados centígrados de Cartagena, que acompañaron una ajetreada agenda, no le quitaron la sonrisa de la cara al papa Francisco. Ni siquiera el golpe que se dio en su rostro con el vidrio del papamóvil le cambió el semblante. De la fortaleza física de Francisco, próximo a cumplir los 81 años, parece no haber dudas, y se vio reflejada en cada una de las palabras pronunciadas ayer en la última estación de su intensa visita de cinco días a Colombia.  (Visite el especial del papa Francisco en Colombia)

La esclavitud, la pobreza, la reconciliación y Venezuela estuvieron presentes en los discursos públicos que Francisco dio a los miles de feligreses que hicieron largas filas desde muy temprano para entrar a los eventos y ver al jefe de su iglesia. Ayer, en el último día de su agenda en Colombia, el papa arribó desde Bogotá al aeropuerto Rafael Núñez de Cartagena. Se desplazó desde la terminal aérea hasta el barrio San Francisco, no sin antes subirse al papamóvil que lo esperaba en el puente que cruza el caño Juan Angola y conecta el residencial barrio de Crespo con una de las zonas más pobres de Cartagena.

Francisco llegó a San Francisco, donde fue recibido con cantos y bailes de champeta, en medio de un mar de gente emocionada que batía sus pañuelos blancos para adornar su paso. Fue justamente en el momento en que se desplazaba por las calles de ese barrio que un frenazo inesperado hizo que su cara diera contra el vidrio del papamóvil y el golpe le ocasionara heridas en el pómulo y la ceja izquierdos. Como si no hubiese pasado nada, Francisco se sobó el rostro para ignorar el dolor y continuó levantando la mano hacia la multitud. “Me metieron una piñada” (un puño), fue la expresión argentina con la que les contestó, bromeando, a los periodistas que le preguntaron por el moretón en su cara. (Lea también: El papa Francisco y Cartagena, la ciudad desigual)

“Todavía hoy, en Colombia y en el mundo, millones de personas son vendidas como esclavos, o bien mendigan un poco de humanidad, un momento de ternura, se hacen a la mar o emprenden el camino porque lo han perdido todo, empezando por su dignidad y por sus propios derechos”, fueron algunas de las palabras de Francisco al terminar el Ángelus que rezó en la plaza San Pedro Claver de Cartagena. Hizo un homenaje a Pedro Claver, el esclavo de los esclavos, que se echó al hombro la lucha a favor de los negros provenientes del África en los tiempos de la Colonia.

Fue en ese mismo escenario donde aprovechó para enviar un mensaje que la comunidad venezolana que ha seguido sus pasos en Colombia le pedía a gritos mientras agitaba con fuerza la bandera en cada uno de sus actos públicos: “Desde esta ciudad, sede de los derechos humanos, hago un llamamiento para que se rechace todo tipo de violencia en la vida política (de Venezuela) y se encuentre una solución a la grave crisis que se está viviendo y afecta a todos, especialmente a los más pobres y desfavorecidos de la sociedad”. Francisco volvió a ser franco en su decir.

Cuando faltaban pocos minutos para que el reloj diera las cuatro de la tarde, Francisco estaba a bordo de un helicóptero sobre la bahía de Cartagena. Desde el aire lanzó bendiciones a la Virgen de la Bahía, figura que funge como guardiana y a la que los conductores y navegantes entregan sus viajes por las aguas del mar Caribe. En la otra orilla, en el muelle de Contecar, lo esperaban miles de fieles que habían ingresado desde las 9 de la mañana. Durante la homilía agregó cemento a las columnas de su discurso en Colombia, tan trascendental para el momento histórico que atraviesa el país.

“En estos días escuché muchos testimonios de quienes han salido al encuentro de personas que les habían dañado. Heridas terribles que pude contemplar en sus propios cuerpos; pérdidas irreparables que todavía se siguen llorando. Sin embargo, han salido, han dado el primer paso en un camino distinto a los ya recorridos”, dijo Francisco, y la gente escuchó atenta. Para el jefe del estado Vaticano, en Colombia no ha bastado el diálogo entre dos actores para lograr la paz, sino la integración de muchos más sectores, de la diversidad.

Las palabras que lanzaba parecían enseñanzas y eran, sin ninguna duda, el reflejo de la realidad de un país que se dividió en dos bandos, a pesar de haber logrado la superación de un pedazo del conflicto armado: “Hemos aprendido que estos caminos de pacificación, de primacía de la razón sobre la venganza, de delicada armonía entre la política y el derecho, no pueden obviar los procesos de la gente. No se alcanza con el diseño de marcos normativos y arreglos institucionales entre grupos políticos o económicos de buena voluntad”.

Volvió a citar a Gabriel García Márquez, el gran colombiano, y sus palabras en el mensaje sobre la paz de 1998: “Este desastre cultural no se remedia ni con plomo ni con plata, sino con una educación para la paz, construida con amor sobre los escombros de un país enardecido donde nos levantamos temprano para seguirnos matándonos los unos a los otros”. Francisco dejó el puerto en otro helicóptero que lo llevó hasta el aeropuerto de Cartagena, en donde lo esperaba el presidente Juan Manuel Santos para darle la despedida.

Las acciones y sus discursos dejaron ver a un papa que estudió a Colombia y que es consciente de cuán significativo era su paso por un país que apenas inicia uno de los períodos más importantes de los años recientes. Así, con seguridad, quedará consignado en los libros de historia. Les habló a los jóvenes y a los políticos, a paisas, costeños y cachacos, a los obispos y a la Iglesia. Los días parecieron ser más tranquilos en una nación que no ocultó que mantiene vigente la espiritualidad y, por momentos, frente a las multitudes congregadas y entregadas a la fe, Francisco parecía ser capaz de todo. Capaz de cambiar corazones tacaños y cizañeros.

Hasta el final invitó a la reconciliación y a dar ese primer paso que fue el lema de su visita: “Si Colombia quiere una paz estable y duradera, tiene que dar urgentemente un paso en esta dirección, que es aquella del bien común, de la equidad, de la justicia, del respeto de la naturaleza humana y de sus exigencias”. Sobre las siete de la noche dio el último paso en el país y se subió a un avión que lo llevó de vuelta a Roma.

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