Carlos Gaviria: el maestro de una generación

Hoy estaría cumpliendo 78 años el recientemente fallecido líder.

Con frecuencia, Carlos Gaviria llamaba a sus colaboradores de urgencia a su despacho: “Es hora de leer poesía”, les decía. Y leían, “hasta que sintiéramos que cualquier lucha era posible. /Archivo El Espectador

Sobre Carlos Gaviria se han escrito ya sentidos homenajes y bastante se ha dicho sobre este hombre afable, maestro de muchos. Yo quiero sumarme a su despedida contando un poco de lo que viví durante años de trabajar como auxiliar de su despacho en la Corte Constitucional, monitora en la Universidad de los Andes y jefe (aunque el título me quede grande) de su primera campaña al Senado.

Cuando lo conocí él ya representaba un símbolo de cambio constitucional. Para mí, como para toda una generación de nacientes constitucionalistas, era todo un acontecimiento que un filósofo, profesor universitario y sin ningún vínculo político, hubiera sido elegido magistrado. Mirando atrás, no me cabe duda de que su elección fue posible porque muchos de los que lo apoyaron no anticiparon que este hombre escribiría buena parte de las decisiones más progresistas de la Corte Constitucional. En el momento en que Gaviria era magistrado estaba todo por construir. Y para él, construir significaba mandar mensajes simples, pero radicales, frente a lo que esta sociedad estaba acostumbrada: el respeto de la libertad individual, la necesidad de garantizar condiciones de igualdad para grupos marginados y discriminados y la importancia de defender la democracia como condición de libertad.

El fallo de la despenalización de la dosis personal de droga es —para críticos y defensores— su decisión más célebre. Y sin duda recoge el centro de su compromiso constitucional: una defensa a ultranza de la autonomía individual, de permitir a la persona definir su proyecto de vida y, como dijo en una sentencia, de que cada persona decida qué es bueno o malo para ella. Gaviria creía firmemente que si una conducta no afecta directamente a otros, sólo por ella debe ser decidida, y que si un comportamiento se estima socialmente indeseable, principalmente a través del diálogo y de la educación, y no de la fuerza, se generan las transformaciones. Por eso no debe sorprender que cuando le pregunté cuál había sido su más dura derrota en la Corte, me contestara que aquella sobre su propuesta de declarar inconstitucional la norma que permite el castigo corporal moderado de los niños. En lo que terminó siendo uno de sus más bellos salvamentos de voto, sintetiza su postura frente al castigo y la educación:

“Por la fuerza se arrastra, pero no se conduce. Suprimir, por el uso de la fuerza, la capacidad evaluativa del niño es ignorar las condiciones que lo hacen digno. Quien conduce enseña el camino que juzga mejor, pero el que arrastra elimina brutalmente toda posibilidad de optar. Cosifica al sujeto, al despojarlo de la libertad que lo signa.

La tarea del educador consiste, ante todo, en crear las condiciones propicias para que la conciencia moral empiece a plasmarse y el sujeto ético a construirse, y nada de ello es posible en un ambiente presidido por el miedo (…)”.

Fueron muchas las batallas, muchas las derrotas, pero en todas demostró su coherencia y un compromiso único con la libertad y con la igualdad de grupos tradicionalmente marginados y discriminados. Él apoyaba la lucha de las mujeres por la igualdad, lo cual se reflejó en diversas decisiones, como la que aprobó la llamada Ley de cuotas y la que acepta una edad pensional menor para las mujeres, sobre consideraciones de igualdad material. Rechazaba la estigmatización de orientaciones sexuales diversas, pues no toleraba que un país que se dice respetuoso de la igualdad y la dignidad humanas obligara a las personas, so pena de sanción, a vivir en la clandestinidad.

Sus sentencias sobre diversidad étnica y cultural son reconocidas en el mundo como decisiones paradigmáticas en las que se avanza una regla simple pero poderosa para garantizar la supervivencia de minorías étnicas y culturales: las comunidades indígenas dentro de su territorio gozan de un máximo de autonomía para decidir sus asuntos y juzgar a sus miembros conforme a sus reglas y procedimientos. 

La defensa del proyecto democrático también era una de sus banderas, pero un proyecto que se construye y no se impone por la fuerza. Reflejo de ello son sus elocuentes pronunciamientos contra las sanciones a la cobardía, y el fallo que insiste en que los estímulos al voto son preferibles al voto obligatorio.

El aprendizaje, el maestro

Trabajar con Gaviria era embarcarse en un proyecto diario de cambio constitucional. Y para este cambio se requería valentía. Fueron muchos los triunfos, pero también los momentos difíciles. La pelea que se gestó al interior de la Corte por la sentencia de la eutanasia, que terminó distanciando a Gaviria de personas a las que quería y admiraba, le dolió, lo mismo que los embates contra la tutela y la lectura acomodada de algunos periodistas sobre la sentencia que defendió la inviolabilidad parlamentaria. Pero, como siempre, respondió con elocuencia. Para defender la tutela, publicó un bellísimo escrito: La tutela como un instrumento de paz, que, a mi juicio, debe ser lectura obligada para todo estudiante de derecho. En él pone de presente cómo, en un país violento como Colombia, la tutela sirve para que la gente evite la justicia por propia mano y recurra a la a vía racional y civilizada de resolución de conflictos: el derecho.

Obviamente, cuando Gaviria llegó a la Corte ya había superado muchos retos, así que ninguno de los anteriores lo aminoraba. En varias ocasiones me habló con tristeza de la muerte de su padre, de su exilio en Argentina y del dolor que le causó el asesinato de su gran amigo Héctor Abad Gómez. Estos hechos lo habían fortalecido. Para quienes trabajábamos a su lado incluso los momentos álgidos se convertían en instancias de aprendizaje. Con frecuencia, nos llamaba con urgencia a su despacho y con la candidez de siempre nos decía: “Es hora de leer poesía”. Sacaba su libro y nos envolvía con su lectura hasta que todos sintiéramos que cualquier lucha era posible.

Muchos de sus amigos han recordado su pasión por Borges, Kant, Berlin, Wittgenstein y Kelsen. Para mí fue memorable un seminario sobre Kelsen del que tuve el placer de ser su monitora. En la primera sesión transportaba a los estudiantes a la Viena del momento. Comenzaba por Wittgenstein, pero no en su fase de filósofo sino en la de arquitecto de la casa de su hermana. A partir de ahí, hablaba sobre la Viena de la posguerra y su lugar en la historia. Mirábamos reproducciones de los cuadros de Klimt, hablábamos de Freud, oíamos música clásica, y una vez nos situábamos en el lugar y en la época, nos comenzaba a leer un extracto de un libro de Kelsen, no sin antes lamentar las malas interpretaciones que se habían hecho del jurista austríaco.

Una tarde en la Corte, nos dedicamos a la lectura de Simone Weil. A pesar de que Gaviria era agnóstico y Weil mística, él la admiraba por su capacidad de compasión y defensa de los trabajadores. Un libro sobre ficciones, La Filosofía del como si, del filósofo kantiano Hans Vaihnger, era uno de sus tesoros más preciados. Se ufanaba de tener una copia, pues no había sido reeditado y el autor había quedado en el recuerdo de unos pocos filósofos que, como él, apreciaron su valor. Cuando me dejó ojearlo, abrazó su libro y con reticencia me rogó que lo mirara con especial cuidado. Quien conozca las sentencias de Gaviria entenderá la influencia de este libro en sus decisiones. La que él llamaba “ética del como si” aparece hermosamente plasmada en una de sus pocas publicaciones y en diferentes sentencias, como aquella que habla del deber general de obediencia del derecho. La que a mí más me gusta es una sentencia de tutela en la que la Corte, con ponencia de Gaviria, ‘regaña’ a un padre que no quiere dar alimentos a su hijo. Palabras más, palabras menos, allí se expresa: La Corte no puede obligarlo a querer a su hijo, pero sí puede obligarlo a que actúe como si lo quisiera.

Para quienes trabajábamos con Carlos Gaviria, él fue no sólo un maestro, sino también un verdadero amigo; capaz de tener empatía con sus colaboradores en momentos difíciles y de hacernos reír a punta de cultura y elocuencia. Cuando murió mi padre, por ejemplo, me regaló Tratado de Culinaria para Mujeres Tristes, de Héctor Abad Faciolince, y en un momento de crisis existencial me leyó, entre carcajadas, el cuento de Manuel Vincent “No pongas tus sucias manos sobre Mozart”, la historia de un hombre de izquierda, respetuoso de la libertad, que después de resistir durante años la tentación del autoritarismo paterno, explota ante la ‘insolencia’ de su hija rockera cuando se atreve a tocar su preciado disco “Sinfonía número 40” de Mozart. Yo creo que Gaviria tenía mucho del hombre de ese cuento, pues si bien jamás recurriría a la violencia, y mucho menos les pondría una mano encima a sus hijas, que adoraba, su elegancia y su amor por la cultura le hacían morderse los labios cada vez que la sentía atropellada.

Gaviria gozaba plenamente de la compañía de su esposa, María Cristina; de su hijo, Juan Carlos; de sus hijas Ana Cristina, Natalia y Ximena, y de sus amigos. Sin embargo, también era un hombre a quien le gustaba la soledad. Cuando renuncié a la Corte para estudiar en Estados Unidos, me escribió una bella carta en la que expresó:

“Cómo es de necesario el ejercicio de mirar para adentro y rendirse cuentas uno mismo. A veces la compañía diluye el compromiso más urgente, que es con uno mismo, y termina uno viviendo superficialmente y tomándole el pelo a la responsabilidad vital. Yo aprecio y gozo mucho la soledad como opción porque me permite saber hasta dónde soy capaz de ser auténtico, que es la única forma digna de existir”.

La causa perdida de la política

Para mí fue una sorpresa su decisión de lanzarse a la política. Para ese entonces le estaba gestionando una invitación a la Universidad de Harvard, pues quería dedicarse a terminar un libro sobre Platón que tenía por varios años entre el tintero. Cuando le escribí con cierto reparo, me respondió:

“Esto lo hago como un compromiso ético. Me parece que respaldar una propuesta democrática y de izquierda constituye un doble mensaje: para el establecimiento, que se niega a renunciar a sus privilegios, y para la guerrilla, que insiste en que las transformaciones esenciales sólo se pueden hacer por las vías más irracionales. Además, recuerda que soy borgiano y según Borges, un caballero sólo se apunta a las causas perdidas”.

Mi cariño y mi admiración por Carlos Gaviria le ganaron a mi sorpresa inicial por su incursión en política y, por ello, a mi regreso al país, decidí acompañarlo en su primera empresa electoral. Llegué tres meses antes de las elecciones del 2002. Él no parecía interesado en empezar su campaña y varias de las personas que lo querían no tenían idea de su aspiración al Senado. Algunos miembros de su partido, el entonces llamado Frente Social y Político, organizaban eventos para presentar su candidatura, pero él los cancelaba porque tenía clase en la universidad. Lo cierto es que en ese entonces Gaviria no tenía mayores afanes de ser elegido congresista. Mucho menos iba a renunciar a las cosas que lo hacían feliz para participar en actividades proselitistas. Al final del día, se sentaba con su equipo cercano y se reía de que le reclamaran su actitud de antipolítico. Más de una vez se burló de sí mismo repitiendo la historia de un amigo que años atrás le había dicho: las personas más inteligentes que conozco son de izquierda, los buenos humanistas son de izquierda, los mejores profesores son de izquierda, pero cuando la izquierda se mete en política, la embarra. A renglón seguido, se reía a carcajadas.

Yo no puedo hablar de lo que fue Gaviria como candidato del Polo. Lo único que sé es que en su primera incursión en política, en momentos en los que le daba lo mismo ganar o perder, la risa era constante. Como anécdota curiosa me acuerdo del esfuerzo descomunal por conseguirnos 20 millones de pesos para un aviso de prensa, pues él no quería recursos de la empresa privada para no comprometer su independencia. De sus amigos tan solo logramos unas pocas donaciones, lejos de la tan anhelada meta para pagarlo. Gaviria, con su acostumbrado humor, se burlaba de nuestra empresa, pues sabía que la mayoría de sus amigos cercanos eran académicos a quienes no les sobraba el dinero para hacer donaciones, o funcionarios que no podían participar en política.

Lo que sí lo sorprendió fue que algunos jóvenes periodistas se negaran a hacer notas sobre él con el argumento de que no respetaba el periodismo. Hay que recordar que en la Corte, Gaviria había sido ponente de una decisión contra una ley que exigía tarjeta profesional para ejercer como periodista. Tal exigencia, a su juicio, limitaba arbitrariamente el derecho a la libre expresión y era una cortapisa para la democracia, que se nutre de lo que se conoce como el libre mercado de las ideas. Por fortuna, un periodista consagrado, Yamid Amat, quien compartía la visión de que el periodismo es ante todo un oficio, le abrió una primera tribuna, y su candidatura despegó.

En esa campaña Carlos Gaviria participó en pocos eventos. El más pintoresco fue uno organizado por jóvenes en ciudad Kennedy. El contraste entre un candidato formalmente vestido y un público que no superaba los 20 años, con vestimentas de taches y pelo de todos los colores, era digno de ver. A Gaviria, como buen profesor, le gustaba estar entre jóvenes, así que a pesar de que el evento comenzó con un concierto estridente de heavy metal (que, por cierto, nos recordó el cuento de Vincent), fue uno de los pocos actos de campaña en el que lo vi disfrutar plenamente de eso de ser candidato.

El último evento de campaña, un encuentro con mujeres, describe bien al “anticandidato”. En él varios candidatos presentarían su campaña y al final firmarían un documento comprometiéndose a trabajar por las mujeres. Todos, con excepción de Gaviria, pasaron al frente, dieron su discurso y firmaron. Cuando llegó su turno, él expresó con contundencia: “Yo no firmo” y explicó que a lo largo de su vida pública había demostrado su compromiso con la lucha por la equidad de género y que no necesitaba de un papel para dar cuenta de ese compromiso. Sobra decir que las organizadoras no quedaron muy contentas, pero para quienes lo conocíamos era simplemente la expresión de su coherencia.

Liberal, de izquierda, radical...

Lo que sigue de esta historia es ya conocido. Gaviria sacó la quinta votación al Senado, fue declarado el ‘palo’ de las elecciones, lo que en parte motivó que otros movimientos de izquierda se acercaran alrededor de su nombre para formar un partido de más largo aliento. Aunque su empresa fue exitosa, yo creo que en esa unión también se fue distorsionando ante la opinión pública el pensamiento liberal de Gaviria. Como dice una amiga, este país es tan conservador, que a un hombre liberal hasta el tuétano, como Carlos Gaviria, se le terminó describiendo como radical de izquierda. Incluso, si hay una descripción injusta fue la de aquellos que lo llamaron “comunista disfrazado”. Gaviria, con la elegancia de siempre y como lo había hecho ya en el evento de mujeres, respondió recordando que en su larga vida pública había dado cuenta de ser un liberal en el más puro sentido de la palabra.

Yo acompañé a Carlos Gaviria tan solo un año como senador. Luego tomé otro rumbo pues, como bien aprendí de él, a todo alumno le llega el momento de intentar hablar su propia voz. Lamento, sin embargo, no haber tenido la oportunidad de darle un último abrazo y decirle lo mucho que significó para mí. Hoy, tan solo puedo expresar que su legado queda en toda una generación de juristas que creemos que la Corte, y de hecho la política, se puede recuperar siguiendo su ejemplo de coherencia, comportamiento ético y compromiso decidido por la defensa de los derechos.

 

 

* Abogada de la Universidad de los Andes, con maestría en derecho de Harvard University. Ha sido magistrada auxiliar de la Corte Constitucional, profesora de la Universidad de los Andes y consultora en varios proyectos de derecho constitucional y derechos humanos. Actualmente, cursa doctorado en la Universidad de York, en Toronto, Canadá.

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