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Política 24 Abr 2013 - 8:32 pm

Íconos del matrimonio igualitario

El amor de las primeras lesbianas casadas en Latinoamérica nació en Magdalena

Íconos del matrimonio igualitario, volvieron para hacer un documental sobre sus vidas.

Por: Samuel A. Losada Iriarte
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Norma y Ramona en el Caribe colombiano, cuarenta años después de enamorarse en Pivijay, Magdalena.

Tenían 67 años cada una cuando decidieron casarse. Eran una pareja de sexagenarias queriendo unir sus vidas como esposas ante los ojos de la ley. Un deseo nada fácil de cumplir. Tuvieron que librar una batalla jurídica para que el 9 de abril de 2010 se pudieran dar el sí, en el Registro Civil Uno de Buenos Aires. La boda de Norma Castillo y Ramona Arévalo pasó a la historia como la primera de dos mujeres en Sur América. Todo un hecho político que impulsó la campaña para que el matrimonio igualitario se hiciera realidad. Y así ocurrió: tras muchos debates y movilizaciones, el 15 de julio de 2010 el Congreso de Argentina lo aprobó. Días después, en la Casa de Gobierno, Cristina Fernández promulgó la ley.

“Es importantísimo pasar de ser nadie a ser persona en una sociedad, si no para qué hablamos de democracia, justicia y libertad”, reflexiona Norma, quien a sus 71 años goza de una fuerza y una vitalidad envidiables.

La historia de amor de estas dos mujeres, íconos de la lucha por los derechos de las parejas gays, tiene como escenario principal el Caribe colombiano. Pivijay, Magdalena, para ser más exactos.

Fue a finales de la década del 70 cuando Norma y su marido colombiano huyeron de la dictadura de Videla en Argentina. Exilio o muerte. “Desde la secundaria venía luchando por los derechos, uno es rebelde y quiere que el mundo funcione bien. Me tocó irme”, comenta, como tratando de evadir el tema. Un tema que encierra torturas, desapariciones, asesinatos.

Cuando Norma y su compañero se radicaron en Pivijay, ya Ramona, quien emigró de Uruguay, había tenido un hijo y echado raíces allí con su esposo, primo del marido de Norma. Así, el destino unió a dos mujeres del Cono Sur en la costa norte colombiana.

“Ese lugar me brindó todo: trabajo, cariño y una gente hermosa. Allí renací al arte y al amor”, confiesa Norma, ante la mirada cómplice de Ramona. Están sentadas en unos sillones en el lobby de un hotel en Barranquilla, donde graban un filme sobre sus vidas.

En el Caribe, Norma descubrió su talento por la pintura. Esa sensibilidad artística la llevó a ser directora de la Casa de la Cultura del municipio, mientras Ramona trabajó en una cerrajería familiar.

Entre ellas nació una amistad, había química. Era la relación normal de dos amigas que se estiman. Ninguna había experimentado una relación homosexual.

“Yo vivía como me criaron. Actuaba como heterosexual y homofóbica. Antes los padres, creyendo hacer un bien, nos decían cosas y crecíamos con desprecio y odio contra uno mismo. Al darse cuenta de cómo es uno, y de su sexualidad, tienes al mundo diciéndote que eres un degenerado, un aberrado y un enfermo”, dice Norma.

Ramona confiesa que empezó a sentir atracción por la que hoy es su esposa cuando la miraba haciendo ejercicios en el patio de su casa, junto a la alberca, vistiendo shorts. “Un día salíamos de una fiesta y ella me mordió despacio la oreja y se me llenó el estómago de maripositas”, recuerda La relación amorosa se inició en noviembre de 1979.

El esposo de Norma murió de cáncer, Ramona se separó de su marido y luego decidieron vivir juntas, sin publicitar su relación. “Estuvimos 30 años escondidas en el clóset, cerrado con llave”, confiesa Ramona y agrega: “la gente sabía y nos aceptaba”.

Queriendo sentirse más libres, en 1993 se fueron a vivir a Barranquilla, donde abrieron una discoteca gay frente al estadio Romelio Martínez, en la carrera 44 con calle 72. Vietato era el nombre, que significa prohibido en italiano. El negocio, heredado de un amigo, duró cuatro exitosos años.

¿Y qué pasó cuando vieron que las dueñas eran un par de chicas ? “Que se llenó de mujeres el lugar. Y nos fue muy bien, había días en que nos tocaba atender en la calle”, sostiene la argentina.

Norma asegura que para aquella época comenzaron a surgir preguntas en cuanto a la forma como asumían su vida en pareja. “Ya estábamos envejeciendo y nos cuestionamos por qué teníamos que ocultarnos, si lo único que hacíamos era querernos”. Regresaron a Argentina en 1997. Allá se encontraron con un movimiento gay que estaba organizado y reclamando sus derechos.

Trabajaron y a militaron en organizaciones homosexuales y conocieron a las psicólogas Graciela Palestra y Silvina Tealdi, fundadoras de la ONG Puerta Abierta, el primer centro de jubilados gays de Argentina. Centro del cual Norma es presidenta.

Haber vuelto a Argentina cambió la vida de estas mujeres. En pleno otoño de su existencia pudieron salir del clóset y expresar su amor libremente, amparadas por una sociedad y un Estado que les reconoce sus derechos. Sin embargo, Ramona afirma que ese derecho fue luchado y recuerda la dura batalla jurídica, antes de que el gobierno aprobara la ley.

“La jueza que falló a favor de nosotras tiene un apellido muy bien puesto: Liberatori. Ella nos dio la orden de casamiento y nos dijo que teníamos que hacer los trámites en el mayor silencio posible”, dice Norma, en una especie de agradecimiento eterno.

La visita de las mujeres a Colombia coincidió con el debate que se libra en el país por el proyecto de ley de matrimonio igualitario, que se hundió ayer en el Congreso.

Ramona y Norma se levantan de su silla en el lobby del hotel; son unas viejecillas menudas, amables, sonrientes. Antes de irse exhiben con orgullo el documento que las dignificó: la libreta de matrimonio del gobierno argentino. Ramona se despide recordando el momento más feliz de su vida, el día de su boda. “Cuando nos terminamos de casar, qué te digo, eso va a ser lo último que yo tenga en mi cabeza cuando ella dijo: acepto. Yo me muero y todavía voy a estar acordándome de eso”.

Las abuelas estuvieron de visita en Barranquilla grabando escenas de un documental sobre sus vidas que tendrá por nombre Juntas, dirigido por la colombiana Laura Martínez y la argentina Nadina Marquisio. El equipo de producción también grabó en otras locaciones, como Pivijay y Taganga.

“No queríamos hacer el típico documental gay, panfletario, sino centrarlo en el amor, en el deseo y en el goce. Ellas nos proporcionaban otra mirada, porque muchos piensan a veces que la homosexualidad es algo pasajero o de la juventud”, comenta Laura, joven paisa que junto a su compañera ganó un concurso del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico de Colombia, Proimágenes, y así obtuvieron el financiamiento para el documental.

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