Juan Manuel Santos, el presidente que se la jugó por la paz

Desde los años 90 se pueden comenzar a contar las gestiones del mandatario en aras de la paz, no sólo con las guerrillas sino también con los grupos paramilitares. Una apuesta que ya puede dar por ganada.

Para el presidente Santos, la paz es el bien supremo de una sociedad, el más sagrado y el legado más valioso que podemos dejarles a nuestros hijos.  / AFP
Para el presidente Santos, la paz es el bien supremo de una sociedad, el más sagrado y el legado más valioso que podemos dejarles a nuestros hijos. / AFP

La desaprobación de su gestión, según la más reciente encuesta de Invamer, llega al 65,1 %. Por eso, bien se puede decir que el presidente Juan Manuel Santos paga hoy con creces el costo de buscar la paz con las Farc. Una cruzada que se inició en firme pocos meses después de llegar al poder en 2010, cuando se dieron los primeros contactos con esa guerrilla, pero que se remonta a la década de los 90, cuando el país vivía tiempos de turbulencia por cuenta del escándalo del Proceso 8.000 y se conoció de su propuesta de una constituyente para facilitar una salida política a la crisis que afrontaba el entonces presidente Ernesto Samper. Vea el especial "A construir la paz".

Fue precisamente el exministro conservador Álvaro Leyva, uno de los asesores de la mesa de negociaciones de La Habana, el que reveló que la idea había sido ventilada por el mismo Santos ante las Farc y ante los grupos paramilitares. El gobierno Samper habló de “conspiración”, entre ellos uno de sus hoy aliados en la paz, Horacio Serpa, entonces ministro de Gobierno. En mayo de 2007, en un escrito para la revista Semana titulado “Historia de mi conspiración”, él mismo reconoció encuentros con Raúl Reyes y Olga Marín, voceros internacionales de las Farc, en Costa Rica; diálogos en la cárcel de Itagüí con Felipe Torres y Francisco Galán, voceros del Eln, y dos reuniones con Carlos Castaño, jefe de las Autodefensas, en Córdoba.

La idea, dijo, era construir una propuesta para superar la crisis institucional que padecía Colombia y, de paso, avanzar en la búsqueda de la paz. “La propuesta debía cumplir con unas condiciones básicas: el mantenimiento del orden constitucional, un cese al fuego de las hostilidades, respaldo internacional, la convocatoria de una constituyente y el establecimiento de una zona de despeje con garantías para entablar los diálogos. Pero lo que era más importante e histórico, se trataba de un proyecto de paz integral que consultaba a ‘calzón quitao’, los intereses de todos los actores del conflicto: la guerrilla, los paramilitares, el Gobierno y la sociedad civil”.

De hecho, quedó como constancia una carta a Samper en 1997, en la que le habla de la zona de distensión para los grupos guerrilleros, lo cual retomó en 1998 Andrés Pastrana, en cuyo gobierno Santos se convirtió en ministro de Hacienda en julio de 2000, en pleno fervor de las negociaciones del Caguán. De hecho, fue en dicha cartera donde tuvo un duro choque con Álvaro Uribe, entonces senador, quien lo acusó de pretender revivir los auxilios parlamentarios. Y hay que decir que cuando Uribe cambió el “articulito” en la Constitución para su reelección en 2006, Santos se convirtió en uno de los más acérrimos críticos de la continuidad en el poder.

Pero como la política es dinámica y, como bien lo dijo en un debate el hoy jefe de Estado, “sólo los imbéciles no cambian de opinión”, al poco tiempo cambió de parecer, propuso una disidencia liberal para apoyar a Uribe, pues consideró que oponerse a alguien que tenía el 90 % de popularidad en las encuestas era un “suicidio político” y luego, junto con Óscar Iván Zuluaga y Luis Guillermo Vélez, participó en la creación del Partido de la U, arrastrando a varios líderes liberales.

En marzo de 2006 llegó el premio: Santos fue nombrado ministro de Defensa. La seguridad democrática estaba en todo su apogeo y las Farc comenzaron a sufrir los golpes más contundentes de su historia: vieron caer a su segundo comandante, Raúl Reyes, en la llamada operación Fénix, y al Negro Acacio y Martín Caballero en los Montes de María, entre otros. Además se incrementaron las desmovilizaciones voluntarias y el entonces comandante de las Fuerzas Armadas, Freddy Padilla, habló del “fin del fin de las Farc”.

Hábilmente, Santos fue construyendo su candidatura presidencial de 2010. En mayo de 2009 renunció al Ministerio y, cuando la Corte Constitucional declaró inexequible el referendo que buscaba abrir la puerta a un tercer mandato de Uribe, destapó sus cartas mostrándose dispuesto a continuar el legado de la política de seguridad democrática. Palabras que hoy le cobra el uribismo, que no lo rebaja de “traidor”, todo por cuenta de su apuesta por la paz con las Farc como salida al conflicto armado que padece Colombia desde hace más de 50 años.

Desde un comienzo se mostró convencido de que las negociaciones de paz eran una oportunidad porque Colombia y el mundo han cambiado. “Será un camino difícil, pero un camino que debe ser aprovechado por cualquier gobernante responsable, porque cientos de colombianos tienen un familiar que ha sido víctima de la violencia”. Y el camino, al menos en la etapa de negociaciones, ha llegado a su fin. Ahora comienza el posacuerdo o el posconflicto, y aunque, como él mismo ha dicho, la firma del acuerdo es sólo el primer paso para la construcción de la paz, más allá de los cuestionamientos, esta apuesta ya la ganó.