Mentiras

Esta es la mirada del escritor Juan Gabriel Vásquez sobre las polémicas movidas políticas pre y posplebiscito.

El senador Álvaro Uribe, Óscar Iván Zuluaga y Martha Lucía Ramírez, pasaron de la dicha al desconcierto. / AFP
El senador Álvaro Uribe, Óscar Iván Zuluaga y Martha Lucía Ramírez, pasaron de la dicha al desconcierto. / AFP

Lo que sucedió en estos días con el señor Juan Carlos Vélez, gerente de la campaña uribista por el No, fue al mismo tiempo una revelación imprevista y una constatación de lo ya sabido. Con la sinceridad despreocupada de quienes se sienten más allá de la ley, el señor Vélez confesó en una entrevista que su campaña, cuyo resultado fue el sabotaje del único proceso de paz exitoso de la historia de Colombia, se basó en la tergiversación de verdades, la manipulación grosera de los votantes, el rechazo cuidadoso de toda forma de análisis y la demagogia más barata. Digo que aquello fue una revelación imprevista porque el sentido ético del señor Vélez sólo es tan defectuoso como su sentido de la oportunidad: en este triste país peleado consigo mismo, donde la división entre nosotros roza la violencia todos los días y donde la vida de la gente da un vuelco cada hora por cuenta de lo ocurrido el 2 de octubre, al señor Vélez no le ha parecido mal decirles a millones de votantes que sus miedos y sus ansiedades fueron deliberadamente explotados. Digo que aquello fue una constatación de lo ya sabido porque la confesión del señor Vélez es apenas la última de las incontables instancias en que los colombianos podemos comprobar las tradicionales prácticas del uribismo, y en particular su irrefrenable tendencia a la mentira.

Hace unas semanas, poco antes del plebiscito, publiqué en un periódico español un artículo con el título todavía esperanzado de “La paz sin mentiras”. En él recordaba que el expresidente Uribe, líder del No y referencia moral para tantos votantes, lanzó hace dos años una serie de acusaciones contra el proceso de paz cuya premisa ya era una mentira: eran 52 “capitulaciones” con las cuales Uribe les aseguraba a sus fieles que el Gobierno le estaba “entregando el país” a la guerrilla. La Silla Vacía publicó un informe en que analizaba las acusaciones de Uribe y llegaba a esta conclusión: de las 52, sólo cuatro eran verdad de manera inapelable. Las demás eran mentiras, tergiversaciones o medias verdades. Esto fue, si mal no recuerdo, meses antes de que el candidato uribista a la Presidencia apareciera en video con un hacker contratado, también según su confesión, para sabotear las negociaciones de La Habana. Más tarde mintió el programa de Fernando Londoño, que aseguró que Vargas Llosa había condenado el proceso de paz; y mucho más tarde mentiría hasta cansarse el exprocurador Ordóñez, cuyas alegaciones inverosímiles sobre la ideología de género y los riesgos de la homosexualidad llegaron a niveles nunca antes vistos de ridiculez, y hubieran sido risibles en un país menos fanático y más instruido que el nuestro.

El resto de la historia de estos meses es un nuevo inventario de mentiras. Desde el uribismo se dijo que los acuerdos de La Habana abolirían la propiedad privada, que la aprobación de los acuerdos equivalía a elegir a Timochenko como presidente, que en La Habana se está negociando el encarcelamiento de Uribe. Algunas de las mentiras apelaban al miedo y al dolor; otras confiaban en que los votantes no tuvieran la astucia ni el tiempo de leer los acuerdos, lo cual hubiera bastado para dejarlas sin piso. La belleza de la confesión de Juan Carlos Vélez es que nos permitió entender, de primera mano, cómo funciona el uribismo: nadie espera ya de ellos el menor signo de responsabilidad, ni tampoco el menor intento de concordia, pero clasificar sus mentiras por clase social me parece especialmente humillante. Gracias a Vélez sabemos que la amenaza del castrochavismo, que tanta gente merecedora de más sensatez repitió sin problema, estaba dirigida a los estratos altos; para los bajos, el uribismo reservó otras mentiras —el supuesto sueldo de $1’600.000 que se les pagaría a las Farc, por ejemplo— que explotaban las ansiedades económicas de la gente y la fragilidad de su diaria supervivencia. Se me ocurren (a menos que haya un pleonasmo en lo que digo) pocas demagogias más innobles.

Lo más fascinante, tras la publicación de esta entrevista sin desperdicio, fue la primera reacción de Uribe: “Hacen daño los compañeros que no cuidan las comunicaciones”. No corrigió a su gerente ni desvirtuó sus confesiones involuntarias, sino que usó el tono penumbroso con que se habla al que ha revelado los secretos de la banda. Es evidente: lo que hubo aquí fue una conspiración en toda regla, y su objetivo era engañar a la gente. No pasará nada, por supuesto, porque los que engañaron a tantos hacen ahora parte —por virtud del engaño mismo— de la mesa de negociaciones, y cuentan con el poder que les han concedido la superstición y la credulidad de millones de colombianos. Pero algún día tendremos que hacer un examen de conciencia y definir si el hecho de que tantos uribistas estén en la cárcel o sean prófugos de la justicia es una persecución, como ellos machaconamente alegan, o el resultado natural de que el expresidente Uribe se haya rodeado con tanta frecuencia de gente cuyo sentido de la decencia es, por decirlo con suavidad, bajito de tono.

La victoria del No en las urnas le dio cara y voz a un descontento latente. Yo, por mi parte, he sabido siempre que esas multitudes sin cara que rechazaron los acuerdos albergan a miles de ciudadanos honestos, cuyos motivos para el No son genuinos y comprensibles. Pero la derrota de este esfuerzo titánico, este esfuerzo que nos ha exigido como país sacrificios sin cuento, sería más comprensible si la amplia mayoría de las víctimas de la guerra no hubieran apoyado los acuerdos; y sería más comprensible, sobre todo, si no tuviéramos la certeza incómoda de que tantos de los que los rechazaron lo hicieron movidos por la desinformación, la tergiversación y las mentiras.

* Novelista. Autor del libro de ensayos El arte de la distorsión (Alfaguara, 2009).