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Política 29 Dic 2012 - 9:01 pm

Yo estuve...

En la Reforma a la Justicia

El representante Germán Navas Talero contó cómo vivió el trámite de la fallida reforma. Un acto legislativo, que reunió los vicios de los parlamentarios y los magistrados, pero luego fue objetada por el presidente Santos y se archivó.

Por: Germán Navas Talero
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    http://www.elespectador.com/noticias/politica/reforma-justicia-articulo-394491
    http://tinyurl.com/qzg85t2
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/Foto: Gabriel Aponte

Los humanos frecuentemente usan expresiones como “yo estuve en la explosión de Hiroshima”. Otros dicen “yo estuve en Armero el día del desastre” o “yo estuve el 9 de abril cerca de Gaitán cuando lo mataron”, cada quien cuenta su protagonismo en algún hecho trascendental. Por mi parte, yo estuve en las tres grandes vergüenzas del Congreso en los últimos 15 años: la primera reelección de Uribe; con Yidis, Teodolindo, Sabas, Palacios y demás acólitos. Su segundo intento de reelección, con donaciones de DMG y la participación de Luis Guillermo Giraldo y sus mariachis. Y la última, hasta ahora, la llamada reforma a la justicia.

Desde el comienzo asistí a cuanto foro y reunión se programaron, recalcando que eso no era más que una revancha del Ejecutivo y el Legislativo contra la justicia para cobrarle la caída del referendo reeleccionista, las investigaciones por parapolítica y las pérdidas de investidura. Basta mirar la ponencia original para observar a dónde apuntaba el misil. Pero, como en el delito, hay que descomponerlo desde su ideación hasta su consumación: el acto preparatorio fue el Acto Legislativo 101 de 2011, que permitía a los congresistas votar sin temor a la pérdida de investidura cualquier reforma constitucional, así tuvieran interés directo en el asunto: así se hizo. Procesados ante la Corte por parapolítica o delitos comunes, pérdida de investidura en el Consejo de Estado, recibían buen piquete en esta fallida reforma.

El Congreso no fue el único responsable, el Gobierno desde el comienzo tomó la iniciativa, el ideólogo del acto legislativo que permitía votar —a pesar de estar impedido— fue el ministro de Interjusticia (dos ministerios en uno) Germán Vargas Lleras, padre no putativo sino real de estos estropicios. A la hora de la verdad no había nada para el usuario de la justicia, ni siquiera las moronas del piquete. Las cortes, que en principio estaban reacias, resolvieron apoyar esta iniciativa —como la niña acosada que quiere, pero dice que no—. Cuando vieron el premio del alargue de su período dejaron su pudor y terminaron entregándose. Afirman que algunos magistrados hicieron convites para atender a los legisladores.

En la Cámara, los ponentes se ufanaban de su magistral obra. Hubo casos en los cuales —porque abrieron sus entendederas— votaron afirmativamente artículos que proponía la oposición, pero ante cualquier seña de algún ministro o funcionario del Gobierno terminaban cambiando el voto.

El recién estrenado exconstituyente Esguerra, olvidando su labor en el 91, se apegaba a su cargo de ministro de Justicia y accedía a todo lo que le pedían. El presidente Santos parecía complacido con lo que pasaba, no hubo palabra suya en contra de lo que acontecía. La prensa no entendía o se hacía la desentendida. Los militares entraron al festín y propusieron la ampliación del fuero, como una manera de medir el aceite a la opinión pública y al Congreso, y al ver que no había resistencia, optaron por retirarla y presentar un acto legislativo aparte, para asegurarse de que su propuesta no se derrumbaría con el edificio donde querían cohabitar.

Simón Gaviria —gran economista— ni veía ni entendía lo que pasaba; decía que lo estaba haciendo bien. El Gobierno ordenó al Congreso que votara, pues el término corría. Lo mismo que en la era Uribe: “Voten mientras los meten a la cárcel”. A fe que le obedecieron.

Privatizaba la justicia y del arancel judicial saldrían los dineros para su financiación. Se creaban jueces ad hoc, que por la mañana litigarían y por la tarde administrarían justicia. Se montaba buen negocio para los notarios, que impartirían justicia en algunos casos, pero eso sí, ‘pagandito’.

Era tal la mansalva contra la oposición, que el presidente de la Cámara ordenó que sólo se discutieran las propuestas presentadas con 24 horas de anticipación y el aval del Gobierno. ¿Quién ha dicho que tenemos que pedir permiso al sistema para hacer oposición? Eso es digno de Cantinflas. Obvio, protestamos, pero a esas mayorías las mandaron a obedecer. No parecían congresistas sino empleados del Ejecutivo. Era cómico ver a los ‘vices’ y asesores de ministros haciendo de porteros para que no se les volaran sus “fichas” al momento de votar. Al final el pueblo se “embejucó y la reforma se cayó”.

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