¿Por qué agredimos a los médicos?

Las escenas de pacientes atacando a doctores en las salas de urgencias engloban un problema mucho más complejo, que el país debe resolver y que requiere de esfuerzos conjuntos.

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Germán Peña* es médico. Está haciendo su año rural en Restrepo, Meta, un municipio que apenas sobrepasa los diez mil habitantes y que a veces llega al tope de 30 grados centígrados. Es 2014. Germán es amable, sonríe cada tanto y parece tener la convicción de que la medicina es un bálsamo, así le exija trabajar durante 12 horas continuas. O 20 o 30 o 48, como hace unos días. Cuando eso sucede, la Coca Cola y los energizantes lo mantienen despierto con sus descargas de azúcar y cafeína. Pero esa no ha sido la rutina de hoy y el doctor Peña, de veintitantos años, está atento. Debe suturar a un paciente que llegó con un brazo destrozado: la parte interna de su músculo radial no deja de echar sangre y hay que coser de inmediato. Por eso, apenas entra al servicio de Urgencias, pasa directo a donde él, el médico de turno. Pero mientras trata de frenar la hemorragia, otro paciente entra a su consultorio. Es una adolescente de 15 años que arranca con una retahíla que lo deja frío: “Oiga, grandísimo hijueputa. Mi hermano se va a morir por su culpa. ¿Qué le pasa? ¿Por qué no nos atiende? Coma mierda. Voy a llamar a la policía. Ojalá le dé g...”.

Germán suspende la sutura y le responde con paciencia, aunque sabe que las palabras más diligentes no van a detener la ira. Minutos después de fallidos intentos por calmarla, llega la policía de infancia. La joven se pierde con su hermano. El doctor Peña respira, suspira y sigue suturando el brazo destrozado por una lata. A veces, mientras lo hace, se acuerda del día en el que el alcalde entró a su oficina prometiéndole echarlo del hospital si no lo valoraba ya mismo. Él había preferido atender a una menor de edad embarazada.

2

José Alarcón* es pediatra del hospital de Kennedy en Bogotá y hoy ha tenido un día agitado. Por suerte ya es de noche y su turno acaba de terminar. Mientras camina en el parqueadero buscando su carro, alguien se le acerca. Es un señor, que le habla al oído con tono amenazante. “Ahí tiene para que aprenda, doctor”, le advierte. El hombre se aparta y José queda congelado, en silencio. De repente siente como se le humedece el pecho. Baja la vista y ve que en su camisa empieza a expandirse una mancha de sangre. Le acaban de dar dos puñaladas en el tórax.

José fuerza su memoria y reconoce al agresor. Es el padre de un niño que atendió hace pocas horas. Él, médico, le había dicho que el menor estaba enfermo por un asunto viral. Le formuló un medicamento y le programó una cita de control. Pero el padre estaba convencido de que era una bacteria y que debía ser atacada con un antibiótico. Como José no le hizo caso, él optó por atacarlo con un cuchillo.

3

Anapoima es un pueblo de Cundinamarca, a dos horas de Bogotá, que en las últimas décadas ha crecido a un ritmo frenético. Su clima (la temperatura a veces roza los 35 °C) ha animado a cientos de familias capitalinas a comprar terrenos y construir casas de dos y tres pisos, así el agua escasee de tanto en tanto. Aunque muchos disfrutan ese constante verano, a Daniel Sabogal* se le antoja tedioso. Atender las urgencias que llegan al Pedro León Álvarez Díaz, el hospital de primer nivel del municipio, no es fácil con ese sopor. Pero ya son las 2 a.m. y el calor ha mermado. Como no hay pacientes, Daniel puede aspirar a una siesta diminuta.

Sin embargo, apenas cierra los ojos, tocan la puerta con desespero. Los abre, bosteza y se alista mientras la enfermera baja a atender el llamado. Tarda, a lo mucho, dos minutos. Son suficientes para que el grupo de diez borrachos arranque a tirar pedradas contra todas las ventanas. Entran como pueden y se arman con cuchillos y con pedazos de vidrio. Daniel los observa y los escucha despavorido: “Si no la atiende ya mismo, los picamos. ¿No ve que está a punto de morir, gran marica?”. Él responde: “Pues si me pican se jodieron. No hay más médicos. Y ahí sí se va a morir”. Es septiembre de 2015. La paciente había llegado desmayada de la borrachera.

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Los relatos de médicos atacados, insultados y violentados en Colombia son abundantes. Las de Germán, José y Daniel, son apenas tres en una lista interminable de historias que tienen como protagonista la ira de unos pacientes (o familiares) que los culpan –a los médicos, a las enfermeras y al personal administrativo– de sus males, de sus esperas y sus filas. Es un fenómeno que se volvió tan frecuente, especialmente en las salas de urgencia, que poco a poco empezó a pasar inadvertido. “Nos acostumbramos tanto a que nos traten a los putazos –dice uno de ellos–, que parece que fuera nuestro pan de cada día”.

Prueba de ello es que mientras muchos países (sobre todo europeos) se percataban de ese extraño comportamiento en los departamentos de urgencias y hacían investigaciones sesudas para hallar soluciones, en el país el debate se daba sin cifras contundentes. Por ejemplo, como cuenta el doctor Diego Rosselli, del departamento de Epidemiología de la Universidad Javeriana, mientras que naciones como España y Reino Unido habían decidido estudiarlo, en Colombia el debate giraba más en torno a las opiniones. No había suficientes datos.

Por esa razón es que la Asociación Colombiana de Clínicas y Hospitales desde hace un par de años asumió la tarea de registrar esos casos. Para ellos, ese fenómeno, visto en detalle, era una de las muestras más contundentes de algunas de las ineficiencias del sistema de salud. Era, como cuenta Juan Carlos Giraldo, su director, la punta de un iceberg enorme, compuesto por muchos factores.

Para examinarlo de cerca, él y su equipo, hizo una encuesta a quienes trabajaban en los departamentos de urgencias de varias Instituciones Prestadoras de Servicios (IPS) del país. En total, examinó 56 hospitales y clínicas, y al hacerlo se percató de que el problema es mucho más complejo de lo que parece: 15 de cada cien empleados reciben algún tipo de agresión mientras están de turno.

La mayoría (79,3 %), los personajes de los primeros párrafos, los enfrenta en horas de la noche. La violencia, por lo general, es verbal (98 %), seguida por la física (27 %) y la sexual (1,6 %). El 28,2 % de quienes pertenecen al segundo grupo, dañan los recintos y el 8,3 % utiliza armas. En total fueron encuestados 630 trabajadores. La mayor parte de los agredidos fueron auxiliares de enfermería (40,8 %) y médicos generales (25,6 %).

Pero, más allá de las cifras (ver infografía), el problema, como lo reitera Giraldo, muestra un síntoma del sistema de salud que tienen que enfrentar quienes trabajan en urgencias. Bien sea con agresiones o, como dice el doctor Peña, con técnicas como hacer públicos sus errores. El ejemplo más certero, dice, fue el del grastroenterólogo pediatra grabado por una paciente a principios de octubre y que luego replicó un noticiero de televisión. “Le destrozó la carrera. Lo amenazaron de muerte y tuvo que huir del país”.

“En este fenómeno hay una causalidad que no se puede desligar de otros inconvenientes. Los usuarios encontraron en las urgencias las puertas para acceder al sistema, porque otras están cerradas. Es un signo de desesperación, que termina en hechos como los que refleja la encuesta”, explica Giraldo.

Para él, sin embargo, las agresiones a los médicos muestran que hace falta mejorar en muchos otros elementos. Uno de los fundamentales, además de la necesidad de mejor comunicación entre médico y paciente y de la falta de incentivos para los primeros, cuenta, es el modelo de atención al que se acostumbró Colombia. “No todo puede ir a parar a las salas de urgencias”. En otras palabras, los colombianos no pueden seguir asistiendo al mismo centro de salud si tienen una puñalada o un dolor de muela.

Ese ha sido uno de los dolores de cabeza del Ministerio de Salud. Ellos lo saben y por eso, como asegura Luis Fernando Correa, jefe de la oficina de emergencias y desastres de esa cartera, ya se han reunido en varias ocasiones con todos los jefes de urgencias del país. Entre todos han identificado, como se reitera día a día, que el número de camas hospitalarias es mucho menor del que el país requiere, que los pacientes no tienen claridad sobre lo que es una urgencia, que las Entidades Promotoras de Salud (EPS) deben crear horarios extendidos, que a veces no hay disponibilidad de especialistas, que los usuarios no entienden que no pueden ser atendidos por el orden en que lleguen sino por la complejidad de su urgencia (conocido como triage), que hay que involucrar a las Administradoras de Riesgos Laborales (ARL), a veces tan ajenas a este debate.

“Eso lo sabemos y estamos trabajando para mejorarlo en conjunto con la promoción del respeto y la protección de la Misión Médica”, dice. Según sus cifras, en 2015 se registraron 130 casos de agresiones, de los cuales, 79 son incidentes en urgencias.

El ministro de Salud, Alejandro Gaviria, incluso, ha hecho varios apuntes sobre el tema. En una entrada de 2013 en su blog escribió: “Las salas de urgencias se han convertido en la puerta de entrada al sistema”.

Por todas esas razones, en parte, es que Bogotá tiene hoy esas salas saturadas y a tantos médicos señalados, que están en el ojo del huracán desde que los casos empezaron a ser mediáticos. Una muestra más clara, como se lo dijo a este diario la Personería de la capital en octubre de 2015, es el hospital de Kennedy, cuyas urgencias a veces sobrepasan el 538 %. Otro es el hospital de La Misericordia, donde en ocasiones, como cuenta Javier Aguilar, coordinador de urgencias, hay una sobrecongestión del 250 %.

“Y quienes trabajan en esa área enfrentan dos agresiones por semana. Pero, además, también sabemos que debemos mejorar en la comunicación”, afirma.

Lo cierto, como insiste el gremio médico, es que este debate no puede analizarse con simpleza, como sucedió con el caso del pediatra gastroenterólogo, o con la gracia con que se asumió el video en el que una mujer en la costa reprochaba a golpes a un médico el pasado viernes y que retransmitieron los noticieros de televisión.

Lo que muestra todo esto, corrobora Rosselli, de la U. Javeriana, “es que hay una grave desconfianza entre los actores del sistema, que también se presenta en todos los países. Colombia no es el único que tiene esta discusión. Y a eso hay que añadirle otra arandela: no hemos querido estudiar el tema porque aquí sufrimos de un mal peor: no tenemos cultura de investigación médica”.

*Nombres cambiados a petición de las fuentes.