¿Cuánto cuesta un cáncer?

Los pacientes con esta enfermedad tienen que hacer frente a una batería de gastos adicionales que suponen un reto y una dificultad añadida para familias con menores recursos.

Los pacientes deben hacer frente a otros gastos derivados del cáncer que la Seguridad Social no contempla. / © Fotolia

El cáncer es una de las primeras causas de fallecimiento en todo el mundo. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que muchas de esas muertes se pueden evitar. Según sus datos, entre el 30 y el 50% de los cánceres se pueden prevenir con hábitos saludables –como evitar el tabaco y reducir la ingesta de alcohol–, o adoptando medidas de salud pública de inmunización contra las infecciones que los causan. El resto se alivia con cuidados paliativos adecuados.

El número total de nuevos casos de cáncer en España en 2015 fue de 247.771 (148.827 en varones y 98.944 en mujeres), según cifras de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM). Los tratamientos específicos para combatir la enfermedad son subvencionados al 100% ya que no se aplica copago sanitario a los enfermos. Sin embargo, los pacientes deben hacer frente a otros gastos derivados que la Seguridad Social no contempla. 

La Asociación Española Contra el Cáncer (AECC) calcula que solo sufragar las recomendaciones médicas indispensables para esta enfermedad le supone al bolsillo del paciente unos 450 euros de media para ocho meses de tratamiento, una cifra que afecta especialmente a los pacientes con riesgo de pobreza.

Desde hace unos años se ha acuñado un término específico para describir los problemas económicos que surgen a raíz del diagnóstico oncológico: 'toxicidad económica del cáncer'. Este concepto se refiere a las consecuencias económicas y las dificultades laborales de los pacientes que sufren esta enfermedad. Aunque la idea cobra especial significado en Estados Unidos, de donde procede, no deja de ser aplicable también a los enfermos de cáncer en otros países, incluido España.

Una lista de cuidados sin cubrir

Victoria Murillo (nombre ficticio), una residente en Madrid de 30 años que ha vencido recientemente un cáncer de mama, opina que existe una desprotección social hacia los enfermos. Durante el tratamiento, Victoria tuvo que afrontar los gastos de otras enfermedades menores que desarrolló a consecuencia del cáncer: “La quimioterapia y la radioterapia te debilitan, por lo que puedes desarrollar catarros, problemas digestivos y de piel, en el mejor de los casos. Al final, resultan en una suma de gastos imprevistos que no están subvencionados”, relata a Sinc.

Algunas de las afectaciones secundarias más comunes del tratamiento que necesitan una medicación y que no están cubiertas por la Seguridad Social son el estreñimiento, la sequedad de las mucosas y las úlceras o las heridas intestinales. Hay síntomas tan severos que impiden realizar tareas domésticas y obligan en algunos casos a contratar ayuda externa para el cuidado de la casa o de los hijos.

Según cuenta a Sinc Manuel Mejías, médico de familia, psicoterapeuta, y miembro de la Sociedad de Españoles de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN), “existen numerosos casos de familias que, sobre todo si el cónyuge enfermo es quien aportaba los ingresos principales, ven afectado su presupuesto en unos 2.000 y 3.000 euros, entre lo que se gasta y lo que se deja de ganar”.

A medida que se alarga el tratamiento, las incomodidades se incrementan y, además del deseo de recuperación, se hace necesario buscar un mayor confort. “A veces los medicamentos que van con receta no son los que mejor funcionan y sí aquellos de otras marcas o que están fuera de la cartera de la Seguridad Social. En mi caso, necesitaba un protector de estómago realmente fuerte porque el normal, con la pericarditis y tomando tres dosis de ibuprofeno al día durante semanas, no me hacía nada. Costaba unos 25 euros y con receta no bajaba de 10. También se ve claro con las pastillas para dormir, hay medicamentos muy baratos como el Orfidal, pero elegir otras opciones menos agresivas, como la melatonina, cuesta alrededor de 23 euros la caja”, detalla Murillo.

Paralelamente, los médicos también recomiendan una lista de cuidados imprescindibles durante todo el tratamiento, como utilizar protectores solares totales, que cuestan de media unos 20 euros; jabones y cremas para el cuerpo y las manos sin parabenos ni perfumes, sensiblemente más caros que los de marca blanca del supermercado. Y hay otros complementos menos necesarios pero igual de cotidianos, como el maquillaje, que también deben cumplir las mismas reglas. 

Desplazamientos obligados 

Para un enfermo de cáncer son obligatorios los viajes semanales al hospital, e incluso diarios en algunas fases del tratamiento; así como los traslados periódicos al centro de día o las visitas mensuales a las consultas de médicos especialistas, dependiendo de cada caso. Estos trayectos son una de las partidas que más pueden notarse en el bolsillo, y de forma acentuada desde que, en 2012, la reforma sanitaria eliminó la gratuidad de los transportes sanitarios no urgentes, entre otras cosas.

En las localidades pequeñas, el problema se agrava. Algunos tratamientos de oncología solo se realizan en capitales o grandes urbes, lo que implica recorrer muchos más kilómetros por carretera con el consecuente aumento del gasto. En ocasiones, cuando la distancia es inasumible para ir y volver el mismo día, el afectado debe costearse un alojamiento y las dietas para él y sus posibles acompañantes.

Estas situaciones son más comunes de lo que parece y significan un aumento alarmante del gasto al que la Seguridad Social da pocas soluciones. En la mayoría de ocasiones, exceptuando algunas comunidades autónomas, son las asociaciones de pacientes las que ceden alojamientos y medios para dar una cobertura básica a enfermos y familiares, con o sin subvenciones públicas. 

Por ejemplo, “en Andalucía los tratamientos más complejos solo se realizan en Sevilla. Además de los desplazamientos, esto implica que otro miembro de la familia también deja de trabajar, por ejemplo para cuidar a los niños, con lo que los ingresos, en los casos más dramáticos, son prácticamente nulos”, se lamenta Mejías.

La AECC calcula que el gasto mensual en salud de una familia que vive en un medio rural y con ingresos inferiores a 18.000 euros anuales se incrementa en un 16% al tratar un cáncer de mama. El 76% del gasto se debe al transporte para acudir a tratamiento, y, como asegura Mejías, “aunque menos cuantificable, este aumento de la precariedad, conlleva un explicable desgaste psicológico”. 

Comer mejor es más caro 

Algunas necesidades básicas, como la nutrición, también contribuyen al desbarate económico de la enfermedad. Existen numerosas teorías acerca de los beneficios de una alimentación especial para el cáncer, sin embargo, según Rosa Martín, trabajadora social de la AECC ,“aunque muchas veces, fruto de la desesperación, las personas pueden querer hacer un gasto extra en la alimentación, lo que se recomienda principalmente es aumentar el consumo de alimentos frescos, llevar una dieta y unos hábitos saludables. Cualquier cambio debe ser consultado con un especialista”. 

Para el dietista-nutricionista Juan Revenga lo más importante es comer productos frescos y eliminar de la cesta de la compra las carnes rojas otros alimentos procesados, incluidos cualquier tipo de comida basura y de refrescos azucarados.

Una recomendación tan simple como esta representa un cambio de costumbres en muchos hogares y, sobretodo, un leve encarecimiento de la cesta de la compra. Acceder a productos frescos y de calidad a veces va reñido con el ahorro económico, sobre todo en las grandes ciudades. Además, en casos puntuales se recomiendan complementos vitamínicos o proteicos que no cubre el sistema público, según Martín. 

Por otro lado, existen gastos en cosmética y accesorios de belleza, como las pelucas o pañuelos, a los que gran parte de los afectados no quieren renunciar. “A medida que iba recibiendo la sesiones de quimioterapia, las necesidades aumentaban, desde algo tan simple y lujoso como poner la calefacción durante todo el invierno porque te sientes débil, hasta la compra de un peluca o de los accesorios de belleza que, por falta de tiempo y de conocimiento, se suelen adquirir a toda prisa sin conocer cuáles son las alternativas”, cuenta Murillo.  

Uno de los costes más elevados es el de la peluca. Aunque no solo las mujeres se plantean usar una, sí que son la mayoría. “El precio varía en función de los materiales y la longitud de la melena, pero la horquilla está entre los 280 euros y los 360 euros para las pelucas sintéticas y entre los 600 euros y los 1.500 euros para las pelucas de cabello natural”, explica a Sinc Adi Monje, de Pelucas Monje.

Por otro lado, según este experto, son muchos de los afectados por el cáncer que buscan turbantes y gorros naturales para combatir el frío y el calor a partes iguales. “Los turbantes tienen un precio mucho más asequible. Los realizados con materiales aislantes naturales como el bambú cuestan alrededor de 15 euros”, añade. 

Un reto para la sanidad pública 

El cáncer es una enfermedad cara que conlleva un tratamiento largo y con mucha inversión de tiempo, energía y de dinero. Los pacientes, además de afrontar gastos extra, se enfrentan a la pérdida de valor adquisitivo por culpa de la baja laboral que puede alargarse durante meses.

Rosana Martín cuenta a Sinc que la economía de los pacientes “se ve afectada en primer lugar por el tiempo perdido durante el tratamiento, que puede alargarse hasta año y medio en algunos casos”. En este periodo es muy difícil ajustar la economía familiar, porque la baja médica significa una reducción considerable de los ingresos de hasta el 40% del día 4 al 20 y de un 25% hasta el día 575 de baja por enfermedad.

Según la Organización Mundial de la Salud, se calcula que el total del gasto en cáncer en 2010 fue de 1,16 billones dólares (unos 962.000 millones de euros). Estas son las cifras oficiales. El gasto invisible de los pacientes de cáncer –con 14 millones de nuevos casos en el mundo en 2012 y una previsión de aumento del 70% en las próximas dos décadas– va por otro lado.