The Triangle Fire: Un incendio que cambió la historia

Hoy, 25 de marzo de 2011, exactamente a las 4:40 de la tarde, se conmemoran 100 años de una tragedia que acabó con la vida de 146 trabajadores de un “sweatshop”, antes taller de trabajo explotador y esclavizante y hoy simplemente maquila.

La mayoría eran mujeres inmigrantes pobres y jóvenes, casi niñas, que murieron por asfixia o quemadas vivas.

El incendio fue en el edificio Asch, hoy el Brown Building of Science, pisos 9º y 10º, muy cerca Washington Square, en la esquina donde la calle Greene forma un triángulo con la avenida Washington. Era a prueba de fuego, bien construido, pero tenía lo más propicio para la tragedia: algodón, tela, 146 de las 600 personas que habitualmente trabajaban allí, y las puertas cerradas con candados y cadenas para evitar que los trabajadores salieran a fumar. Hacerlo dentro era prohibido con rigurosidad por tratarse de una fábrica de confecciones.

Treinta minutos de fuego intenso en tres pisos. Solo 30 minutos y todo terminó, salvo el olor a cane quemada y a sangre fresca. Algunas mujeres desesperadas batallaron hasta romper las ventanas y lanzarse al vacío, buscando una muerte segura pero más rápida, contra el pavimento, ante la impotencia de los bomberos, que no tenían mangueras capaces de alcanzar esa altura.

Pero también, ante los ojos atónitos de miles de neoyorkinos que durante meses las habían visto desfilar con carteles pidiendo mejores condiciones de trabajo. Fue completamente imposible reconocer seis de los cuerpos y muchos de los 146 lo fueron por un diente o un anillo. Cientos de personas se congregaron a ver el incendio, en vivo y en directo, y a apilar los cuerpos de las “suicidas” en la acera. Cien mil personas desfilaron en el funeral. Cuatrocientas mil vieron la marcha fúnebre desde sus balcones y oficinas.

Esas 146 muertes hicieron la diferencia. El público, antes indiferente ante los reclamos obreros, se hizo a su favor, repudió a los dueños de la empresa, logró que fueran llevados a juicio y condenados por homicidio involuntario.

Esas 146 muertes hicieron que el clima político se tornara más progresista, que el naciente movimiento obrero adquiriera fuerza. Surgieron líderes obreros y nuevas activistas, entre ellas Frances Perkins, primera mujer en ocupar el Ministerio de Trabajo, nombrada por el presidente Franklyn D. Roosevelt en los años 30.

Años después de la tragedia, fue ella quien comentó que los nacientes líderes habían decidido transformar ese sentimiento de culpa colectivo que se percibía en una especie de victoria para el movimiento obrero. Días después del incendio, ella trabajó como investigadora en la comisión designada para investigar el desastre. Una comisión que fue creada para tal fin, con poderes nunca antes concedidos a un ente de su naturaleza, entre ellos hacer comparecer legalmente a testigos, contratar expertos para estudiar todos los peligros de incendio en el lugar de trabajo, y todas las condiciones peligrosas, las enfermedades propias de cada oficio, y las condiciones de la propiedad en la cual funcionaban las factorías. Esa comisión de 10 personas visitó tres mil fábricas de 20 industrias diferentes.

Sus conclusiones llevaron a la expedición de veinte leyes nuevas, algo sin precedente en la historia norteamericana. Leyes que cambiaron por completo el panorama laboral del estado de Nueva York, que era el de mayor población en esa época. Leyes que obligaron a colocar rociadores de agua en todos los edificios altos, a hacer entrenamientos o simulacros de cómo actuar en caso de incendio, a prohibir que los trabajadores fueran encerrados, a tener escaleras de incendio funcionando y con fácil acceso.

Se promulgaron leyes que brindaban mayor protección para las mujeres y los niños trabajadores, y restringían el trabajo que se hacía en las propias casas de la población más pobre, y se apoyó el crecimiento del Sindicato Internacional de las costureras, que durante años luchó para conseguir mejores condiciones de trabajo. Para garantizar el cumplimiento de estas leyes, fue necesario reorganizar completamente la Secretaria de Trabajo del Estado.

Quedan muy pocas fábricas. La gran mayoría opera en China y en otros países pobres. Los sindicatos están débiles. Y la derecha republicana, apoyada por las dueños del capital, lucha para debilitarlos más, presiona para que las normas de protección laboral se deroguen, para que los beneficios logrados desaparezcan, y para que quienes violan la ley no paguen ningún castigo.

Pero hoy, la ciudad se tomará una pausa para recordar y rendir homenaje a las víctimas. Esta y la tragedia del 9/11 son las mayores tragedias de Estados Unidos en el sitio de trabajo. Muchos actos se han programado para hacer de esta conmemoración otra victoria. Desde marchas y concentraciones al frente del Edificio Brown, con los descendientes de las víctimas y los políticos incluidos, hasta música, poesía y la presentación de libros y películas sobre la tragedia. Una fecha propicia ahora que a nivel nacional se discute la validez de los sindicatos. De esas cenizas surgió un movimiento que es necesario revitalizar, que garantiza la democracia y que no debe morir.

Mayor información: http://rememberthetrianglefire.org

Por: Elsa Tobón, colaboradora de Soyperiodista.com

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