Ni 'mulata', ni 'morena', ni 'morenita'

En Nueva York, a lo largo y ancho de USA y del mundo, se trataba a los ciudadanos de piel oscura con un desprecio tal que se les consideraba de segunda y hasta de tercera clase.

En Nueva York, a lo largo y ancho de USA y del mundo, se trataba a los ciudadanos de piel oscura con un desprecio tal que se les consideraba de segunda y hasta de tercera clase. Era común ver afiches con ‘negros’ en medio de la selva, semejando monos o trabajando como esclavos en las plantaciones del Sur, a pesar de que ésta había sido abolida desde 1863.

Afiches que en ocasiones se reemplazaban con monos comiendo banano, y luego, por temor a la sanción, solo con bananos o sogas con nudo de horca que recordaban las prácticas del Ku Klux Klan. Al lado de esos afiches, el aviso claro y visible: “Colored People are not Allowed” -No se admiten negros-, “Whites Only” -Solo para blancos-. Avisos que estaban en todas partes: en las salas de espera de las terminales de buses o trenes, en los consultorios, en los servicios sanitarios y hasta en las piscinas públicas. Everywhere!

Llegaron los 60, Martin Luther King Jr., los derechos civiles. Llegaron y pasaron y se suponía que no existía discriminación y yo no tenía por qué ser considerada ‘de color’ cuando llegué a Nueva York, en julio del 2003. ¿Cómo iba a serlo después de tantas mezclas en mi familia? Mi abuelo paterno era del color de Shaka Zulu, el rey de los zulús, el que puso a correr a los británicos. Pero se casó con una mujer ‘más blanca que la leche’, y mi papá nació menos ‘negro’ que mi abuelo. Mi papá era un negro hermoso y de buena pinta pretendido por muchas en mi pueblo pero escogió como su esposa a una mujer tan blanca como su madre y yo nací más clarita que él, tanto que durante toda mi vida protestaba cuando me decían ‘negra’ y me identificaba como "morena”, “morenita”, tal como él mismo me había enseñado.

Esperanzada en los cambios que traería la Constituyente, estuve al tanto de casi todas las discusiones, pero no en la atinente a la definición de las personas de color como afrocolombianas. ¿Por qué me iba a importar si yo ni era de ellos ni me parecía a ellos? Así que cuando llegué a Nueva York y la abogada con quien fungía como voluntaria me dijo que yo era de color, protesté. “Soy solo morena, morenita y bonita”, ya con mi autoestima más alta.

Insistió en que no y me dio una explicación que ni acepté ni entendí pero que me dejo inquieta y curiosa y empecé a buscar. Historias van y vienen. Películas. Documentales. Sobre las protestas por la discriminación. Las batallas en las calles y en las cortes. Las discusiones en los hogares. La guerra civil y la desobediencia civil. El mes de la herencia ‘Afro-americana’ con ejemplos de triunfos y fracasos, de llanto y risa, de desesperación y esperanza.

El discurso de Mr. Obama sobre el racismo, del cual entendí poco en aquella época pero si lo suficiente para comprender cuál había sido su lucha para entender sus dos comunidades: la representada por su abuela blanca, quien a pesar de criarlo y amarlo más que a nadie en el mundo, un día le confesó que la atemorizaban los ‘negros’ y por eso cambiaba de acera cuando uno de ellos venía por su mismo lado. Sentimientos hacia su raza que no podía descalificar, cómo tampoco podía renegar de su pastor ‘negro’ así pronunciara sermones incendiarios en contra de la opresión blanca.

Fui conociendo la lucha de miles de hombre blancos junto a miles de hombres negros para dejar atrás la discriminación, porque entendían que la esencia de un hombre transcendía el color. Poco a poco olvidé las fechas que con tanto esmero me habían enseñado y entendí los hechos, desde la marcha para cruzar el Puente en Selma hasta la de Washington, desde la firma de la Ley de Derechos Civiles de 1964 por el presidente Lyndon B. Johnson, hasta la decisión de mandar a los federales a escoltar a Ruby Bridges en su camino a la escuela primaria William Frantz, en la calle Gálvez Norte 3811, Nueva Orleans, Luisiana, y la del gobierno de pagarle a una maestra de Boston durante todo un año para enseñarle a esa única alumna, porque las maestras locales se negaron a enseñar a una ‘negra’ y los padres rehusaron enviar a sus hijos blancos a la prestigiosa escuela.

Entendí por qué si era de color y me pensé como 'negra'. Pero no como afro-colombiana.

A todo santo le llega su día y el mío llegó hace dos años en un concierto de un grupo africano al que asistí. Los examiné: Trajes coloridos, instrumentos de percusión y viento, algunos con partitura. Pasé de oír a escuchar. La música me fue bañando, me envolvió de tal manera que yo, la sin ritmo, de quién decían mis hermanos “es más fácil cogerle el paso al tren”, empecé a seguirla. Primero con timidez, con un golpecito suave de los pies que se fue haciendo tan fuerte y poderoso que no me bastaron ni los pies ni las manos ni la cabeza sino que me arrebató, se me metió por dentro y salí a bailar. ¡La sin ritmo ni cadencia danzando en perfecto compas con la música! Mi herencia Africana reclamando su lugar, diciéndome de donde era y lo orgullosa que debía estar de serlo.

Vengo del África, la cuna del primer ser humano. El continente donde queda Etiopía, la patria donde nació Lucy hace 3.5 millones de años. África, de cuyas raíces se alimenta nuestra música, desde la cumbia hasta el porro, pasando por el mapalé y llegando al jazz, al blues, al rap, al sonido de los tambores, las flautas de hueso de marfil y de madera. África, de donde vienen los collares de pepitas de mil formas, tamaños y colores. África, donde nacen los colores vibrantes. África, donde viven unos animales tan majestuosos y civilizados que solo matan para sobrevivir. África, la patria grande olvidada-saqueada-sufrida-pobre-enferma-y lejana que algún día visitaré…

No soy ‘negra’, ni ‘morena’ ni ‘morenita’ ni ‘mestiza’. Soy orgullosamente afrocolombiana. Como se reconocen las mujeres del Pacífico Colombiano. Como dice la Constitución. Necesité casi 60 años para comprenderlo. Solo espero no esperar muchos más para que mis compatriotas también lo acepten. O para que al menos usen las comillas cuando hablen de nosotros, y se cuiden de tirarnos bananos o de ponernos en símiles con los monos. Es una falta de respeto grave ante la que muchos no protestan solo por desconocimiento de su herencia.

Por Elsa Tobon, colaboradora de Soyperiodista.com.