Hugo Chávez: 'Los sueños vienen como la lluvia'

“El látigo Chávez”, como cariñosamente llama Hugo Chávez a su ídolo de niñez, se constituye en un fenómeno psicológico, sociológico y pedagógico que debe mover la conciencia educadora de América latina.

Látigo Chávez y Hugo Chávez

Acabo de mirar el documental sobre la vida de Hugo Chávez “Los sueños llegan como la lluvia”, treinta minutos que nos acercan al hombre, al padre, al militar, al estadista…, al soñador. De repente se esfuma ese pesar, esa sensación de abatimiento y frustración que cada vez se hacía más grande y fuerte.

Y entiendo que la muerte no existe, que es solo un pretexto para hacernos apreciar con mayor intensidad la vida y sus pequeñas y grandes circunstancias. No en vano uno de sus mejores capítulos hace referencia a la admiración de Hugo Chávez hacia ese beisbolero muerto trágicamente en un accidente aéreo de un 16 -tambien de- marzo de 1969 y que se constituyó en punto de referencia para la vida, el destino y los sueños de este líder latinoamericano.

Sin duda alguna que “El látigo Chávez”, como cariñosamente llama Hugo Chávez a su ídolo de niñez se constituye en un fenómeno sicológico, sociológico y pedagógico que debe mover la conciencia educadora de América latina. Cómo fue posible que un muchacho humilde, sencillo, que tenía entre sus planes ser pintor o beisbolista, de repente terminara convertido en un militar que deseó transformar los destinos de su amada Venezuela, un sueño que trascendió fronteras y que permitió que sea reconocido en el mundo entero.

La comunidad europea, Asia, Japón, China, Australia y muchos países lamentan la sensible muerte de este venezolano, que nació en un humilde pueblo y en una vieja casa en un hogar formado por dos maestros de escuela. Su madre “le enseñó a enseñar”, a formar a los hombres, a llevar cultura y esperanza a los prójimos en una vieja cartilla que por todo lema expresaba “romper las cadenas” de los hombres y los pueblos. De su padre puede decirse que lo quiso hombre de bien sin importar la carrera o la profesión que eligiera; hombre adusto que llegaba todos los días en una vieja bicicleta y que al aproximarse a su casa simplemente se “paraba” en una pierna para bajarse rápido de ella y abrazar a su familia.

De repente, de golpe, como la lluvia, vienen a mi mente sus palabras para decirme que somos hombres en la medida en que admiramos a otros hombres, en la medida en que nos medimos en ellos y en la misma y exacta medida en que intentamos parecernos a ellos. Y así como él admiró y aprecio la figura legendaria del “Látigo Chávez”, así mismo comienza esa leyenda y admiración hacia Hugo Chávez y eso es bueno para la historia, para los hombres, para la humanidad.

Es curioso como solo en la muerte empiezan a vivir los hombres de verdad, aquellos que se atrevieron a torcerle el cuello al destino, a la vida, a las circunstancias, a la incomprensión y hasta a la misma adversidad. No en vano Hugo Chávez permaneció dos años en la cárcel tras su intento fallido de dar un golpe de Estado en su amada Venezuela para rescatarla de las manos perversas y mercenarias de quienes por años, décadas y centurias la habían convertido en su prostituta al servicio de sus más bajos intereses. Al salir de esa cárcel, de ese encierro, de esa falta de luz y conciencia se encuentra con una patria lacerada y vencida.

Solo cuando visita la tumba de ese beisbolero al recibir la daga militar y llorar ante ella nace el verdadero Chávez, ese nuevo látigo que no le teme a los poderosos y que se enfrenta con su palabra y sus acciones a la casta poderosa que hasta esos días había desangrado a su gente haciéndola miserable en medios de una opulencia que únicamente servía de acicate para los desposeídos que recibían a cambio solamente palabrería, fallidas esperanzas y una eterna miseria.

Es en la tumba de es otro “Látigo Chávez” donde nace la fuerza revolucionaria de la América del siglo XX. Y entendiéndolo así, de esa manera, no hay porque estar triste, ni lamentarse, ni llorar, ni sentir que la ausencia de ese hombre impedirá que se levanten las revoluciones en nuestros países, en nuestra América.

Nos resta agradecer a la vida, a la historia misma que nos permitió ser parte de esta página escrita magistralmente por ese hombre sencillo, a veces burdo y en todas las ocasiones amado e incomprendido. La muerte no existe, es un simple y llano pretexto para hacerse grande, para romper fronteras físicas y habitar todos los espacios que antes nos era imposible. Tengo la certeza que sin ese beisbolero, “El Látigo Chávez”, no habría sido posible la Revolución Bolivariana pues simple y sencillamente Hugo Chávez habría sido un militar más o un pintor de relativo éxito o un ingeniero al servicio de las transnacionales del petróleo. Gracias a la muerte y a la admiración de Hugo Chávez por este personaje fue posible tanta historia en un mundo donde todo estaba escrito y dicho. Y la verdad es que no voy a llorar, ni a lamentarme.

En mi “Padre Nuestro” diré, como Hugo Chávez, que me haga fuerte y bueno como “El Látigo Chávez” y agregaré, de mi cosecha, “y también como ese militar venezolano que hizo de Bolívar y de Simón Rodríguez sus verdaderos tutores”. Y me prometo visitar su tumba y la del “Látigo Chávez” para morir en paz conmigo mismo y con mi generación.

Por Pablo Emilio Obando, colaborador de Soyperiodista.com