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Tema del dia 30 Abr 2012 - 10:52 pm

Los barrios más candentes de América Latina

La luz de los desamparados

El Amparo, en el suroccidente de la capital colombiana, es uno de los barrios que cargan con el estigma de la inseguridad, pues en uno de sus límites con otras zonas se han articulado redes de microtráfico.

Por: Santiago Valenzuela
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/ Luis Ángel

Un hidrante rojo estalla en la carrera 80 con calle 42A Sur, en la entrada del barrio El Amparo. Son las 11:30 de la mañana. Un hombre delgado, con canas y arrugas en el contorno de los ojos, pasa caminando, pisando los charcos. Él y la carreta de madera que soporta en sus hombros no pueden evitar el gran charco en el que se ha convertido su camino, el mismo que tienen que recorrer a diario otros recicladores del sector, evadiendo huecos, piedras y el polvo que emerge de la arena cuando sopla el viento.

Desde hace 40 años la luz del sol se filtra por la estructura de cemento más grande del lugar y que es la frontera de El Amparo con otros barrios aledaños: Corabastos, la central de alimentos más grande del país. La entrada seis es considerada por algunos patrulleros del lugar como “el cáncer de El Amparo”; tiene al menos ocho locales en donde se expende licor (desde rockolas hasta panaderías), pequeños negocios en donde se vende chicha a $500 y otros puntos de encuentro que no se ven a la luz del día, como los lugares en donde se venden la marihuana y el bazuco.

En las calles de El Amparo es común que el espacio lo compartan las carretas cargadas de chatarra y las tanquetas de la policía. “Aunque es un barrio de latas, casas mal construidas y sin espacios verdes, lo que hay son policías, hasta pusieron un CAI móvil”, comenta un comerciante del sector.

Catalogado por los medios de comunicación nacionales como “el que encabeza el ranquin de los barrios más peligrosos de Bogotá”, El Amparo ha tenido que lidiar con el estigma de inseguridad y violencia. Las cifras de inseguridad en el año 2011 mostraban un panorama preocupante en la zona. De 534 homicidios que se registraron en Bogotá el año pasado, 166 ocurrieron en la localidad de Kennedy. Con respecto al hurto a personas, allí se presentaron 818 casos, de los cuales 154 sucedieron en la zona 2, a la cual pertenece El Amparo.

“Yo le dije al alcalde Gustavo Petro, el día que vino, que le cambiara el nombre al barrio. Los taxis ya no entran aquí, mis hijos no me visitan, si acaso vienen 10 minutos y se van”, comenta Gaby Roldán, un ama de casa que considera que el barrio ha sido estigmatizado. Para don Floro Arias, un tendero que trabaja en El Amparo hace 10 años, el estereotipo tampoco es justificado. “Yo no sé por qué hablan tan mal de El Amparo, a los vecinos no nos matan, no nos roban. Cuando pasa eso, pasa en calles deshabitadas”.

Según las estadísticas del Centro de Atención Inmediata Caldas, encargado de la seguridad en la zona 2 de Kennedy, los homicidios, así como las lesiones personales, han disminuido considerablemente. En el primer trimestre del año se presentaron 12 homicidios, lo que significa una reducción del 48% en comparación con el mismo trimestre del año anterior, cuando se dieron 23 casos. Por su parte, las lesiones personales disminuyeron en 37%, el hurto a locales comerciales 39% y los robos comunes 71%.

El Amparo, a diferencia de otros barrios vecinos como Bella Vista, no tiene colegios distritales. Entre las calles polvorientas está el humedal La Vaca, que, aunque se ha deteriorado por las toneladas de basura que surgen del sector, sigue siendo, para los habitantes, el único pulmón del barrio. “En ese lugar los antepasados se curaban, por los recursos minerales cicatrizantes que hay en el humedal. Aunque el primer contaminador fue Corabastos, que llegó en 1972, El Amparo todavía se puede curar”, afirma Roldán.

La esperanza de los habitantes del barrio está, por primera vez, en sus manos. A raíz del proyecto de presupuestos participativos de la Alcaldía, el barrio recibió $1.563 millones para destinarlos a desarrollo social. Algunos habitantes afirman que hay que invertir más en seguridad, y otros, como Hugo Quintero y Gaby Roldán, abogan por la creación de centros educativos sin abandonar la seguridad: “El foco de inseguridad y microtráfico está en la carrera 81H, en la calle 41F hasta la carrera 81K. Es ahí en donde hay que instalar un jardín múltiple acompañado con aulas culturales para los jóvenes”, comenta Hugo, mirando directamente a los patrulleros que vigilan el barrio.

En el horizonte, donde se alcanzan a ver las paredes pálidas de Corabastos, pasa un niño con los pantalones raídos y con agujeros en los zapatos, sosteniendo en su mano derecha un diente de león. Roldán, que tiene el paisaje del barrio a sus espaldas, también se fija en el niño: “Se llama Cristian, tiene 10 añitos y ya está en las drogas. La mamá es buena persona, pero tiene que trabajar todo el día y él se queda en la calle. A veces pasa con una botella de bóxer en la mano. Pero hay que tener fe, pues: “Donde más abunda la desgracia, se fortalece la gracia”.

 

* Santiago Valenzuela
 [email protected]

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