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Tema del dia 31 Mar 2013 - 9:00 pm

Secuestrados durante 12 años por las Farc

Un año de libertad, un futuro incierto

Tres de los exsecuestrados narran los inconvenientes tras su liberación.El sargento Lasso, el intendente Duarte y el sargento Forero, de la Policía, aseguran que su situación en la institución no se ha definido.

Por: Rosario Moreno Hernández
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Muchos de los personajes de la vida nacional que en medio de la noticia mundial de su liberación se acercaban para tomarse una foto con ellos, hoy ni siquiera les contestan el teléfono.

Esa es la nueva realidad a la que se han debido acostumbrar José Libardo Forero Carrera, César Augusto Lasso Monsalve y Carlos José Duarte, tres de los 10 miembros de la Fuerza Pública que mañana martes cumplirán un año en libertad, luego de ser secuestrados por las Farc durante más de 12 años.

Lejos del ‘show mediático’ en que para algunos se convirtió su liberación, intentan rehacer sus vidas en familia y dejar de lado ese trato de ‘celebridades’ que recibieron los primeros meses tras su liberación.

Es más, como si su cautiverio hoy ya estuviera en el olvido, algunos de ellos tienen que esperar eternamente por una cita médica: “Llevo tres meses esperando a que me asignen una cita con el oftalmólogo, porque tengo graves problemas de visión. Como consecuencia del secuestro soy muy sensible a la luz y necesito un tratamiento”, dice el intendente jefe Carlos José Duarte, quien vive junto con su esposa en una casa fiscal de la Policía Metropolitana de Villavicencio.

Pero este podría ser uno de los ‘males menores’. Hoy, pocos de los secuestrados tienen una vivienda propia como patrimonio para dejarles a sus hijos. Es más, en algunos casos hasta peligra la obtención de una pensión completa.

“Mi sueño es poder dejarle una casa a mi familia, pero no la he podido comprar porque no nos han definido si nos mandan como agregados militares al exterior o nos dejan en Colombia”, dice César Augusto Lasso, quien paga arriendo en una casa de la capital del Meta, donde viven varias familias.

Contrario a lo que se puede pensar, andan por las calles sin escoltas y no tienen ningún privilegio.

“A mí me preocupa la pensión, porque debido a un limbo jurídico del nuevo régimen de pensiones para la Policía, no sabemos cuánto tiempo servido llevamos. El futuro no es claro ni para nosotros ni para nuestras familias, y si hoy cometiera un error y me sacaran de la institución, sólo saldría con media pensión”, dice Duarte, quien agrega que en la misma situación están Jorge Trujillo Solarte y Wilson Rojas, dos de sus compañeros que también quedaron en libertad hace un año.

De los diez uniformados que regresaron a la libertad ese 2 de abril de 2012, cuatro integrantes del Ejército se encuentran en el exterior y seis de la Policía aguardan en Villavicencio y Bogotá a que se resuelva si son enviados al exterior o los dejan en el país en sus respectivas dependencias.

Volver a estar con sus familias y adaptarse a los diferentes cambios de la sociedad ha sido una labor en ciertos casos compleja, pues luego de una vida en la que debían pensar todos los días en sobrevivir, la vida tranquila en el hogar provoca impactos emocionales. Las relaciones con los hijos y recuperar su autoridad como padres son uno de los escollos que en un año no se logra superar, aseguran.

En este primer año los integrantes de la Fuerza Pública han podido viajar al exterior, se sorprenden con el crecimiento de las ciudades en Colombia y no se acostumbran a los cambios tecnológicos que se han encontrado en la cotidianidad de sus vidas. De un telegrama que debían esperar días en llegar, hoy tienen mensajes instantáneos desde sus celulares.

“Volver a la libertad y adaptarme a la sociedad ha sido un poco difícil, porque tengo mucha ansiedad y los primeros días no podía conciliar el sueño. El ruido me molestaba y no me gustaba la calle ni ver tanta gente, quiero vivir la vida intensamente y disfrutar con mi familia cada momento y me gustaría ayudar a otras personas, que de alguna u otra forma han sido también víctimas del conflicto armado de nuestro país”, manifiesta el sargento mayor César Augusto Lasso, secuestrado en la toma de Mitú (Vaupés) en 1998.

Después de regresar decidió casarse en noviembre pasado con Ninfa, eterna compañera y madre de sus hijos. Ella dice que inicialmente le dio toda la libertad para que él decidiera qué hacer con respecto a su relación de pareja: “Por eso volvimos a comenzar y tratar de conquistarnos y vivir de manera especial e intensa lo que tenemos ahora”, dice la mujer.

“Con los hijos ha sido difícil, porque ellos crecieron sin su papá y algunas veces no les gusta que uno quiera imponer autoridad. Sin embargo, tengo una relación muy unida con ellos”, afirma Lasso, quien asegura que quiere estudiar Ciencias Políticas, Relaciones Internacionales y Resolución de Conflictos.

Para el sargento primero José Libardo Forero, estos 365 días de libertad han sido una nueva relación con su esposa porque, según él mismo, “antes era muy irresponsable y no valoraba lo que tenía a mi lado”.

“En la parte social el trato con las personas es difícil, porque hablo con alguien, lo saludo y al día siguiente no me acuerdo de esa persona. Estoy perdiendo un poco la memoria”, dice Forero, quien ahora tiene una relación más cercana con Dios y asegura haber visto milagros.

“Una vez cayó un rayo muy cerca del campamento, mató a un guerrillero, dejó heridos a otros y a nosotros no nos pasó nada; dos veces el Ejército bombardeó el sitio donde nos encontrábamos; cuando me fugué con Trujillo Solarte, el 15 de septiembre de 2009, y nos recapturaron, nos hubieran podido matar y no lo hicieron”, recuerda Forero. Ahora no soporta el ruido extremo y se altera fácilmente. Padece de infecciones en los pies por permanecer tanto tiempo en la humedad.

El principal aliciente para lograr superar estos casi 13 años de cautiverio, para Carlos José Duarte, ha sido su familia: “Este año ha sido difícil, porque son muchos los cambios que se han dado en la sociedad y uno se siente desubicado. Le digo a Gloria, mi esposa, que yo acabé de nacer. Como mis hijos crecieron sin la autoridad paterna, llegar y empezar a inmiscuirse en sus cosas ha sido complicado y hemos tenido choques”, explica José Duarte.

No le gusta salir a la calle, solamente lo hace cuando es necesario, prefiere quedarse en la casa viendo televisión.

Aprendió a agudizar el oído e identifica plenamente los sonidos: “Estábamos en Bogotá y se escuchó un ruido muy fuerte. De todas las personas que íbamos en el carro, el único que aseguró que había sido un bombazo fui yo. Nadie me creyó. Luego en las noticias se supo del atentado al doctor Fernando Londoño”.

Gloria Marín, su esposa y una de las familiares más visibles a los medios durante el secuestro de Carlos José, dice que ahora su trabajo como secretaria de Derechos Humanos y Víctimas de la Gobernación del Meta la absorbe: “Tratamos de estar juntos, siempre buscamos tiempo para disfrutar los dos, salimos a almorzar, él me recoge en el trabajo”.

“Lo único que esperamos es que la sociedad no nos olvide porque el secuestro y nuestra historia ya hacen parte de la historia de este país”, dice Duarte.

‘PERIÓDICO DEL META’

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