Venezuela, ¿cómo amaneces?

El ganador se encontrará con la férrea oposición inicial de los partidarios de su rival y con una hemorragia de pedidos, por eso tendrá que buscar una base de apoyo grande.

Henrique Capriles votó en el municipio de Baruta. / AFP
Henrique Capriles votó en el municipio de Baruta. / AFP

Venezuela hoy no será igual a lo que ha sido, más allá del resultado electoral. Hugo Chávez marcó una época en el país y en América Latina. Desde el golpe de Estado de 1992 han transcurrido 21 años, casi una generación completa en la que el sello de Chávez ha impactado a su país y a otros países de la región, entre ellos Colombia. Pero Chávez no está y nunca estará más ausente que hoy, 15 de abril, cuando el país que gobernó lo lance al pasado irrevocable, aunque la ceremonia del olvido deba cumplir alguna simulación de añoranza.

Venezuela se enfrenta a un ominoso futuro económico. Cuando Chávez llegó al poder, el precio del petróleo era poco más de US$7 el barril; en 2008 llegó a más de US$140 y por estos tiempos permanece sobre los US$100. Ayer sobraba y hoy no alcanza. Éste es el verdadero milagro venezolano, el de haber convertido casi US$700.000 millones ingresados en 14 años en un monto insuficiente. La mayor riqueza jamás habida en ese país y con el crecimiento per cápita más bajo de la región, después de Haití.

Un país que ha extremado su condición monoproductora hasta el extremo de que el 96% de sus exportaciones son petroleras y que ha gastado más de 60% de esos recursos en importaciones, con un tipo de cambio sobrevaluado que ha destruido el aparato productivo nacional, pero que ha creado con las importaciones una sensación de bienestar imposible de sostener en el tiempo. El consumo en Venezuela se ha incrementado en 53%, pero no porque se haya producido más sino porque se ha importado más.

No sólo ha sido el resultado de una política económica sino de una convicción ideológica que ha atacado al empresariado privado. Así, mientras los empresarios venezolanos han sido acusados de agentes del imperialismo, los de otras latitudes han expandido sus negocios exportando a Venezuela. Y cuando los recursos no han sido suficientes, se ha procedido a incrementar la deuda pública; la externa se ha cuadruplicado en 14 años.

Una política económica basada en el incremento del gasto público financiado por el petróleo, con un ataque persistente a la empresa privada, con anclaje cambiario para combatir la inflación y con controles administrativos de precios, se ha traducido en inflación y escasez, los dos fantasmas que se sientan a la mesa del venezolano y que amenazan a quien quiera que asuma el próximo gobierno. Lo cual conducirá a nuevas devaluaciones.

La posibilidad de incrementar la producción petrolera para obtener más recursos es nula en el corto plazo, porque Pdvsa se ha visto también afectada al usar buena parte de sus recursos para objetivos diferentes al desarrollo de la industria. La única esperanza es que ocurran “accidentes históricos”, como guerras, para producir aumentos súbitos del precio. En ausencia de ambos elementos, al gobierno venezolano no le quedará más remedio que contraer el gasto y disminuir las importaciones, lo cual afectará especialmente a quienes se han beneficiado de los programas sociales, de las llamadas “misiones”. Cierto que en Venezuela el índice de desigualdad ha descendido y la pobreza también, pero no por especial habilidad de Chávez, sino como ha ocurrido cada vez que el país ha experimentado un boom petrolero, siendo el de estos años el mayor de la historia.

El propósito revolucionario de Chávez lo llevó a una masiva destrucción de las instituciones del viejo orden sin que nuevas instituciones pudieran reemplazarlas. Así, Pdvsa, la Fuerza Armada Nacional y el Banco Central han sido intervenidos, sus márgenes de autonomía eliminados y sus finalidades alteradas. La fragilidad institucional ha llevado a violaciones sistemáticas de leyes y normas, incluida la propia Constitución, sobre la base del principio ideológico, según el cual la justicia debe prevalecer aun si es necesario violar la ley. La ausencia de una legalidad estatal consistente se ha expresado en la violación de la propiedad privada y la pérdida de la seguridad jurídica y personal.

El nuevo gobierno, si su elección no es controvertida o cuestionada, tendrá que buscar una base de apoyo que alcance al sector que no votó por él. Ni Maduro tiene fuerza para imponer la continuidad radical de las políticas que como heredero de Chávez encabezó, ni Capriles podría ignorar el apoyo que posee su contendor y el control que ejerce sobre todas las ramas del Estado. Capriles tiene las manos bastante libres para hacerlo. Maduro no, dada su condición de prisionero de las tendencias del chavismo que no lo tienen como representante y menos como jefe.

El ganador se encontrará con la férrea oposición inicial de los partidarios de su rival y con una hemorragia de demandas. Tendrá que recortar las “ayudas” a otros gobiernos, aunque si le toca a Maduro deberá hacerlo con discreción para quebrantar lo menos posible la forzada solidaridad internacional. Se verá obligado a desmantelar los grupos paramilitares amparados por el Gobierno.

En una clasificación arbitraria y antihistórica, Chávez denominó la época que inauguró hace 14 años con el mote de Quinta República. Si se aceptase este apelativo, se puede decir que hoy, 15 de abril de 2013, comienza en Venezuela la Sexta República.

* Profesor de Relaciones Internacionales de la U. de Boston. / [email protected]