"Las cosas no mejorarán"

Desde antes de que Uribe llegara al poder, la Embajada estadounidense consideraba que el Movimiento Bolivariano de Chávez era una piedra en el camino que siempre estropearía el entendimiento de Venezuela con Colombia.

Esta semana el expresidente Álvaro Uribe levantó polvareda por su reunión con miembros de la oposición venezolana. Tras un año de armonía diplomática entre los gobiernos Santos y Chávez, el incidente fue una especie de flashback de lo susceptibles que pueden llegar a ser las relaciones entre Colombia y Venezuela. Para los estadounidenses, incluso desde antes de que Álvaro Uribe llegara al poder, era un hecho que dichas relaciones nunca lograrían componerse por completo, al menos no mientras Chávez permaneciera en el palacio presidencial.

En un cable enviado por la entonces embajadora Donna Hrinak a Washington, fechado el 3 de enero de 2002 —siete semanas antes de que se acabara la zona de distensión—, la alta funcionaria comunicó que había “cero posibilidades” de que el mandatario venezolano, Hugo Chávez, cambiara su deseo de expandir la revolución bolivariana y, por extensión, de que las tensiones entre los dos países se redujeran. Tales tensiones, advirtió Hrinak, no eran fruto de la inexperiencia o el desacierto, sino de las profundas convicciones de Chávez sobre su papel en el mundo.

El primer incidente entre Colombia y Venezuela, anotó Hrinak, fue el momento en que Chávez pidió estatus de beligerancia para las Farc. A partir de ahí, Estados Unidos identificó un “patrón” común en las relaciones bilaterales: un comentario venezolano agresivo, una reacción colombiana de rechazo, una salida de los venezolanos diciendo que hubo un malentendido. Para los estadounidenses, sin embargo, esta situación empezó a causar un efecto tóxico y de carácter acumulativo sobre las relaciones entre los países vecinos.

¿De qué lado está Chávez?, se preguntaban los funcionarios de EE.UU. “Esa no es una pregunta fácil de responder”. De acuerdo con el cable, para los norteamericanos era claro que el gobierno venezolano buscaba a los guerrilleros de las Farc para negociar la liberación de sus nacionales secuestrados. Para la Embajada, no obstante, era también una certeza de que la simpatía de Chávez tanto por las Farc como por el Eln llegaba al punto de considerarlos como posibles partidos políticos. Y que, en al menos una ocasión, la administración Chávez había facilitado el viaje de guerrilleros a Venezuela.

Dice el cable, además, que todas las políticas de Chávez hacia Colombia estarían enraizadas en sus propias convicciones: principalmente, que así como la revolución bolivariana defiende la lucha de las clases bajas contra las élites, no sería difícil concluir por qué lado se inclinaba el mandatario venezolano en el caso colombiano. Para Chávez, expresó Hrinak en la misiva, los grupos guerrilleros eran aliados en su plan de exportar su visión a otros países andinos; incluso si eso significaba obviar el hecho de que las Farc estuvieran involucradas en asuntos de narcotráfico. “Tampoco es difícil imaginar qué resultado desea su cercano amigo Fidel Castro para Colombia”, anotó Hrinak.

“Las cosas no mejorarán”, concluía la diplomática estadounidense. Chávez, indicó Hrinak, estaría dispuesto a continuar armando su política exterior y a asumir las confrontaciones que implicaría con el Gobierno colombiano. Ocho años de altibajos con el gobierno Uribe, caracterizados por serias crisis diplomáticas, le dieron la razón. Desde que el presidente Juan Manuel Santos se posesionó las relaciones con Venezuela han sido armónicas. Sin embargo, la posibilidad de que el jefe máximo de las Farc Timochenko y otros miembros del secretariado se encuentren en territorio venezolano parece ser una bomba de tiempo sobre tanta armonía.

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