Por: Laura Juliana Muñoz

Las 1.001 noches del cómic

Dodola es la niña del agua. Bailará envuelta en flores mientras su pueblo canta para que se abra la lluvia. Pero un día llega la sequía. Entonces es vendida por su padre a cambio de agua, para que sea la joven esposa de un escriba.

 Así se esboza el triángulo crucial de Habibi (Astiberri Ediciones), una novela gráfica del estadounidense Craig Thompson: el deseo, la sequía y las historias. El esposo de Dodola copia manuscritos del Corán, Las mil y una noches, la Biblia y grandes poemas de amor. Ella jugará sobre la caligrafía y después la recordará para salvarse. Para salvar a Zam, o su Habibi (“mi amado”), que no es su hijo, ni su hermano, ni su amante. Y a la vez lo es.

El escenario se amplía. Vemos un desierto. Un barco ahogándose en lo que antes era mar. Es la guarida de dos niños hambrientos, Dodola y Zam. La esclavitud que los ha condenado ahora los une. Y en esa compañía, en ese hogar inventado y temporal, tendrán libertad. Una pequeña libertad. Vendrán el rapto, el abandono y la prisión en un harem que para otros será el jardín de las delicias. Confirmaremos que quien tiene el agua tiene el poder. Quien la encuentra es el bendecido. Será aún más clara la injusta división entre el primer y el tercer mundo y más borrosa la de los caminos cruzados entre el cristianismo e islamismo. Los personajes serán, sobre todo, condenados por sus propias fantasías.

La época es atemporal. Fluye entre la cultura y el primitivismo del pasado, la sociedad del consumo del presente y el terror del futuro gracias a la audacia que propone el cómic. Las historias calmarán el mareo de Zam a bordo de un barco perdido y mantendrán palpitante la esperanza de Dodola de volver a estar con él. La esperanza no vuelve inmortal, pero sí alimenta. La narración es el abrigo.

Ella es Sherezade para Zam por medio del relato. Pero será Sherezade ante el sultán a través de su cuerpo. Debe entretener al animal que tiene el poder. Castigo largo y difícil. Dice el sultán: “Mi reino está fundado en la libertad… y se me hace muy aburrido. He tenido tantos placeres que mis sentidos se han abotargado”. Dice Dodola: “Cuando el mundo exhale su último aliento, en cualquier caso, las masas seguirán necesitando algo que las distraiga de la destrucción (…) y mi cuerpo seguirá siendo moneda de cambio”.

A Thompson le tomó siete años terminar este libro. Siete años para hacer de cada página una obra de arte. Transitamos por sus cientos de páginas cautivados por la simbología insinuada por sus dibujos, la delicada caligrafía árabe ornamental, la sensualidad excesiva (por algunos criticada, por otros idealizada) de las formas de Dodola y por la tinta negra de unos trazos pensados al detalle del ojo de una mariposa.

julianadelaurel@gmail.com

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