Por: Santiago Montenegro

11 de septiembre

ME PARECIÓ MUY SERIA Y MADUra la forma como los principales dirigentes políticos, los intelectuales y los medios de comunicación chilenos conmemoraron, cuarenta años después, el golpe militar de Pinochet y la muerte de Salvador Allende.

A pesar de que no realizaron un acto conjunto de conmemoración entre todos los grupos políticos, casi todos coincidieron en la denuncia de las violaciones a los derechos humanos, la importancia de defender la democracia, el respeto por la diferencia y las ideas ajenas y la necesidad de mirar hacia delante. Casi todos los partidos políticos reconocieron algún grado de responsabilidad en la crisis que llevó al fin de la democracia y al golpe militar. La senadora Isabel Allende, hija del presidente Allende, señaló la responsabilidad del Partido Socialista y de la extrema izquierda, por su radicalismo y la toma de fábricas, y agradeció públicamente la llamada que le hizo el presidente Piñera el 11 de septiembre como muestra de afecto.

Por su parte, el presidente Piñera causó escozor entre los sectores más derechistas de su propia coalición al acusar al poder judicial de la época por su falta de independencia y también por la colaboración pasiva de muchos sectores a los abusos del régimen de Pinochet. Varios dirigentes pidieron perdón por lo que hicieron y no hicieron, pero otros, como el expresidente Ricardo Lagos, se negaron a hacerlo argumentando que, si bien el gobierno de Allende cometió errores, jamás se puede hablar de un equilibrio de responsabilidades. Pero, entre todas las declaraciones que escuché o que pude leer durante estos días que estuve en Santiago, quizá la que más me conmovió fue la del escritor y actual ministro de Cultura, Roberto Ampuero. Entonces miembro de las juventudes comunistas, y aunque sólo tenía 18 años, Ampuero pide perdón por haber marchado por las calles de Santiago para echar por la borda la democracia chilena y creer que regímenes como los de Bulgaria, la Unión Soviética o Cuba merecían y debían ser imitados. Pide perdón por haberse dejado llevar por ideas antidemocráticas, por atacar al que pensaba diferente como un enemigo de clase, por creer que tenía la panacea a todos los males y por creer que los que no pensaban como él pertenecían al basurero de la historia. Pide perdón por haber gritado en las manifestaciones “Ho, Ho, Ho Chi Minh, lucharemos hasta el fin” o “Momios al paredón y momias al colchón”. Pide perdón por haber gritado en las calles “Allende, Allende, el pueblo te defiende”, y después haberlo dejado solo en su sacrificio supremo, por no haber estado con él en La Moneda, a donde no acudió ningún jefe de su coalición de gobierno para acompañarlo. Pide perdón porque, ya en el exilio en países de la Cortina de Hierro, exigía su derecho a retornar a Chile pero no condenaba a estos regímenes que desterraban a sus ciudadanos. Condenaba a la DINA, de Manuel Contreras, pero callaba sobre las violaciones a los derechos humanos de la Securitate de Ceausescu, la KGB de Brezhnev o la Stasi de Honecker. Una idea que reitero en estos días en Chile es que una democracia, como la de Colombia, por más imperfecta que sea, es infinitamente superior a cualquier régimen autoritario. Por eso tenemos que cuidarla y defenderla de todos sus enemigos. De los declarados y de los agazapados y ocultos.

 

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