EN VIVO: Así va la aplicación del Código de Policía en Cali

hace 21 mins
Por: María Elvira Samper

Abandonar las aulas para mecer cunas

En este país de ciudadanos felices, muchas cosas andan mal, muy mal. Un botón de muestra es el caso de la bebé Alisson Brigitte Franco, secuestrada por Liliana Marcela Castillo, de 23 años, quien tras ser capturada y aceptar los cargos fue dejada en libertad por un juez de garantías con el argumento de que “no es un peligro para la sociedad”.

No puede estar bien la justicia, ni puede confiarse en ella, cuando, contra toda evidencia, un juez decide que no constituye peligro la secuestradora de un ser indefenso entre los indefensos, más aun si tiene problemas sicológicos, como alegó la defensa. Lo indicado habría sido remitirla a una institución de salud mental, no dejarla libre por un delito cuya pena, entre 12 y 20 años de cárcel, no tiene beneficio posible de rebaja porque implica a una menor. Algo anda mal cuando la Fiscalía tiene en sus manos 21.836 casos de acceso carnal abusivo, que es como el Código Penal tipifica las relaciones —consentidas o no— entre una menor de 14 años y un hombre mayor, precisamente el caso de Katherine y su compañero John Franco, de 27 años.

Algo anda mal en una sociedad donde tantos padres permiten que sus hijas adolescentes tengan relaciones con hombres mayores y donde cada año cerca cinco mil o más niñas menores de 14 años son madres (4.697 en 2012 y 5.849 en 2011, según el DANE); donde una de cada cinco adolescentes entre 15 y 19 años ha estado embarazada alguna vez; donde las tasas de embarazo adolescente (19,5%) son las más altas de América Latina después de Venezuela (21%). Katherine y su bebé encarnan la realidad absurda de niñas prematuramente convertidas en madres, enfrentadas a responsabilidades para las cuales no están preparadas ni maduras, que ven limitadas sus posibilidades de estudio y de trabajo, y las expectativas de movilidad social y mejoría económica. Niñas en su mayoría de estratos populares (30% vs. 7% en los estratos más altos), menos educados, que verán perpetuarse en sus hijos el ciclo de la pobreza. Niñas que por lo general terminan embarazadas sin quererlo (64% según la Encuesta Nacional de Demografía y Salud 2010), pero que cuando deciden hacerlo por voluntad propia, como Katherine —según asegura ella— y muchas como ella, lo hacen por falta de un proyecto de vida y/o para escapar de entornos familiares disfuncionales o violentos que no suplen sus necesidades afectivas. Creen que el embarazo —y la maternidad— son la oportunidad de recibir y dar afecto.

Es evidente, entonces, que las campañas de información —necesarias pero insuficientes—, la educación sexual y en derechos reproductivos —obligatoria— y conocer y tener acceso gratuito a métodos anticonceptivos, no evitan el embarazo adolescente, un problema con serias implicaciones sociales, de salud y económicas, que además involucra factores culturales como el concepto de la maternidad como destino, y la costumbre de embarazos tempranos en algunas regiones y grupos sociales, pero que también tiene que ver con falta de oportunidades para los jóvenes, violencia doméstica, trivialización del sexo, iniciación temprana, crisis de la familia y un modelo de educación enfocado en el rendimiento académico y no en valores humanos.

Algo anda mal si para tantas jóvenes la maternidad es escape, si acaba siendo la consecuencia no deseada de haberle dado rienda suelta al “gustico” o de habérselo dado sin protección y sin medir las consecuencias. Algo anda mal si a las mujeres, desde muy jóvenes, no les enseñan que tienen derecho a decir “no”, y los hombres no entienden que una negativa como respuesta no desdora su virilidad. Algo anda mal en una sociedad donde miles de niñas tienen que abandonar las aulas para dedicarse a mecer cunas.

 

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