Por: Ana María Cano Posada

Abominable hábito de abusar. (Y figurar)

Colombia padece de ultrajes a la dignidad que marcan el surco de dolores del himno nacional. El abuso se volvió hábito. Las vías de hecho prevalecen al premiar a los estólidos; los abusadores pasan por normales y en conjunto se pliegan al imperio de insaciables que desconocen límites.

Tener por cuatro años más en el cargo de “quien procura” a Ordóñez, el jefe de los desmanes, es consagrar el país a otro sagrado corazón, al corazón de la corrupción enquistado en impunidad. Su elección desoyó la vergüenza ajena, por “honorables” que nos “representan” y por el presidente Santos que en su banalidad dejó que ocurrieran los bochornosos hechos.

El trasfondo de esta copa rebosada es en lo político la trinca montada (los mismos con las mismas) para reelecciones como pan comido, el cercano futuro presidenciable del movimiento de los fundamentalistas y la humillación que ha hecho mella en la mentalidad colectiva colombiana de víctimas, que no levantan cabeza, que cada vez rebuscan a sus victimarios. Por eso aquí la violencia física, psicológica, sexual, familiar, escolar, pasó a ser lenguaje cotidiano que reemplaza a las palabras, a las ideas y está en el lugar de ellas, impuesta por la fuerza por sátrapas de todos los niveles, que enmascaran los miedos, vergüenzas y humillaciones de los que están poblados por dentro y que reproducen sin fin. Ensangrientan el país y lo desesperanzan.

Pero hay más abusos. El de imperios económicos pirotécnicos, construidos sobre la credulidad de otros, pirámides que aplanan el respeto, los ahorros, los límites y las normas. O el despojo territorial ante miradas impávidas de tramitadores de antiguos problemas limítrofes con Nicaragua, otro más en esta racha de desamparo. Por esa misma carrilera sube el abuso del enajenamiento del patrimonio ambiental que nos pertenece a todos, a la feria de intereses extranjeros de yacimientos que están cerca de reservas naturales, más valiosas que los propios minerales: otra violación de derechos colectivos, a la que también nos resignamos, habituados a perder.

Y más gestos abusivos. Persecuciones racistas y sexistas en incremento (¿excremento?) en distintas esferas, desde las barriadas (Comuna 13 Medellín) hasta el Senado (Gerlein), son corolario de la cadena de excesos que hemos aceptado como normal, cosechando saqueos y ofensas sin extrañeza, sujetos por ambiciones y artimañas para apoderarse de lo ajeno.

No se sabe si este padecimiento es un estigma, un destino trágico o un desaliento por la corrupción prevalente, enfermedad que vacuna la capacidad de resistencia civil de esta Colombia sin respuestas, azotada de incertidumbres, regida por personajes públicos que no se hacen cargo o que, cuando meten la mano, es para peor.

Para rescatar dignidad dentro de los escombros, para oponerse en bloque contra este poder abusivo y perpetuado en sacar ventaja expoliando a los demás, es la tarea conjunta y pendiente, muy pendiente.

Por contraste a este padecimiento, un destello de asombro. Recupera en un instante el poder del arte y su revelación: contra toda abdicación, una sublevación, aunque sea simbólica. Madonna, reina dentro de su ficción de provocación y talento, presente en medio de este campo minado por la nada. Como súbita aparición en un sueño. Líbranos pues de todo mal.

 

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