Por: Jaime Arocha

Achebe

El pueblo de umuofia podía declararle la guerra a sus vecinos por el asesinato de una de sus mujeres.

Sin embargo, aplacaron la ira entregando a un niño y a una virgen. El niño se llamaba Ikemefuna y lo recibieron en la casa de Okonkwo, el guerrero más poderoso de Umuofia. Allá se volvió como hermano de Nwoye, el primogénito, a quien Okonkwo siempre criticó por creerlo holgazán y hasta desadaptado. Nwoye no soportaba la irascibilidad y agresiones excesivas de su padre, como la que casi le cuesta la vida a Enzinma, la menor de sus esposas, quien se demoró en llevarle la comida al marido porque no habían terminado de trenzarle su cabellera. Nwoye también aborrecía los cuentos “masculinos de violencia y derramamiento de sangre”. Ya adolescente, aún se deleitaba con las historias femeninas que su madre relataba acerca de pájaros encantados.

Ikemefuna era tan varonil y valiente que Okonkwo lo ponía de ejemplo. Cuando el joven llegó a llamarlo padre, el oráculo de las colinas y las cuevas decretó su muerte. Así, le dijeron que lo iban a devolver a su hogar, pero en el camino, mientras andaba ilusionado con ver a su madre, recibió el primer machetazo. Confundido y suplicante, acudió a Okonkwo: “Padre, me han matado”. “Aturdido por el miedo, Okonkwo desenvainó el machete y remató al muchacho. Tenía miedo (de) que lo consideraran débil”.

Desgarrado, uno deja el libro y abomina a su autor, Chinua Achebe, el novelista nigeriano fallecido el pasado 22 de marzo. No obstante el dolor que inflige su obra maestra, Todo se desmorona, uno regresa a ella obnubilado por una narrativa contrastante con la occidental por el manejo de proverbios y moralejas, y por la personalidad tan compleja de Okokwo, cuya masculinidad puede ser ofensiva. Su hija menor le inspira ternura, pero la inhibe para no comprometer su imagen de temple inquebrantable. Con todo y lo aborrecible que puede ser su carácter, uno jamás lo desprecia. El líder fue consecuente con lo que antes de la colonización europea era la moral de la nación Igbo. Su entereza ética contrasta con la mentira de la cual se valieron los colonizadores ingleses para propagar lo que para ellos era la civilización. Enoch, uno de los igbos cristianizados, aprendió con tanto celo a despreciar sus raíces que, durante la celebración ancestral en honor a la Madre de los Espíritus, arrancó uno de los egwugwus** que enmascaraba la identidad del líder espiritual que debía revelar mensajes de los antepasados. La gente reaccionó con una reunión tan nutrida que “si se hubiera tirado un grano de arena al aire, no habría podido caer en la tierra”, pero no hubo acuerdos para vengar la afrenta. En su frustración, Okonkwo decapitó a un guardia colonial y se colgó de un árbol, cometiendo así tal sacrilegio que los miembros de su pueblo no se atrevieron ni a bajar, ni a enterrar su cuerpo. De ahí el total desmoronamiento de la comunidad, tragedia que los ingleses interpretaron al contrario, como “La pacificación de las tribus primitivas del Bajo Níger”.

*Comité Científico Internacional, Programa Unesco “La ruta del esclavo, resistencia, libertad y patrimonio”.

**Equivalen a los egunguns yorubas que forman parte del sistema adivinatorio y filosófico de Ifá, declarado por la Unesco Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

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