Por: Mauricio Rubio

Actrices porno, activismo y responsabilidad

La defensa de los derechos de las mujeres no siempre la lideran feministas, que pueden perder la sindéresis, y la compasión.

A finales de 2015 el actor Charlie Sheen aceptó públicamente ser portador del VIH. En cuatro años, el insaciable galán se acostó con unas 50 actrices porno. “Deberíamos hacer la lista de todas las chicas con las que tuvo sexo para que el resto de nosotras podamos estar seguras”, anotó Alana Evans, estrella XXX. El cine adulto californiano tiene un protocolo para enfrentar el VIH: ante una persona seropositiva —paciente cero— todo el mundo revela si compartió cama con ella. Se declara cese de actividades y se establece un mapa de riesgo con listas del primer círculo, el segundo etc... Queda una radiografía de “quién estuvo con quién”, que se refuerza con pruebas VIH.

Al admitir su situación, Sheen aseguró que sus compañeras sexuales la conocían. No todas estuvieron de acuerdo. “Si usted le dice a alguna de nosotras que es VIH positivo, no tendremos sexo con usted. En nuestro oficio, es la peor bala que nos puede caer, de eso vivimos. No aceptaremos tener sexo, con o sin condón. Esto no es la ruleta rusa”, concluye Alana. Varias de las engañadas, mujeres curtidas en la prevención de enfermedades de transmisión sexual (ETS), pensaron judicializar la ofensa. Quedaron furiosas porque Sheen les ocultó información y no las convence el cuento de que el condón basta.

Nadie duda que la promiscuidad fue definitiva para que Sheen contrajera el VIH. El actor tuvo que aguantar reproches por ser heterosexual. Si fuera gay, de su situación se habría hablado con pinzas, silenciando su responsabilidad y aduciendo razones como la falta de políticas, la Iglesia opuesta al preservativo o la intolerancia.

Nunca he sabido de un escándalo similar para los muchos casos de infección entre homosexuales, o entre mujeres desprotegidas que mantienen relaciones con un bisexual tapado, ni alcanzo a imaginar que una persona recién infectada por un parejo gay pretenda exigirle la lista de compañeros de cama anteriores para un mapa de riesgo, o amenazarlo con una demanda por ocultar su condición. “Tengo la seguridad de que él sabía que vivía con VIH y no lo avisó. ¿Tenía que avisarlo? No sé”. La duda es de una joven afectada por el virus. La militancia logró aclimatar ese silencio como legítimo. La vanguardia feminista pregona incluso el “derecho a la confidencialidad”: esconderle a una pareja que se tiene VIH. Que la víctima de esa mala fe sea una mujer heterosexual confiada no califica como agresión; un efímero piropo sí. Para las actrices porno esa falta de honestidad es intolerable. Ni en su oficio de alto riesgo aceptan estándares que son corrientes en el mundo gay y que, con notables excepciones como Silvana Paternostro, no incomodan a las feministas, a pesar de los estragos causados entre mujeres. 

Al activismo LGBT le preocupa el desarrollo del sida entre seropositivos, con un insensato silencio sobre las causas de transmisión del virus a tasas alarmantes. A Sheen, por no ser gay, le señalaron sus hábitos sexuales como definitivos. Esa asociación tan obvia no se puede mencionar para la población con mayor riesgo pues sería discriminación. La militancia opacó la causalidad, socializó el peligro y pregona que, sin depender de sus decisiones y hábitos, cualquiera tiene chances similares de contraer el virus. El exdirector de Colombia Diversa propone como política preventiva “llevar las pruebas de VIH a los niveles básicos y a donde está la gente… y audaces estrategias en la calle, como en sitios frecuentados por jóvenes o cercanos a la rumba”. Según él, el riesgo estaría donde hay juventud y rumba; asociarlo con ambientes gay atentaría contra los derechos sexuales de esa minoría. Importa más salvar la cara que racionalizar y focalizar la prevención, aunque silenciar la incidencia y el peligro de ciertas prácticas sea un verdadero harakiri para el segmento más joven e inexperto del colectivo gay, y para todas las mujeres con compañero bisexual.   

Con sobrada razón, feministas indignadas piden que, asimilándola a una violación, se criminalice la práctica del “stealthing”: hombres que “sin permiso” se quitan el preservativo para dejar a su pareja embarazada, y expuesta a una ETS. “Siempre trato de dejar mi semilla en toda mujer que frecuento. Tengo cinco hijos con cinco mujeres distintas”, anota tranquilo un machito colombiano. Esconderle a la pareja el VIH debería entrar en la categoría de conductas punibles, en lugar de la alucinante propuesta del derecho a callar. Alana Evans y sus colegas del cine porno muestran mayor sensatez, pragmatismo y preocupación por el bienestar femenino que cierta militancia incoherente, egocéntrica y con serio déficit de responsabilidad social. 

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