Por: María Elvira Bonilla

Adiós al maestro, al amigo

GUILLERMO HOYOS RECIBIÓ EL año encarando la muerte, dando la batalla final. Cara a cara con el cáncer, esa enfermedad traicionera e inexorable que lo venció a pesar de su extraordinaria entereza y capacidad de combate. Se fue en la madrugada del pasado sábado. Pienso en él y me atropellan los recuerdos marcados indeleblemente por su conciencia ética y social que nunca lo abandonó. Con su inteligencia intacta, ya con su fin próximo, nunca perdió su interés por la suerte del país, crítico de sus gobernantes, que consideraba que no estaban a la altura de sus responsabilidades.

Porque Guillermo Hoyos fue un filósofo a fondo, pero no del pensamiento abstracto sino ubicado, comprometido con el aquí y el ahora. Una actitud asumida desde cuando en su juventud, mientras completaba su formación como jesuita en Alemania, se encontró sumido en el vértigo de mayo de 1968, con la corriente de pensamiento de la “Teoría crítica de la sociedad” de Marcuse, Adorno, Horkheimer y luego su gran maestro inspirador Jurgen Habermas —de quien se volvería su máximo divulgador en Latinoamérica—, que sacudía las aulas universitarias y movilizó a muchos de los líderes estudiantiles que luego se tomarían las calles de París.

Guillo Hoyos, con su curiosidad y su lucidez, no podía ser inmune a ese pensamiento y regresó lleno de fuerza personal y, conmovido con la realidad del país, inició sus interminables batallas por la decencia, el respeto al otro, la inclusión, la civilidad. Pronto dejó la sotana y asumió su primera confrontación con el poder, el eclesiástico, en defensa de sus principios y de sus convicciones. Sus 50 años de consistencia lo convertirían en el gran pensador en el que se convirtió, el filósofo de la ética y del compromiso social, y ciudadano; la conciencia moral.

Ser filósofo comprometido con la realidad de su tiempo y su sociedad, sin la indiferencia disfrazada de “neutralidad”, común a tantos académicos, es un oficio excepcional que Guillo asumió a plenitud. El suyo fue el compromiso con el pensamiento libre y crítico para reflexionar sobre la existencia individual y su relación con la sociedad donde se vive. Combatía con obsesión las falencias de la educación en Colombia, que han impedido, entre otras, que se siembre la semilla de la tolerancia y los principios de justicia y equidad indispensables para construir ese país en el que, como soñaba Guillo, quepamos todos.

Quedan sus profundas reflexiones sobre la democracia, la cultura política y la necesidad de la paz y del perdón para alcanzarla. Fue este precisamente el tema del último texto que publicó hace apenas dos meses, titulado “El perdón es de lo imperdonable”, donde insiste en que el almendrón de la reconciliación para lograr la paz es la comunicación con el adversario, con el contrario, con el enemigo, y que la transformación depende de la posibilidad de perdonar aquello que en principio parecería imposible de perdonar.

Se nos fue Guillermo Hoyos con su lucidez, con su disposición para la crítica, para el libre examen y su capacidad para la renovación permanente de las ideas. Un gran ser humano que vivió convencido de que pensar, que fue siempre lo suyo, es un acto de responsabilidad pública y ciudadana frente a un país que poco piensa, poco escruta y poco critica.

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