Nicolás Rodriguez 27 Dic 2011 - 11:00 pm

Adiós a las hemorroides

Nicolás Rodriguez

Incluso la guerra tiene sus lugares comunes. Entre los protagonistas del conflicto que no se asumen como víctimas, no faltan las frases rutinarias. De pronto trágicas, es posible, pero no por ello menos convencionales.

Por: Nicolás Rodriguez
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“Me cansé de la guerra” y “Me di cuenta de que este es un conflicto que no tiene vencedores ni vencidos” son sólo dos de los muchos ejemplos que nos ofreció hace unos meses, en su entrevista con la revista Semana (una de las mejores del año) José López, alias Caracho, quien está al frente de los Erpac, la banda neoparamilitar bautizada con nombre de remedio para las hemorroides por el abatido criminal de criminales alias Cuchillo (“el asesino de asesinos”, dicen por ahí, cuando los apodos ya no son suficientes).

Del proceso de sometimiento de los Erpac ante la justicia es poco lo que se sabe. El antecedente inmediato quizás sea la mediación de monseñor Julio César Ortiz, quien lideró la frustrada entrega de 5.000 miembros de las denominadas bandas criminales. Pero el propio Caracho negó que hubiese hablado con el religioso. Es más, negó prácticamente todo lo que el bien informado (y valiente) entrevistador intentó sacarle: los Erpac no tienen laboratorios de drogas, no tienen negocios con reconocidos narcotraficantes como Daniel El Loco Barrera, no conocen a Los Rastrojos, tampoco tienen relaciones con frentes de la guerrilla (diferente de “darles plomo, y hasta el día de mi sometimiento así será”) y no tienen, desde que Caracho lidera, un solo muerto del que la justicia los pueda acusar. Para qué se desmovilizan, pues, se preguntará más de uno por ahí.

Pero además de lo que se trata, y no sólo según Caracho, es de un sometimiento y no de una desmovilización. En esto del uso del lenguaje apropiado todos los actores involucrados han sido particularmente rigurosos. Y aunque una negociación con criminales que aspiran a un ropaje político, como ya ocurrió en el pasado, podría considerarse también (y por sobre todo) un gesto para la paz, tan pronto se indaga en intencionalidades, contextos y cálculos afloran las dudas, que no son pocas. Pues no están todos los hombres que se supone que son y, como ya es costumbre en estos procesos, no hay tantas armas como hombres.

Los abogados, además, ya hicieran de las suyas suministrando nombres incompletos. “No hay registro de antecedentes y tampoco pruebas en su contra”, explicó un artículo reciente en El Espectador.

Y lo que es peor: nadie sabe lo que pasará después. Caracho no miente (y tampoco exagera) cuando informa sobre el poder de sus hombres en el oriente del país. Más allá de la impunidad que parece haber en todo este proceso, en tanto que como alternativa del Estado los Erpac son el poder que controla la vida cotidiana de los habitantes de Colombia que en Guaviare, Vichada y un pedazo del Meta dependen de las economías ilegales. Si dejan sus andanzas y este proceso de sometimiento, que ya muchos tildan de falsa desmovilización, sigue su curso normal, entre la improvisación (ninguna preparación política o jurídica) y el anonimato de quienes lo impulsan, otras bandas criminales, con peores nombres y prontuarios, pueden tomar su lugar.

Al final, este es un proceso sin paternidad conocida, cuyo destino desconocemos. Y por momentos, lo que parece haber es un efecto compensatorio frente a la imposibilidad de hacer verdaderas negociaciones con la insurgencia.

 

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