Por: Santiago Gamboa

Aeropuertos

Uno de los espacios más frecuentes de mi vida son los aeropuertos, y a pesar de que son la antesala del viaje, la verdad es que se han convertido en lugares realmente inhóspitos y aborrecibles.

Sé que las histéricas medidas de seguridad se las debemos a los atentados de Al Qaeda y al narcotráfico, pero no sé por qué siempre que me quito cinturón y zapatos, monedas y celular, que atravieso la mirada gélida del guardia y levanto los brazos para que me pasen el detector de metales o me revise un señor con guantes, siento que más allá del cumplimiento de protocolos de seguridad hay también, en ciertos lugares más que en otros, un deseo de mortificar, de hacerle pagar un peaje al viajero. Como si dijeran: está bien, usted se va de viaje y la verdad es que se ve muy feliz, pero yo tengo que seguir acá con mi pobre vida de mierda, así que deje al menos que me divierta un poco: abra ese maletín, ¿qué lleva ahí?, ¿dónde compró este dentífrico?, ¿por qué lleva tantos libros?, ¿tiene las facturas? He visto guardias humillando y realmente agrediendo a mujeres, haciéndoles abrir sus maletas sin motivo, sólo por el evidente deseo de inmiscuirse en su vida privada, o incluso por el morboso impulso de ver y tocar su ropa íntima. Esos guardias tienen un poder sobre el desvalido viajero, ¡y claro que lo usan! ¿O si no para qué es el poder?

Hace poco viajé de Bogotá a Pereira. Dejando de lado el atroz servicio en tierra de la compañía Lan, que hace que uno olvide que está en un aeropuerto y piense que está en una terminal de buses de pueblo —me pregunto si el que ideó la organización de los pasajeros tendrá el bachillerato aprobado—, me dio asco el modo en que los guardias del viejo terminal de El Dorado hicieron poco menos que desvestir a varias mujeres que, oh casualidad, eran todas muy atractivas, como si la belleza fuera más peligrosa. Todo ante la complicidad risueña de otros viajeros. No es la primera vez que asisto a estos abusos y, por qué no, acosos sexuales disfrazados de protocolos de seguridad.

Pero sigo con los aeropuertos, pues otra cosa que veo es que son pocos los países que han dado al terminal aéreo de su capital el nombre de un artista. Los casos excepcionales son el de Roma, que se llama Leonardo Da Vinci, el José Martí de La Habana y el Federico Chopin de Varsovia. Pero por lo general tienen nombres de militares, políticos, y hay algunos que no tienen nombre, como el de Madrid, que se llama Barajas por el pueblo de al lado. Hace poco se habló de cambiarle el nombre a El Dorado por el de Luis Carlos Galán. ¿Por qué no José Asunción Silva o Gabriel García Márquez o Fernando Botero? El aeropuerto principal de un país es la primera cara que el extranjero encuentra al llegar y por eso sería deseable que lo remita a algo conocido. Gracias al trabajo de músicos, pintores y escritores muchos de los viajeros que llegan lo hacen con admiración y gran curiosidad, de ahí que sea lícito que se tome en cuenta a los artistas en los sondeos que se hacen para decidir estas cosas. Así sea para que pase lo mismo que con el bochornoso asunto del Gran Colombiano: para que un grupo de poder pase gato por liebre haciendo creer que una plataforma organizada y pagada es el voto espontáneo de una nación.

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