Por: Juan David Correa Ulloa

Ahora estás solo

Hay un momento en la vida de los hombres en que el pasado, con sus imperfectos recuerdos, parece ser la única certeza. Ante el inexorable paso del tiempo, el protagonista de El sentido de un final, la más reciente novela del inglés Julian Barnes, reconoce estar solo: no hay futuro posible en la vejez y el presente es una rutina vacía de tareas sin importancia.

Así, la memoria es un mecanismo mediante el cual él ha decidido contarse la historia que quiere de sí mismo.

La novela comienza en los años sesenta, cuando a un grupo de tres amigos escolares llega un nuevo integrante que los deslumbra con su inteligencia. Adrian es, además de irónico, una máquina para hacer de cualquier conversación una operación lógica. Al finalizar el colegio, los amigos se separan. El narrador, Tony, consigue una novia en la universidad, Veronica, con quien descubre una sexualidad apenas insinuante. Los amigos se reúnen un tiempo después, para conocer a la nueva chica de Tony y de allí resulta que Adrian termina por quitársela.

El relato se escribe cuarenta años después de estos hechos. Y se escribe porque tras la relación de Verónica y Adrian, éste se suicida. Tony, llegando a los setenta, divorciado y con una hija, recibe la noticia de que la madre de Veronica le ha legado de herencia 500 libras y un diario. El diario perteneció a Adrian y en esta pesquisa Tony se enfrentará de plano con todo aquello que ha pretendido esconder a lo largo de su vida.

Como si respondiera a una de las premisas que se resaltan en la novela, el conflicto va apareciendo por acumulación. La idea de progreso para Tony es una tontería, y en cambio cree que lo único que ha hecho en toda su vida es ir almacenando. Al entrar en contacto con Veronica, Tony descubrirá cuántas mentiras se ha dicho. “¿Cuántas veces contamos la historia de nuestra vida? ¿Cuántas veces la adaptamos, la embellecemos, introducimos astutos cortes? Y cuanto más se alarga la vida, menos personas nos rodean para rebatir nuestro relato, para recordarnos que nuestra vida no es nuestra, sino sólo la historia que hemos contado de ella. Contado a otros, pero sobre todo, a nosotros mismos”.

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