Por: Claudia Morales

¡Al agua, patos!

“Los hombres se meten en los trenes rápidos, pero ya no saben lo que buscan. Se agitan, dan vueltas… No vale la pena”. El Principito, Antoine De Saint-Exupéry.

La muerte, los libros, las noticias y el rol de mamá, esposa, amiga y periodista me han provocado en los años recientes una serie de preguntas existencialistas que he intentado resolver. Tal vez la más cruda es, ¿qué es realmente lo que quiero ser?

Empiezo por entenderme como parte de un universo en el que a las mujeres de mi generación nos criaron con la idea de que debíamos ser perfectas en el hogar y en el trabajo, y que teníamos que estudiar una carrera para que alguien importante nos empleara. La rebelión planteada por mujeres como Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Frida Kahlo, Débora Arango, Marie Curie, Nina Simone no era tratada en mi casa, no en los siete colegios en los que estudié y menos en la universidad. Casi nunca había tiempo para las artes ni para procesos creativos que esencialmente nos permitieran ser.

Crecí creyendo ser rebelde y hoy me veo y miro hacia atrás y reconozco a una mujer curtida de cicatrices y sí, algo corajuda, pero tremendamente miedosa. Y el miedo, cosa increíble, se apoderó de mis sueños y se salió con la suya borrando de tajo la idea de ser piloto, bibliotecaria o bailarina, y tantas cosas que por el camino emprendí y que luego, por no salir de una zona de confort llamada empleo, barrí hacia distintos rincones.

Estoy en este oficio del periodismo hace 22 años, es decir, la mitad exacta de mi vida. Estoy casada hace 10, y soy mamá hace siete años. Así que llegó la hora de definir si me quedaría, como escribió Karl Jaspers, sumida en la resignación o daría el salto a esa trascendencia que no significa más que la posibilidad de saborear la existencia auténtica. Y decidí saltar al vacío y apostarles a los sueños. Me bajé del tren rápido del que habla El Principito para concretar respuestas y para convertir el miedo, que se esconde muy bien en la vanidad y el ego, en un agente estimulante y no paralizante.

Mi hija añora que hagamos juntas videos de coreografías y que le ayude en las tardes con las tareas de francés, y eso haré. Concretaré un lugar soñado en el que los niños serán los protagonistas. Atenderé los golpecitos en la espalda que hace años me da mi esposo buscando convencerme de que soy mi propia marca y que puedo hacer realidad lo que me proponga. Estaré más tiempo con mi papá. Leeré lo que me gusta, y por un tiempo tomaré distancia del movimiento diario de un oficio que amo y sobre el que es urgente reflexionar.

Siendo consecuente con lo anterior, el 25 de abril le presenté mi renuncia al director de La Luciérnaga. Mi último programa será el próximo lunes 15 de mayo y ese día silenciaré una voz radial para darle paso a una voz distinta. Soltar, ese verbo tan bello, en el caso del programa, me costó ansiedad y también tristeza. Ya lo puedo expresar con alegría porque ese equipo de trabajo llenó mis tardes de amistad, carcajadas y aprendizajes. A cada uno de los miembros de La Luciérnaga le entrego un corazón tranquilo y agradecido. Y a los oyentes, mi gratitud y aprecio.

Cuántas veces la vida nos ha arrebatado sin pedir permiso lo que amamos, lo que nos gusta o aquello de lo que vivimos, y cuando eso ha pasado, lo sé, no hay más que una sensación de perplejidad. Ahí caben los sueños. Por eso, a veces no queda más remedio que arriesgarnos y adelantarnos a la dinámica incierta de la existencia. Entonces, ¡al agua, patos!

* Periodista. @ClaMoralesM

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