Por: Aura Lucía Mera

Al fin, un pacto vallecaucano

El Valle generalmente se ha comportado como un departamento federal consigo mismo...

Los del norte se sienten paisas; los del occidente sienten que no pertenecen a nada y que siempre han sido ignorados; el nororiente está aislado (municipios como Sevilla, a pesar de su belleza geográfica, quedan donde el diablo pegó un grito y sus trochas son intransitables); los del suroriente, también abandonados a su suerte (Pradera, Florida, corredores de guerrilla, sin dolientes), y el sur sur, pues más caucano que vallecaucano.

Cali es un cruce de caminos que sólo hasta 1910 fue elevado a categoría de capital. Palmira o Buga eran muchísimo más señoriales e importantes. Muchos municipios bellísimos son inexistentes en nuestro imaginario. Pocos caleños conocen La Unión, Roldanillo, Caicedonia, Toro, Anserma. Jamás se nos ocurre pasar un fin de semana en el Guadalajara de Buga, un hotel a todo timbal. Preferimos agarrar para el Eje Cafetero. De Cartago conocemos sus bordados, pero pare de contar.

El Valle siempre ha sido un cruce de culturas y razas. Los cafeteros del piedemonte no tienen nada que ver con los cañicultores de la planicie. Los costeños jamás han oído hablar de La Buitrera, Tenerife o Potrerillo. En Cali la cultura del pescado es desconocida a pesar de estar a cuatro horas de carretera del mar. La “sagrada orden del bramadero” constituyó su clase dirigente. Hacendados enquistados en sus propiedades, ya fueran cañicultores o ganaderos, que se juntaron a vivir en Cali por el boom del ferrocarril del Pacífico, pero sin compartir prácticamente ninguna identidad que sirviera de común denominador.

Por eso en el Valle del Cauca fue donde más proliferaron y siguen proliferando los carteles de la droga, los matones y las bandas. Por eso nadie reaccionó cuando personajes vergonzosos se fueron tomando el poder. Por eso fuimos perdiendo liderazgo, no sólo económico sino cultural y político. Ningún otro departamento hubiera tolerado tantos años de malos manejos, de robos administrativos, de gamonales enriquecidos mangoneando pueblos y veredas, comprando votos, amarrando voluntades. Hemos sido indiferentes. No nos reconocemos unos a otros. Ni siquiera los caleños, ya más de dos millones, nos reconocemos.

Por eso es tan importante el Gran Pacto Vallecaucano, sellado por el gobernador Ubéimar Delgado y el alcalde Rodrigo Guerrero, que busca unirnos de verdad, mancomunadamente, solidariamente, conocernos y apoyarnos, elegir bien y a conciencia a nuestros gobernantes, trabajar honestamente y acabar la cultura mafiosa, ensiliconada y corrupta. Tenemos todo el material humano, la afluencia de todas las regiones del país y la diversidad étnica constituyen nuestra fuerza. Algo que debemos comprender, y actuar en consecuencia.

Quiero destacar, al respecto, el Premio Nacional a la Excelencia de la Infraestructura, otorgado en Cartagena la semana pasada a un vallecaucano de bandera, Roberto Caicedo Douat, quien ha sido, a lo largo de su vida profesional, uno de los ingenieros más importantes de Colombia. Un ejemplo de que en el Valle y en Cali tenemos el privilegio de contar con profesionales líderes en sus campos, no sólo a nivel nacional sino internacional. Nos llegó la hora de unirnos, de conocernos y de empezar a recobrar la identidad perdida, la dignidad, los valores, para demostrar que sí podemos y que ganaremos de nuevo liderazgo y respeto. El gran pacto vallecaucano comenzó con pie derecho. No podemos volver atrás.

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