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Esteban Carlos Mejía 30 Nov 2012 - 11:00 pm

Rabo de paja

'Al oído de la cordillera'

Esteban Carlos Mejía

Mi amiga Isabel Barragán, más sexy que nunca, tiene los labios pintados de rojo profundo como Madonna hace años en Like a Virgin. Me muestra dos tickets, grada baja oriental, medio milloncejo per cápita, recuerdo del concierto. “Ricos pa’ hijuemamas”, refunfuño. “¿Por qué no fuiste?”, pregunta. “Sufro de oclofobia tardía”, digo, no sin descaro. “Le tengo miedo a las multitudes”. “Pérdidas”, se ríe.

Por: Esteban Carlos Mejía
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Saca un libro chiquito, 140 páginas si mucho, Al oído de la cordillera (Fondo Editorial Universidad Eafit, abril de 2011), de Ignacio Piedrahíta. “Una obra maestra de lucidez y transparencia”, dice con autoridad. “Es una travesía por los Andes”. “¿Un libro de viajes?”, me asombro. Lee en voz alta: “El viaje: los encuentros, la vida segmentada que nos llega de repente y que, como un torrente sobre la arena, agita nuestro corazón”.

Sus labios rojísimos son una provocación veraniega. “El buen Ignacio es incapaz de mentir”, dice. El relato arranca en un derrumbe frente al stock de Marmato, “un gran cuerpo de roca ígnea” en el cañón del río Cauca. “En este libro, ‘sin política ni desgracia’, lo mejor son las cautivadoras reflexiones sobre ¡las rocas! Por algo el que escribe fue geólogo”.

Rocas y volcanes. El Guagua Pichincha y su “precoz reinado” de “lluvias de ceniza, nubes ardientes de fragmentos de roca y torrentes de agua lodosa” y el Tungurahua, por los lados de Huambaló, Ecuador, reloj de fuego. De ahí, Ignacio va al oasis de Huacachina, al pie de Ica, Perú, entre dunas, viento y soledad, en donde vive una brevísima aventura con una muchacha de piel canela y cabellos negros y lisos, apacible rosa del desierto. Trepa al Titicaca, cuyas aguas son “semejantes al zafiro recién salido de la tierra”, y baja a Jujuy, Argentina, para ver la montaña de Maimará, cuyos estratos, “que atesoran millones de años comprimidos, sugieren que nuestro tiempo es despreciable y minúsculo”. El viaje lo lleva a las rocas blandas de Ischigualasto, en Catamarca. Más tarde observa los dientes de perro del cerro Fitz Roy, o Chaltén, o Montaña Humeante, indiferente a la aprobación ajena. Y al final, en la Patagonia, donde nacen o mueren los Andes, se embelesa con la peregrinación de los hielos en el glaciar Perito Moreno y con el amoroso encuentro del océano y la cordillera en Isla Grande de Tierra de Fuego.

“Al oído de la cordillera es para leer y releer”, se emociona Isabel. Porque Ignacio encarna muy bien la “curiosa metáfora del escritor, con derecho a todo pero sin responsabilidad de nada, que dedica las horas a contar lo que otros hacen”. Al modo de Darwin, en sus descripciones precisas y preciosas están sus propias sensaciones, mezcladas con cámaras magmáticas, ventiscas, piedemontes, desfiladeros y areniscas. “Ese hombre”, se inspira Isabel mientras retoca los rojos capullos de sus labios, “tiene la candidez científica del geólogo y la resonancia magnética del poeta”.

Rabito de paja: “Los más crudos e inescrupulosos intereses capitalistas procuran enfrentar unas naciones a otras, falsifican muchas veces un patriotismo que no tiene de tal sino el nombre y persiguen sólo monstruosos negocios que se alimentan con la sangre de los pueblos”. Eduardo Santos, tío abuelo, 1938.

  • Esteban Carlos Mejía | Elespectador.com

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