Por: Rodrigo Lara

La alcaldía de Uribe, ¿para qué?

ALGUNAS FIGURAS POLÍTICAS SON referentes de opinión independientemente del cargo que ostenten.

 

Su prestigio, su genio o su figura no están atados al ejercicio temporal de una posición. Pueden darse el lujo de saltar de un alto cargo a uno menor, porque su existencia política depende de sí mismos y no de un honor burocrático. Independientemente de la opinión que se tenga de Álvaro Uribe, él puede permitirse bajar de Presidente de la República a alcalde de Bogotá. Inclusive, podría ser alcalde de Salgar, su patria chica, y no obstante continuar siendo centro de atención de la opinión pública nacional.

Si bien Álvaro Uribe no necesita ser alcalde de Bogotá para permanecer —para bien o para mal— en la retina de los colombianos, sí precisa de este inmenso gigante presupuestal y burocrático para mantener vivo su movimiento político, ergo su propio poder político. Sin la alcaldía de Bogotá, el Partido de la U entraría a marchitarse en cuestión de dos años y Uribe perdería su capacidad de injerencia en el Partido Conservador. Con una nómina de cerca de 55 mil funcionarios y contratistas, un presupuesto de 15 billones de pesos, el IDU, las empresas públicas, los hospitales, las alcaldías locales, la pauta oficial etc., la Alcaldía de Bogotá le ofrece a Uribe poder más que suficiente para mantener vivas sus maquinarias.

Sin sus maquinarias, Uribe no tendría cómo enfrentar la ineludible reunificación del liberalismo, lo que para él es una inquina personal y el fin de su capacidad política. El poder de la Alcaldía de Bogotá le permitiría convertirse en un contrapeso al poder presidencial, en particular en los dos últimos años del gobierno de Santos, tiempos en los que por lo general los presidentes empiezan a sentir el costo de caminar con el sol a sus espaldas. Además, la Alcaldía de Bogotá le facilitaría sacar adelante la candidatura presidencial de alguna de sus fichas, o tal vez un referendo que le abra las puertas a su segunda reelección y así devolverle las atenciones al gobierno de Santos.

Uribe seguramente es consciente del riesgo que correría como alcalde al quedar expuesto a la competencia de la justicia ordinaria. Por algo se encargó de blindar la Comisión de Acusación de la Cámara con aliados suyos. Pero es un hombre osado, y que también entiende que una forma de enfrentar el accionar de la justicia, es la vigencia de su poder.

La emulación y la vanidad son dos motores del hombre. Para un ex presidente, su memoria y el prestigio son sus grandes satisfacciones. Para Uribe una buena alcaldía, llena de artilugios como las audiencias públicas de contratación, su discurso de meritocracia y otros efectismos, que construya el metro y resuelva ciertos problemas, puede ser un camino para recuperar mucho de su prestigio perdido por los escándalos de su gobierno y la judicialización de sus alfiles. También para tratar de reconciliarse con los centros de opinión capitalinos, que de lo contrario terminaran por escribir para la posteridad una triste y oscura historia de su gobierno.

@rodrigo_lara_

Buscar columnista