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Eduardo Barajas Sandoval 29 Abr 2013 - 11:00 pm

La alucinación de la austeridad

Eduardo Barajas Sandoval

Es injusta e inequitativa a todas luces la receta de castigar a los países en problemas con la disminución de salarios, los recortes de personal, la elevación de impuestos y el desmonte del bienestar, para que las cuentas resulten "presentables" a juicio de los que se interesan más por las cifras que por las realidades sociales.

Por: Eduardo Barajas Sandoval
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La situación de los países víctima de esa racionalidad, que se resume en la alabanza de la “austeridad”, es un llamado urgente a pensar de otra forma, en lugar de avanzar hacia el abismo en el que terminan todos por caer.

La frecuente separación de la economía con la política, que parecen no solo tener lenguajes diferentes sino que con frecuencia llegan a una especie de desinterés por los asuntos de la otra, ha llevado a algunos países a un desencuentro tal que por lo general termina por dejar bien a las instituciones financieras y maltrechos a todos los demás. Así hasta que el acumulado de los desencuentros pone en riesgo de manera grave la armonía social y la subsistencia misma de los estados y de la Unión Europea. Paradójicamente es entonces cuando los ciudadanos tienen que salir a responder, con la desmejora de sus condiciones de vida, por los pecados de un liderazgo irresponsable, tanto del sector público como del privado.

Austeridad para la mayoría y mejores negocios para los dueños del dinero, cuya "solución" es la de ayudar a los desvalidos prestándoles todavía más plata y a costos todavía mayores, es decir avanzando más todavía en su negocio. Esa es la paradoja que conlleva el culto de esas fórmulas que, al aterrizar en la cotidianidad, han condenado a muchos al suicidio y a la desesperanza en sectores sociales que tenían la opción de vivir una vida digna, sin enterarse de la forma irresponsable como sus gobiernos, y sus aliados del sector financiero, conducían los asuntos de interés común, hasta que vino la crisis.

Cuando François Hollande llegó al poder con la propuesta de relanzar la actividad productiva, en lugar de encerrarse a sufrir, se escucharon alarmas de toda índole ante la amenaza que para la ortodoxia económica, fundada en su expresión contemporánea por la señora Thatcher, significaba ese aparente retorno al pasado, con un candidato aupado al poder por una ciudadanía preocupada por defender su tradición de bienestar.

La apariencia de fracaso del proyecto del presidente francés era previsible, porque eso es lo que sucede siempre que alguien pretenda nadar contra la corriente. Pero eso solamente significa, tal cual, que la ortodoxia no admite fórmulas distintas de las que predica y tampoco ahorra esfuerzos para tratar de demostrar que siempre tiene razón. Pero los procesos de esta índole tienen sus altibajos y, mientras más dolorosa sea para griegos, italianos y españoles la dosis de choque de la austeridad, poco a poco van saliendo a flote los argumentos para que otros gobiernos se atrevan a desafiar unas reglas que, por encima de todo, sirven a los intereses de los malabaristas de las figuras financieras.

Lo importante es que el descontento con las fórmulas tradicionales, y el reclamo en favor de otras formas de tratar el problema, adquiera identidad política que se refleje en el control del gobierno, que en todo caso es el que dice sí o no a la realización de uno u otro proyecto. Tal vez los resultados de las elecciones italianas y la configuración de un nuevo gobierno de tono socialdemócrata sea el punto de inflexión esperado para que Hollande tenga aliados dentro del grupo de los grandes. Falta que los sectores sociales afectados por el tratamiento en otros países sean capaces de movilizarse para que no sea la lógica de las finanzas la que se imponga, sino que haya un lugar decoroso para los intereses de la mayoría de los ciudadanos.

Thomas Herndon, estudiante de doctorado de la Universidad de Massachusetts, y Paul Krugman, Premio Nobel de Economía y profesor en Princeton, han dado un golpe significativo a los famosos Reinhart y Rogoff, de Harvard, que aunque ya comienzan a advertir que los pobres y la clase media resultan exageradamente castigados con las medidas de austeridad, habían prescrito fórmulas de corte infalible que ponían límite a la viabilidad económica de un país cuando la deuda llegara a cierto porcentaje. La ruptura del mito por parte de economistas con credenciales originarias de centros de pensamiento a los que no pueden tildar de ignorantes ni de terroristas, puede significar el inicio de una reflexión que lleve a fortalecer la idea de actuar frente a la crisis de una manera más humana.

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