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Héctor Abad Faciolince 23 Feb 2013 - 9:00 pm

Esto es ‘Amour’

Héctor Abad Faciolince

LOS BOMBEROS ENTRAN Y una de las sensaciones que el cine no puede reproducir —el olfato— parece que llegara desde la pantalla hasta nuestra nariz. Algo huele mal, muy mal.

Por: Héctor Abad Faciolince
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Abren las ventanas y fuerzan una puerta. Vemos un cadáver bien vestido, compuesto, rodeado de pétalos, y otra ventana abierta de par en par, que no se sabe quién abrió. Esa ventana es una incógnita abierta. ¿Alguien entró, alguien saltó? Después empieza un concierto y oímos una música serena, honda, esperanzada, los Impromptus de Schubert, que nos van a acompañar como una tonalidad auditiva, luminosa, durante todo el filme. La belleza rodea a esta pareja de ancianos: en los pequeños óleos de la casa, en la atmósfera, en el piano de cola de la profesora que ya no podrá tocar, en la luz que se cuela desde afuera por las ventanas, en las palomas que entran a curiosear en ese apartamento aireado y apacible, a las que hay que espantar con cuidado, para que salgan sin lastimarse.

Escribo esto el viernes y no sé si hoy domingo le darán el Oscar a esta película extraordinaria de Michael Haneke, y sobre todo, cómo se repartirán los premios de la Academia para los verdaderos héroes de este año de películas: los actores. No sólo el siempre asombrosamente perfecto que es Daniel Day Lewis (Lincoln), sino estos dos viejos actores franceses que representan la cumbre de una vieja tradición de excelencia en la filmografía gala: Jean-Louis Trintignant (que hace el papel de Georges) y Emmanuelle Riva (en el papel de Anne). Hoy muchos hablan de la decadencia de Europa en todos los frentes; al menos estos tres actores hablan de la fuerza de una milenaria cultura artística que empezó con las tragedias de Sófocles y aún no termina: la de la representación, la de la mímesis que nos hace reflexionar con hondura sobre nuestra experiencia en el mundo.

La película Amour es tan buena porque nos enfrenta a lo que somos y a lo que seremos, sin maquillaje, sin dorar la píldora, sin concesiones a la mentira o al sentimentalismo. Un día se obstruye una carótida, la operación fracasa, y lo que nos queda de vida se convierte en una pesadilla que crece cada día, sin posibilidad de mejorar. La película es tan buena porque nos pone de frente ante la decadencia y la enfermedad, e incluso frente a la violencia como último acto de amor. La película es tan buena porque no nos consuela, no nos dice la mentira de que al final todo se arregla y sale bien (si hay amor), sino la verdad de que el final es así, terrible, y lo tenemos que enfrentar, pensar, asumir como nuestro destino más probable sobre la tierra. Amour da miedo y nos conmueve porque también nos dice que el amor no nos salva, sino que el mismo amor hace más pesada y dura la desolación.

Hace más de medio siglo, en Hiroshima Mon Amour, la elle de la película de Alain Resnais y Marguerite Duras, era la misma joven y hermosa Emmanuelle Riva que exactamente hoy, 24 de febrero, está cumpliendo 86 años y probablemente recibiendo el premio más merecido de todos los óscares. Desde aquel amor imposible entre dos jóvenes que no se entienden al contar su experiencia de la guerra, hasta este amor entre dos viejos que ven la cara clara de la muerte, hay una misma actriz maravillosa, convincente, que nos mete en la realidad con una fuerza incluso superior a lo real.

Algo parecido puede decirse del viejo Jean-Louis Trintignant (el protagonista del drama amoroso Un hombre y una mujer de Lelouch). Hace pocos años Trintignant tuvo la desgracia de vivir la muerte de su hija Marie —también actriz— a quien mató a los golpes y de celos un cantante, Bertrand Cantat, con el que había tenido una relación. No quiero ni pensar cuántas cosas pasan por la cabeza de un actor como él que, en el difícil y hermoso papel que le corresponde en la película, debe llevar al set no sólo la trama que representa en ese momento, sino también el drama de su vida. Hay quienes matan por un odio imperdonable; hay quienes matan por amor.

  • Héctor Abad Faciolince | Elespectador.com

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