Por: María Elvira Bonilla

Andrés en París

El aroma de Cali, sus olores a cadmia y a mugre, sus sonidos estridentes y bulliciosos, la fuerza y la vitalidad de esa ciudad sin tabús ni tapujos, que nunca ha intentado mostrarse como lo que no es, llegó a París a través de la pluma de Andrés Caicedo.

Pienso en los adolescentes y jóvenes franceses enfrascados en la jerga musical de ¡Que viva la música!, identificados con la irreverencia y la trasgresión de los personajes que, como la protagonista, María del Carmen Huerta, son de carne y hueso y están por ahí en las esquinas, no sólo de Cali sino del mundo.

Trato de descifrar por qué esta novela llena de códigos locales, situada en un punto perdido de la geografía suramericana, en Cali, ha logrado trascender fronteras hasta lograr la universalidad con la que cualquier escritor sueña. Con la que soñó Andrés, seguramente, mientras le arrancaba las palabras al duro teclado de su máquina de escribir antes de alcanzar, porque así lo escogió, a ver su novela en las manos de los lectores que pasarían a ser miles y ahora hasta en francés. El ritmo frenético y vertiginoso de su corta existencia de 25 años, transformado en palabras llenas de fuerza construidas adrede, contagiado de la musicalidad de la salsa que se convirtió en una urgencia vital de compañía, lo convirtieron en un escritor urbano y del mundo.

“A los veinte años ya parecía fatigado como quien está de regreso de todas las cosas. Imagino los días finales”, escribía el escritor caleño Bonar. “Su silenciosa desesperación enfrentado a un mundo de injusticias. Su protesta contra sí mismo por no lograr expresarse adecuadamente. La angustia que se nutría de su enfermiza sensibilidad. Andrés sabía, seguramente, que estaba predestinado a ser el que siempre huye de sus circunstancias. Estaba obligado a vivir su época, él, que nació para ser un hombre intemporal”. Y lo logró.

Y su narración angustiosa y original llegó a París 35 años después de haber conocido la luz en Colombia. Andrés Caicedo, la mítica Cali, lúdica que ha sobrevivido bajo el signo liberador de la salsa y la novela ¡Que viva la música! se tomaron varias páginas del periódico Libération en un extenso artículo publicado en dos entregas los pasados 20 y 21 de octubre, escrito por el traductor francés Bernard Cohen. Cohen, contemporáneo de Caicedo, quien vivió los años 70 salpicados de marxismo, drogas y rock & roll, se sumergió en esa Cali que está ahí, invisibilizada hoy por los clichés y las satanizaciones contemporáneas.

Caicedo fue el primero en entender premonitoriamente que la salsa llegada al ritmo de los inmigrantes negros del Pacífico determinaría no sólo la existencia cultural de Cali sino que sería la arteria vital, el hilo capaz de construir un tejido social resistente hasta convertirse en el punto de encuentro de la ciudad. Cohen entendió además, cuando recibió el libro de las manos de la directora de la editorial francesa Belfond, que estaba ante una obra llena de fuerza, capaz de contactar el alma adolescente de cualquier muchacho en cualquier ciudad, como también lo han hecho los editores de Penguin Classics, quienes le darán vida a ¡Que viva la música! en inglés el año entrante en Londres. Andrés estaría feliz porque publicar lo apasionaba tanto como escribir. Y por eso, nada quiso dejar guardado.

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