Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Animalismo # ambientalismo

Entre ambientalistas y animalistas hay aproximaciones y diferencias. No todos los ambientalistas somos vegetarianos, ni todos los animalistas son ambientalistas. Es decir, estamos mezclados, en algunos casos revueltos y en otros no. En el ambientalismo y en el animalismo hay posiciones tan diversas, que en algunos casos generan confrontaciones internas. El punto es mantener la unidad en lo fundamental.

Sin pretender cubrir todo el espectro: entre ambientalistas hay desde quienes van por la conservación a ultranza, oponiéndose a toda acción que signifique la transformación del medio natural, hasta quienes propenden por una gestión ambiental que busca disminuir los niveles de contaminación, disminuir el impacto ambiental y hacer uso sostenible de la base natural para generar el bienestar humano.

Entre los animalistas hay quienes se oponen a los espectáculos donde el sufrimiento de los animales es parte esencial de la actividad recreativa (tauromaquia, peleas de gallos y perros); quienes se oponen al maltrato animal en procesos de cría y manejo de animales para producción de alimentos (crianza de ganado en corrales o gallinas ponedoras en jaulas) y maltrato de los animales en los mataderos; y el veganismo que rechaza alimentos o artículos de consumo de origen animal y, desde luego, la crianza de animales con destino a la producción de alimentos.

Para el campesino —que siempre ha criado la gallina para el sancocho y ahora, debido a la guerra y los desplazamientos, ya no la puede criar—, estos matices entre animalistas y ambientalistas resultan extraños. Cuando trabajamos por la recuperación de una cuenca, no es raro oír al campesino propietario de una parcela pequeña decir con contundencia, tranquilidad y justeza: “¿Cómo se le ocurre que voy a dejar de alimentar mi vaquita con la que pago la educación de mi hijo, para conservar ese monte al lado de la quebrada? Olvídese. Primero está mi hijo que el agua del vecino”. Muchas de nuestras posiciones éticas dependen del mundo en que vivamos.

Para algunos, no hay ética animalista cuando me como un pollo y me disculpo diciendo que fue criado en libertad y pastoreo. O cuando tengo un perro como mascota y lo alimento con concentrado que utiliza pequeños peces triturados o partes de diversos animales entre sus componentes. Para otros, no es ético un ambientalista que se opone a la extracción de petróleo, pero se moviliza en autos o buses movidos por gasolina o diésel. Ni el ambientalista que se opone a la extracción de arenas y a la producción de cemento pero vive en una casa de ladrillo.

Personalmente, me inclino por puntos medios. Sin pretender que los puntos medios sean más o menos éticos.

En el mundo en que vivimos, la postura ética no debe debilitarse por estar asociada a una vida que convive con contradicciones e inconsistencias, pues no por ello deja de ser el conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de su vida.

Los grises son puntos de encuentro y por ello son herramienta para la construcción de una sociedad en paz. No me gusta la tauromaquia, pero he criado pollos en pastoreo que han terminado en un buen sancocho.

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