Por: Juan David Correa Ulloa

Antes del boom

Al comienzo casi ni se mencionaba. Quizá fue un redescubierto tardío. Pasó los últimos cinco años fumando decenas de cigarrillos y acostado en su cama de su apartamento de Madrid mientras escribía terribles historias que no dejaban cómodo a nadie. En vida poco quiso figurar.

Hace cincuenta años, dice la prensa, comenzó el Boom latinoamericano esa estrategia editorial que fue premiada con gran literatura. Grande, sí, y mucho. La de García Márquez –con La hojarasca, La mala hora y Los funerales de la mama grande--; la de Julio Cortázar –Final del juego, Bestiario, y Los premios mientras corregía en París el borrador de Rayuela publicada un año después--, de Carlos Fuentes con Aura, una bella nouvelle fantasmal y gótica, y La muerte de Artemio Cruz; la de Mario Vargas Llosa quien abrazaba su mundo, el de la Lima chata de La ciudad y los perros, y la de José Donoso quien ya había publicado Coronación.

Pero detrás de ellos, o tal vez delante, estaba Juan Carlos Onetti, un uruguayo que ya había publicado, a la fecha del inicio del boom, ocho libros pesimistas, coherentes, y únicos. El Pozo en 1939; Tierra de nadie en 1941; Para esta noche, en 1943; La vida breve en 1950; Los adioses en 1954; Para una tumba sin nombre en 1959, y El astillero en 1961, todas novelas cortas en las cuales trazó una geografía moderna, muy personal, y muy cercana a la de Faulkner; además de tres libros de cuentos: Un sueño realizado, de 1951; La cara de la desgracia, de 1960 y El infierno tan temido, de 1962 cuyo título se ha insertado en el imaginario de cientos de conversaciones en América Latina.

Onetti era un escritor muy consciente de su oficio; más que técnico, sus libros están llenos de aliento, de respiración, de un lenguaje que hace de sus personajes seres tristes que deambulan por las calles de Santa María. Hay mucha tela que cortar en su literatura y ninguno de los visibles del boom abjuró de él. Es, junto a Juan Rulfo, uno de los escritores con un aura casi sagrada en la literatura mundial. Todo esto lo consiguió creando atmósferas encerradas, como en El Pozo; amores imposibles, como en Los adioses –hay, en esta corta novela, a mi parecer, una correspondencia con Rayuela publicada en el 63--; un tropos propio, el de Santa María, que aparece en novelas como El astillero y Juntacadaveres, entre otras; y una contundencia con la metafísica de la existencia en relatos como “Bienvenido Bob”, un relato tan atroz que quien lo lea no quedará impune. Como con ninguna de sus obras.

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