Por: Reinaldo Spitaletta

¿Antioqueñidad? ¿Qué es eso?

Toda cultura es digna de sospecha.

¿Existe la antioqueñidad? ¿Hay una raza antioqueña? La conmemoración del bicentenario de la independencia de Antioquia ha sido un motivo histórico para diversas reflexiones acerca de lo que es y ha sido el antioqueño, visto, por ejemplo, por el visitador Mon y Velarde como perezoso, según los intereses que el hispano tenía frente a la Corona, y luego como un paradigma del trabajo y la pujanza.

¿Hay solo un antioqueño, aquel que estereotiparon como blanco, emprendedor, tradicionalista, jugador? Después de la declaración de independencia del 11 de agosto de 1813, surgieron representaciones de la pertenencia a una presunta raza, superior, diferente a las del resto del territorio nacional, en una suerte de propaganda “eugenésica” promovida por las élites y que si bien condujeron a proporcionar elementos identitarios, a su vez sentaron bases para un discurso segregacionista.

Ser antioqueño posiblemente también sea un acto de fe, y más en estos breñales en los que hubo interesantísimas mezclas de rezanderías, juegos de azar, actos mágicos con monicongos y toda suerte de simbiosis entre lo negro, lo indio y lo blanco. Sin embargo, durante muchos años (tal vez todavía continúe), se impuso una tendencia de superioridad del “blanco”, en particular si pertenecía a las élites y si su presunta blancura estaba respaldada con oro. No faltaron blanqueamientos forzados y compra de títulos nobiliarios para demostrar que no había contaminaciones judías y moras, y menos indias y negras.

Las élites, conectadas con la minería, el comercio, la caficultura, el modelo empresarial antioqueño, fomentaron además discriminaciones frente a los pobres, que carecían de buen tono, olían mal, se perdían en los vicios; y se erigieron como las poseedores del “buen gusto”, que pasaba por los raseros franceses, el esnobismo y la copia de lo europeo. Los valores bursátiles y todas las plusvalías eran parte de esa cultura de escogidos por la fortuna.

Y dónde quedaba entonces el aporte del barequero, del recolector, del obrero que emerge con el siglo XX, de las prostitutas (que abundaron sobre todo en Medellín en la primera mitad del siglo pasado), de los arrieros y colonos; de los albañiles y forjadores de hierro; de los que abrieron las selvas de Urabá; de los que tendieron los durmientes y tiraron líneas férreas. Una cultura es una complejidad y, en el caso antioqueño, una diversidad de maravillas, venero para todas las interpretaciones y búsquedas.

¿Hay un antioqueño melancólico? ¿Hay otro festivo? ¿Cuáles son sus características lingüísticas? ¿Habla lo mismo el de Apartadó que el de Rionegro? Lo que se denomina la antioqueñidad, cualquiera cosa que esto sea, es una serie de rasgos sociológicos, económicos, lingüísticos, en fin; una combinatoria entre prenderos, avaros, ricos barrigones (según Fernando González), uno que otro santo, bandidos (muchos), la obrería, el pícaro, el rebuscador, el cacharrero, el que no se vara (y si se vara, rápido se desvara), el camandulero, el agiotista, el compositor de bambucos… Una mixtura que ha producido modos de ser y de tener.

Tal vez el máximo escritor de estos valles y montañas, el gran Tomás Carrasquilla, sea el que más elementos ofrezca para interpretar y criticar la cultura antioqueña. En sus relatos y novelas, crónicas y homilías, se radiografía al pueblo y a las élites. En sus obras se pueden auscultar las mentalidades coloniales, la economía, las opresiones y servidumbres, las fiestas, los nuevos ricos, los arribistas, y aun, como en Frutos de mi tierra (1896), se puede avizorar lo que vendría casi cien años después, con los tenebrosos carteles de la mafia.

Quizá a los antioqueños el complejo de superioridad se nos haya trastocado por el complejo del hideputa, o del que se avergüenza de lo suyo, como lo cuestionó el pensador de Envigado. Quién sabe. Es posible que todavía sigamos siendo banales y necios, como nos lo restregó el panida De Greiff. Puede ser que adoremos a la virgen de los sicarios y leamos con fruición la autobiografía de la Madre Laura. Y que nos sigamos creyendo el ombligo del mundo.

Tal vez han cambiado las “cremas y natas”, algunas de ellas reemplazadas por advenedizos “café con leche”. A lo mejor, cambiaron los amos, aunque, en esencia, los esclavos sigan siendo los mismos.  No sé si nuestras simpatías y temores sigan estando entre Dios y el diablo, pero si uno u otro -o los dos- da platica (¡A la plata!, dirá Carrasca), pues, queridos, ahí estamos. Qué vaina pues.

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