Por: Piedad Bonnett

Antioquias

La exposición Antioquias , Diversidad e Imaginarios de identidad que podemos ver en el Museo de Antioquia, intenta hacer una revisión crítica de la percepción, propia y ajena, de la cultura antioqueña, como una forma de celebrar los 200 años de independencia del departamento.

De forma ecléctica y dinámica los curadores invitan a los asistentes a hacer su propia lectura a partir de la forma en que agrupan las obras, y a repensar los viejos clichés (como el de “raza”) de lo que algunos llaman “antioqueñidad”.

Mirando la exposición desde mis ojos de antioqueña que sólo vivió en esas tierras los primeros ocho años de su infancia, y que, a pesar de sentir en mí la presencia definitiva de ese origen no alcanza a comprender del todo la idiosincrasia paisa, me sentí muchas veces desorientada, como sobrepasada por algo que intentaba ser “mensaje”, e incluso molesta cuando éste se traducía en discurso; y también, aunque fascinada por momentos, y agradecida por ese enorme esfuerzo curatorial, abrumada por un material que se me antoja sobreabundante. No digo esto para criticar la exposición, que merece dos o tres visitas y que de todos modos no es ingenuamente abarcadora, sino para decir que quizá ese sentimiento indicaba que el propósito se había cumplido: yo no veía una Antioquia, ni siquiera dos, sino muchas, matizadas y difíciles de definir. Veía una realidad diversa interpretada por el arte, descarnada a veces, romantizada otras y no la Antioquia chauvinista y desmesurada que vemos desde fuera, ni la mítica y autocomplaciente que la historia local fomenta. Una Antioquia diversa que anula los estereotipos que en buena parte el pueblo paisa ha construido de sí mismo.

Compleja, complejísima, es esa sociedad de industrias tempranas y audacia empresarial, pionera en alfabetización, unida visceralmente a la tierra, que en los últimos 30 años produjo dos de los más nefastos personajes de la historia del país pero que exhibe una larga lista de escritores y poetas y artistas de primer orden. Ríos de tinta se pueden ir analizando su historia, a veces heroica, a veces infame, y su cultura, problemática desde tantos ángulos, pero alimentada por una diversidad racial fecunda que una élite blanca quiso negar durante años a fuerza de discriminación o disfrazada de paternalismo. Una historia que desemboca en el hoy al que nos arroja la exposición Antioquias y que soy incapaz de interpretar pero que intuyo cada vez que por allá asomo. Lo que esas visitas superficiales que hago a Antioquia me hacen sentir siempre es que, a pesar de los males que aún hieren esa sociedad, allí abunda el compromiso con lo que hacen, el cumplimiento, la recursividad —que es una forma de la imaginación—, la curiosidad y la calidez de sus gentes. Y que Medellín, una ciudad orgullosa de sí misma, ha logrado, a fuerza de voluntad y tenacidad, quitarse el estigma que la abrumó durante tantos años. Para acicatearse acuden, eso sí, a la comparación. Algo a mi modo de ver innecesario, pues marca territorio en relación con el país y sigue alimentando el regionalismo. Y porque Antioquia, más allá de cualquier carrera competitiva, está, en sus 200 años, más viva que nunca.

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