Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Antipolítica: ¿aún viable?

¿Para qué la política, para qué los políticos? Diversos comentaristas han atacado este problema desde distintos puntos de vista. Y es entendible que la pregunta resurja cíclicamente, sobre todo en una sociedad que, como la colombiana, sufre un enorme, asfixiante problema de corrupción.

Una respuesta posible es agarrar por el camino de la antipolítica, es decir, hacer política a costa de los políticos (suena como un trabalenguas. Lo es). En la medida en que muchos ciudadanos sienten indignación más o menos continua contra la vida pública y sus protagonistas, será inevitable que aparezcan personajes que traten de explotar ese sentimiento a su favor. Un fenómeno natural. Y que, sobre todo en la Colombia de principios de los años 90, resultaba relativamente novedoso. Más aún, dio origen a experiencias de gobierno municipal y departamental que, a mi juicio, fueron innovadoras y positivas.

Pero la novedad se agotó, no sólo en Colombia sino en el mundo, y ahora tenemos todos los elementos de juicio para evaluar las implicaciones de la propuesta antipolítica. Estas se pueden resumir en tres grandes lecciones, que presento aquí como mitos que la experiencia ha refutado de manera implacable. Primer mito: la destrucción de la intermediación partidista elimina la corrupción, o al menos, para ponerlo en los términos de la conocida fórmula turbayista, la reduce a sus justas proporciones. Falso. Con pocas excepciones, cuando los antipolíticos arribaron al poder nacional generaron una orgía de corrupción sin precedentes. También promovieron, casi siempre, agendas autoritarias. Eso ocurrió en Italia y en Perú, por ejemplo. También lo podemos ver en Colombia: no creo difícil demostrar que no hay grandes contradicciones entre el primer y supuestamente técnico y aconductado Uribe, furiosamente antipolítico, y el segundo, por quien han votado sistemáticamente sus parlamentarios amigos que aún no se han ido a la cárcel (quedan cada vez menos, es verdad). Por el contrario: en este, como en otros casos, el Dr. Jekyll es más el operador y organizador de las escapadas de Mr. Hyde que su inocente y desafortunada contraparte.

Segundo mito: los partidos son una camisa de fuerza que impide la libre expresión de la ciudadanía. Pero es que las preferencias ciudadanas no existen en el vacío. A falta de partidos y de actores políticos estructurados, ellas serán formadas poruna serie de agendas ocultas, cuyo poder crecerá de manera proporcional a la inexistencia de fuerzas que puedan contrarrestarlos. Tercer mito: todos los partidos y los políticos profesionales son idénticos. No. Esa afirmación riñe con la verdad. Como sucede con los futbolistas y los cantantes, los literatos y los lustrabotas, hay políticos buenos, regulares y malos. Lo mismo se puede decir sobre los partidos. Si el lector mira con atención al actual Congreso, encontrará excelentes figuras en todas las bancadas. Y también ineptos y hampones. O simplemente gentes del montón. Poner a todos en el mismo saco, nivelando por lo bajo, es crear las mejores condiciones posibles para que proliferen los malos políticos. Pues los que actúen bien y tengan espíritu público se quedarán literalmente con el pecado y sin el género: no podrán dar una señal clara a la ciudadanía —convencida, si se deja, de que “todos son igualitos”— sobre su conducta, pero en cambio no tendrán las gabelas que obtienen los avivatos con su proceder torcido.

La antipolítica seguramente jugó algún papel positivo en Colombia. Pero lo que pudo haber aportado ya lo dio. De aquí en adelante, lo único que tiene que ofrecer es demagogia, complicidad con los peores corruptos —a nombre de la lucha contra la corrupción— y una agenda apenas veladamente autoritaria.

Cosquilleo E6. Una semana más, y los bancos siguen quedándose con los intereses de los pobres.

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