Por: Umberto Eco

Apuntes para una teoría de las conspiraciones

Massimo Polidoro, uno de los miembros más activos del Comité Italiano para la Investigación de las Afirmaciones de la Pseudociencia (CICAP), publicó recientemente Revelaciones: el libro de los secretos y las conspiraciones, el agregado más reciente de su vasta obra dedicada a los cuentos chinos que circulan en los medios de comunicación y entre el público en general.

Con un título tan tentador, parecería que Polidoro esperaba atraer a los entusiastas de todo tipo de secretos. Como observó John Chadwick, quien descifró el antiguo alfabeto griego micénico llamado Lineal B: “La urgencia de descubrir secretos está arraigada profundamente en la naturaleza humana; aun la mente menos curiosa se excita con la promesa de obtener conocimientos ocultos para los demás”.

Por supuesto que hay una gran diferencia entre dilucidar una escritura secreta que fue inteligible hace mucho tiempo y creer “secretos” como que los estadounidenses no llegaron a la Luna, que los atentados del 11 de septiembre fueron tramados por el entonces presidente George W. Bush o que “El Código da Vinci” en realidad no es una obra de ficción.

Pero es precisamente a los miembros de esta segunda corriente a quienes Polidoro dirige su obra. Su amable estilo de redacción quizá haga que al principio los lectores tengan la esperanza de que van a satisfacer todas sus curiosidades sobre las conspiraciones. Pero al final, Polidoro afirma que las supuestas conspiraciones detrás del asesinato de John F. Kennedy, de la muerte de Adolf Hitler y del matrimonio de Jesús con María Magdalena no son más que patrañas.

¿Por qué tienen tanto éxito los embustes? Porque pretenden ofrecer explicaciones de una forma que atrae a quienes sienten que se les ha negado información importante. En su libro más reciente, Polidoro menciona la obra de Karl Popper, filósofo de la ciencia que estudió la teoría social de las conspiraciones: la idea de que muchas conspiraciones de hecho son constructos sociales.

En La sociedad abierta y sus enemigos (1962), Popper señaló que, por supuesto, existen algunas conspiraciones, pero también que “el sorprendente hecho que, a pesar de su ocurrencia, desmiente la teoría de la conspiración es que pocas de estas conspiraciones tienen éxito a fin de cuentas. Los conspiradores rara vez consuman su conspiración”.

Polidoro también señala la obra de Richard Hofstadter, historiador que examinó a los teóricos de la conspiración a través de la lente de la psiquiatría. En un artículo publicado en 1964 en la revista Harper’s Magazine, Hofstadter emplea el término “paranoico” para subrayar que el conspiracionista “ve el sino de las conspiraciones en términos apocalípticos; trafica con el nacimiento y la muerte de mundos enteros, de órdenes políticos completos, de sistemas completos de valores humanos”. Y agrega: “Siempre está en las barricadas de la civilización. Vive constantemente en momentos decisivos”.

Ahora bien, Hofstadter emplea el término “paranoico” no en el sentido clínico sino como recurso retórico. La persona clínicamente paranoica piensa que los demás están conjurados contra él en lo personal, mientras que el paranoico social piensa que los poderes ocultos están persiguiendo a su clase, su nación o su religión. Yo sostendría que este último es más peligroso, pues ve su calvario como algo compartido, quizá con millones de personas más. Esto valida su paranoia y, para él, le explica eventos tanto históricos como actuales.

En teoría, la idea de que el mundo está lleno de teóricos de la conspiración no debería de molestarnos. Por ejemplo, si determinado número de personas piensa que los estadounidenses no llegaron a la Luna, eso simplemente es malo para ellas. Pero resulta que dicha desinformación puede tener consecuencias que lleguen más allá.

En un estudio publicado el año pasado en el British Journal of Psychology, Daniel Jolley y Karen Douglas encontraron que la exposición a las teorías de la conspiración reduce la posibilidad de que esa persona participe en los procesos políticos, a diferencia de alguien que cuenta con información que refuta las teorías de la conspiración.

En la práctica, si yo me topo con alguien que está convencido de que los asuntos mundiales están manejados por los Illuminati, el grupo Bilderberger o alguna otra sociedad secreta, ¿qué hago al respecto? Me doy por vencido. Y me preocupo. Toda teoría de la conspiración dirige la psiquis pública hacia peligros imaginarios, con lo que la distrae de las verdaderas amenazas.

Como indicó alguna vez Noam Chomsky, quizás el mayor beneficiario de una descabellada teoría de la conspiración sea la misma persona o institución que la teoría supuestamente trata de atacar en primer lugar.

Pensemos, por ejemplo, que en 2003, la teoría de que Bush había maquinado el colapso de las Torres Gemelas para justificar la invasión de Irak fue suficiente para impedir que un buen número de personas se detuviera a pensar en las verdaderas razones de la guerra.

Todo esto nos llevaría a pensar que fue el mismo Bush el que inició los rumores de su supuesta implicación en los atentados de 2001. Pero nosotros no podríamos tener una mente tan conspiratoria.

 

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